La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Boletín del Seminario: “Vox caeli” nº 49, julio 2015

SAN IGNACIO DE LOYOLA


San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos que están en el límite con Francia.

Su padre Bertrán De Loyola y su madre Marina Sáenz, de familias muy distinguidas, tuvieron once hijos: ocho varones y tres mujeres. El más joven de todos fue Ignacio.

El nombre que le pusieron en el bautismo fue Iñigo.

Entró a la carrera militar, pero en 1521, a la edad de 30 años, siendo ya capitán, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona. Al ser herido su jefe, la guarnición del castillo capituló ante el ejército francés.

Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja. Los médicos se admiraban. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo quedó cojo para toda la vida.

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COMENTARIO DEL EVANGELIO DE HOY 31-07-2015 (San Mateo 13,54-58)


«¿No es el Hijo del Carpintero?»

El Verbo de Dios ha nacido por todos una vez  según la carne . Pero, a causa de su amor a los hombres, desea nacer sin pararse según el espíritu en estos que le desean. El se hace niño pequeño y se desarrolla en ellos al mismo tiempo que las virtudes; se manifiesta en la medida en que sabe que  el que le recibe es capaz. Actuando de este modo, no  puede tener celos el que espera el brillo de su propia grandeza, porque él capacita y mide la capacidad de estos que desean verle.

De este modo el Verbo de Dios se revela siempre a nosotros a la manera que nos conviene y sin embargo vive invisible en todos, por la inmensidad de su misterio. Por esto el Apóstol por excelencia, considerando la fuerza de este misterio, dice con sensatez: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy, y siempre» (Hb 13,8); contempla este misterio siempre nuevo que la inteligencia jamás terminará de escrutar… La fe sólo puede comprender este misterio, ella que está en el fondo de todo lo que desborda la inteligencia y desafía la expresión.

San Máximo el Confesor (c. 580-662)

Monje y teólogo

Capita theologica, 1, 8-13 : PG 90, 1182-1186.

FUENTE: http://evangeliodeldia.org

Despedida del Padre Álvaro, Rector de los Seminarios


El que ha sido durante seis años y medio rector de los Seminarios de Moyobamba, el P. Álvaro García Paniagua, ha regresado a Toledo después de siete años de servicio a la Iglesia en nuestra Prelatura de Moyobamba.

Los seminaristas y formadores de ambos seminarios hemos querido ofrecerle un bonito homenaje en agradecimiento por la gran labor que ha realizado.

Los actos de despedida comenzaron el domingo 19 de julio, cuando en la mañana presidió la Santa Misa a los seminaristas menores. En la homilía nos animaba a seguir tres consejos: enamorarnos de Jesús, pedir a María que guíe nuestra vocación, y amar a la Iglesia.
A primera hora de la tarde llegó al Seminario nuestro obispo, Monseñor Rafael, acompañado del P. José Fernando Cerro, quienes, junto a los formadores y seminaristas, pudieron disfrutar de una hermosa comida fraterna.

A continuación llegó el momento más emotivo de estos días: una velada de despedida en la que los seminaristas mayores y menores presentaron con gran cariño canciones, teatros, bailes y poesías como muestra de agradecimiento al que ha sido referente en la vida del seminario durante estos años.

El lunes en la mañana presidía la Santa Misa en el Seminario Mayor de San José, para a media tarde partir rumbo a España.

Desde aquí pedimos oraciones para él, al que tanto debe nuestra Prelatura.

FUENTE: seminariosdemoyobamba.wordpress.com

Felicidades

Felicidades

Evangelio del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, 2 de Agosto de 2015


San Juan 6,24-35

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse.
Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”.

Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”.

Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo”.

Jesús respondió: “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”.

Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.

Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En el Evangelio, el discurso sobre el pan de Vida, que Jesús pronuncia después de la multiplicación de los panes, intenta desvelar el profundo significado de lo que ha hecho. La multiplicación de los panes era preparación psicológica y espiritual de los discípulos y el pueblo sobre el pan de Vida, que es la Persona de Jesús y su palabra, la fe necesaria en Él y la Eucaristía.

«Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús».

Lo primero que constatamos es que Jesús atrae poderosamente a una multitud, que le busca, le sigue por doquier sacudida por el entusiasmo del milagro que ha tocado con sus manos. ¿Qué sentían las gentes ante Él? Dos sentimientos reflejan constantemente los evangelistas, mezclados muchas veces: maravilla y temor ante sus palabras y, sobre todo, ante sus obras. Muchos de los que forman parte de esa multitud que le sigue y le escucha, no se convierte, ni cambia de vida; otros, sí.; otros le siguen por intereses materiales.

Y Yo ¿busco a Jesús? ¿Por qué? ¿Para qué? Leer más de esta entrada

Video Catequesis. Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

MUSICA CATÓLICA

ANGELUZ POR EL PAPA FRANCISCO DEL 26 DE JUlIO 2015

Felicidades

COMENTARIO DEL EVANGELIO DE HOY 23-07-2015 (Mateo 13,18-23.)


“A vosotros se os han dado a conocer los misterios del Reino de Dios”

La siembra ha sido echada por los apóstoles y profetas, pero es el Señor, él mismo, el que siembra. Es el Señor, él mismo, quien está presente en ellos desde el momento en que es el mismo Señor quien siega. Porque sin él ellos no son nada, mientras que él, sin ellos, sigue siendo perfecto. En efecto, él les dice: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5). Sembrando, pues, en las naciones, ¿qué es lo que dice Cristo? «Salió el sembrador a sembrar.» (Mt 13,3). En otro texto son los segadores los que son enviados a segar;  el sembrador quien sale a sembrar, y no se queja de su trabajo. En efecto ¿qué importa que el grano caiga en el camino, o sobre piedras  o entre zarzas? ¡Si dejara entrar en él el desánimo por la ingrato de estos lugares no llegaría hasta la buena tierra!…

Se trata de nosotros: ¿seremos el camino, o las piedras, o las zarzas? ¿Queremos ser la tierra buena? Dispongamos nuestro corazón para que dé treinta, sesenta, cien, mil veces más. Treinta veces, mil veces, es siempre trigo y nada más que trigo. No seamos este camino en el que la simiente es pisoteada por los viandantes y nuestro enemigo se apodera de ella como si fuera un pájaro. Tampoco seamos estas piedras en las que una tierra poco profunda hace crecer demasiado rápidamente un grano que después no puede soportar el calor del sol. Nunca jamás estas zarzas, las codicias de este mundo, este empeño en hacer el mal. En efecto ¿hay algo peor que hacer todos esto esfuerzos para una vida que nos aparta de llegar a la verdadera vida? ¿Hay alguien más desdichado que cuidar tanto la vida para llegar a perderla? ¿Hay algo más triste que temer la muerte para caer en poder de la muerte? Arranquemos las espinas, preparemos el terreno, recibamos la simiente, perseveremos hasta la siega, aspiremos a ser recibidos en los graneros.

San Agustín (354-430)

Obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

Sermón 101; PL 38, 605

FUENTE: http://evangeliodeldia.org

 

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