La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo del Corpus Christi, 6 de junio de 2010


Lc 9,11-17

Pero la multitud se dio cuenta y lo siguió. El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: “Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto”.
El les respondió: “Denles de comer ustedes mismos”. Pero ellos dijeron: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”.
Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: “Háganlos sentar en grupos de cincuenta”.
Y ellos hicieron sentar a todos.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud.
Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo prelado de Moyobamba

“En aquel tiempo. Jesús se puso a hablar a la multitud del reino de Dios”. Contemplamos a Jesús, lleno de amor y compasión, conmovido ante el entusiasmo de la multitud que le seguía hambrienta y sedienta de pan y agua, al final de la jornada, pero más necesitada aún, aunque muchos ni siquiera lo supiesen, de otro pan y otra bebida que calmase el hambre y la sed de felicidad y de vida auténtica. Jesús ve en cada uno de esta multitud a la humanidad que lleva en su corazón un limpio deseo de encontrar la verdad y el amor

Para cualquier persona que vive entregada a los demás no hay felicidad mayor que el ver cómo los otros se imponen también sacrificios por su causa. Esto le incita a la entrega absoluta de sí mismo; el amor se desborda.

El tema del Reino es para Jesús como una obsesión; no se cansaba nunca de anunciar ese Reino. Y las gentes no se cansaban de oírle, porque “el amor ni cansa ni se cansa”, como dice San Juan de la Cruz, y además este era el sueño de todas sus vidas. Y ahora este profeta de Nazaret les decía que ese Reino estaba a las puertas. Hablaba con un tono tan sencillo que todos le entendían, ponía tantos ejemplos e imágenes que todos estaban admirados. El tiempo pasaba sin darse cuenta y los corazones rebosaban de esperanza. “Y curó a los que lo necesitaban”.

“Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado»”. En la respuesta de los Apóstoles se une el interés por aquella multitud y un deseo de que ya dejen tranquilo al Maestro y a ellos. La respuesta de los Apóstoles no complace a la misericordia del Señor. Por eso, “Él les contestó: «Denles ustedes de comer»”. En la respuesta de Jesús hay un interés por las gentes que han estado escuchándole por largo tiempo, se siente responsable de ellos y exige a los suyos practicar la hospitalidad.

“Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente»”. Es poco lo que tienen para ofrecer una comida suficiente para todos, “porque eran unos cinco mil hombres”, pero es posible que, si ellos no hubieran puesto todo lo poco que tenían en aquel momento, es posible que sin su generosidad, no se hubiese producido el milagro. Al Señor le encanta que el hombre colabore en sus grandes empresas con lo poco que es y lo poco que tiene, con algo que objetivamente nos parece inútil, pero sin lo cual no se produce el milagro. El Señor construye el milagro sobre nuestras nadas. La oferta de los Apóstoles es humanamente insuficiente para solucionar este problema, pero, como está basada en la generosidad, para Jesús es más que suficiente para que actúe con su poder divino. ¡A Dios nadie le gana en generosidad! ¡Felices los Apóstoles que pusieron al servicio de Jesús generosamente lo poco que tenían, porque lo recibieron multiplicado¡

“Jesús dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de alrededor de cincuenta».
Lo hicieron así, y todos se sentaron”.
Para el milagro hace falta otra condición: una actitud de fe y obediencia. Jesús necesita corazones abiertos a su acción divina. Al sentarse los cinco mil hombres hicieron un hermoso acto de fe común, aceptan  la locura de obedecer a quien aparece como más pobre que ellos. Es verdad que sus corazones ya estaban calientes y bien preparados por la Palabra que habían escuchado anteriormente.

Jesús ahora actúa como el padre de familia, como el gran dueño de la casa que prepara un banquete para sus invitados. “El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente”.

De todos los milagros de Cristo el único que es narrado por los cuatro evangelistas es el de la multiplicación de los panes y los peces en el desierto de Betsaida. Es un milagro que simboliza más de lo que dice, que nos lleva a otra realidad más alta, tanto que los mismos testigos no llegarán a entender hasta después de la resurrección del Señor.

A Cristo le preocupa el pan de la tierra. Sabe que dar de comer al hambriento era también una obligación para Él y para nosotros, sus discípulos. Así lo han entendido los santos. San Gregorio Nacianceno decía: “La beneficencia es de precepto, no de consejo. Avergüéncense los que retienen las cosas ajenas. Imiten la equidad de Dios y de esta manera conseguiremos que ninguno sea pobre”. San Juan de Ávila escribía: “Pues Dios nos ha dado su Carne y su Sangre ¿qué mucho harán ustedes en dar su hacienda?”

Jesús une predicación y alimento, el milagro es parte de su anuncio del Reino de Dios. Su palabra se hizo pan de la tierra, pero nos recