La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Ordenación de sacerdotes y diáconos en Toledo (España)


Ordenación de sacerdotes y diáconos en Toledo.Ordenes julio

SACERDOTES:

Valentín Aparicio Lara

Natalio Babiano Muerza

Honorio Bravo Mora

José Pablo Ernst Guijarro

José Ángel Espada Sánchez

Ignacio García García

Juan Luis Novillo González

Andrés Francisco Peña Macías

Juan Antonio Pérez Revenga

Angel Puebla Godínez de Paz

Alberto Ramos García

Antonio María Ganuza Cañáis

Esteban Medina Montero

Xavier Prevosti Vives

Javier Pueyo Velasco

todos diocesanos

DIÁCONOS:

Braulio Manuel Acosta Machín

Enmanuel Calo Gutiérrez

José Miguel Fernández Fernández

Juan Muñoz García

Albán Salvador Sanz Esteban

Alvaro González Moreno

Wílliam Alexandre Kron Álvarez

todos diocesanos

HOMILÍA EN LA SANTA MISA DE ORDENACIÓN PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS

S. I. Catedral Primada

12 de julio de 2009

Mons. Braulio Rodríguez Plaza

Un saludo muy cordial hermanos. Cada vez que nos reunimos en la catedral para celebrar una ordenación de diáconos o presbíteros, la alegría y el gozo desbordan nuestro templo. Lo he sentido ya en 4 catedrales distintas: niños, jóvenes y mayores, sacerdotes y fieles laicos componemos con el Obispo una asamblea preciosa, en la que nos sentimos hijos de Dios y miembros de su Pueblo. Y no es que se trate de que los ordenados sean más importantes que el resto de los cristianos; no, sino que una ordenación es más significativa y, sobre todo, afecta más a todo el Pueblo de Dios, a la Iglesia. No se trata, pues, de rebajar de importancia a un Bautismo, a una Confirmación o primera Comunión; tampoco es menos importante el Matrimonio. Es que cuando se ordena un obispo, un presbítero o un diácono, todos los hijos de Dios quedan afectados, tienen que ver con ellos y sus vidas. Se está indicando, además, que no somos ordenados para nosotros, sino para los demás.

Felicidades a todos: a ti, querido don Carmelo, a los padres y familia de los que van a ser presbíteros y diáconos, al Seminario Diocesano, Mayor y Menor, al presbiterio de Toledo, a las parroquias que tenéis que ver con los ordenandos, a cuantos os encontráis aquí en la Catedral Primada. Disfrutemos de la gracia de Dios que hoy, por la imposición de las manos del obispo, el Espíritu Santo derramará en unos minutos sobre los que van a ser ordenados.

Se acaba de proclamar: Jesús envía a los Doce a anunciar el Evangelio. Ellos van a comprobar, como vosotros queridos ordenandos, que también pueden comunicar la salvación que Cristo ofrece a la humanidad. Estar en camino con los Apóstoles, alcanzar con ellos y gracias a ellos el conocimiento de Jesús, ser iluminados y transformados por el Evangelio, como lo fue san Pablo, siempre formará parte de la existencia humana. No se os olvide a vosotros esto mismo: para iluminar hay que estar iluminados, para transformar hay que estar transformados. Conocer íntimamente a Cristo permite darle a conocer con hechos y palabras.

Nosotros no somos videntes trasnochados ni tenemos que callar las maravillas de Dios. Es el Señor el que nos dice: “Ve y profetiza a mi pueblo de Israel” (Am 7,15). Profetizar no es adivinar, es decir que la fe no se la fabrica cada uno. Se requiere valentía para ser sacerdote, porque no buscamos obtener el aplauso del público. Para lo que hoy se requiere valentía es para adherirse a la fe de la Iglesia, aunque esta fe esté en contraposición con el “esquema” del mundo contemporáneo.

Hoy hace falta valentía para comprometerse “a favor de la inviolabilidad de la vida humana desde su primer momento, oponiéndose radicalmente al principio de la violencia, de modo especial en defensa de las criaturas más indefensas. Forma parte de la fe adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenamiento del Creador, restablecido por Cristo. La fe adulta no se deja zarandear de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda. Sabe que esos vientos no son el soplo del Espíritu Santo -que vosotros recibiréis hoy-; sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesucristo”. (Benedicto XVI, Homilía en las I vísperas de la solemnidad de san Pedro y san Pablo, 28.06.2009).

Jesús manda a los Doce que no vayan excesivamente provistos, sólo con lo indispensable, porque así van a poder comprobar mejor el poder del Evangelio. Muchas veces he pensado esto en los primeros años de cura: cómo convenceré, cómo decir, con qué medios cuento para persuadir. Era y es para mí una pregunta inquietante. Pero el Señor responde y ayuda, porque el Evangelio no es únicamente un anuncio que hay que transmitir, sino también una forma de vida; lo que anunciamos se debe ver también reflejado en nuestro ser. Por eso necesitáis la fuerza y fortaleza del Espíritu por la imposición de las manos y la oración consecratoria. Dios, al salvarnos, nos ha hecho también hijos de Dios, como recuerda san Pablo en la 2a lectura, y esa filiación que nosotros mismos vivimos es también testimonio para los demás.

San Gregorio Magno, el comentar este envío de los Doce de dos en dos, dice que con ello nos sugiere el Señor, sin decirlo, que aquel que no tiene caridad hacia los demás no debe, en absoluto, encargarse del ministerio de la predicación (cfr. Homilías sobre el Evangelio, 17, 1-3: PL 76, 1139). Pero consuela mucho saber que Él viene detrás de nosotros, sus predicadores, y aún nos precede. Lo nuestro es siempre un preámbulo. Es la Presencia de Cristo la que hace hombre y mujeres nuevos, sin fisuras. Nosotros preparamos, exhortamos, disponemos al alma. Pero es tarea necesaria, ya que Cristo “necesita” de nuestra carne y quiere que allanemos el camino de Aquel que sube al poniente, a fin de que, viniendo enseguida, ilumine por la presencia de su amor. Es, pues, una tarea preciosa, ilusionante, que debe llenar toda nuestra vida.

Debéis, así, cuantos vais a recibir la ordenación, bendecir a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo: Él os ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Lo que canta san Pablo en el himno de la carta a los Efesios es el amor eterno del Padre que en su Hijo ha pensado en nosotros y nos ha amado, hasta el punto de ser sus hijos en el Hijo Único. Es la historia del amor más grande, pues nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad, que sigue vigente, no ha pasado. Es el plan realizado y a realizar por Cristo en su Iglesia, desde que llegó el momento culminante, el Misterio pascual. ¿Cómo no vibrar ante esta belleza de misión que tenéis por delante?

Como sabéis, es la primera vez que ordeno presbíteros y diáconos enla Iglesia de Toledo. Mi corazón está agradecido al Señor por tan abundante cosecha que yo no he sembrado, ni labrado ni abonado. Han sido otros: vosotros, padres y familias de los ordenandos; vosotros formadores y profesores del Seminario Menor y Mayor; vosotras comunidades cristianas; vosotros sacerdotes y fieles laicos que les habéis acompañados, los arzobispos y obispos auxiliares que nos habéis precedido. En definitiva, la Iglesia santa. Gracias de corazón. Yo sólo quiero expresar mi aprecio y reconocimiento a los sacerdotes, los nuevos y los que ya lleváis años en ministerio precioso de los presbíteros. Somos débiles y fuertes, maravillosos y frágiles, pero nadie puede quitarnos la alegría de querer y haber querido seguir al Señor de por vida, con fallos y pecados, pero para siempre, no para momentos que se pasan.

Lo expreso con palabras del papa Benedicto en la Carta para la convocatoria de un año sacerdotal, que os recomiendo que leáis en estos días primeros de sacerdotes y primeras Misas. “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, decía el santo Cura de Ars. El Papa expresa con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad. ¿Cómo no destacar los esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto tantas veces, su caridad que no excluye a nadie? ¿Cómo no recordar a tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sabemos también que la Iglesia sufre por la infidelidad de algunos ministros, sin duda. Pero no debemos sólo resaltar escrupulosamente las debilidades de los ministros de la Iglesia, sino también reconocer gozosamente la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos. “¡Oh, qué grande es el sacerdote!, exclamaba san Juan María Vianney (…) Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor”.

Es el amor de Jesucristo a su Pueblo, a toda la humanidad. Os recomendamos al corazón de la Virgen, Madre sacerdotal, para que Ella interceda por vosotros, ahora que comenzáis esta apasionante aventura de ser diáconos y presbíteros en esta santa Iglesia toledana. Así sea.

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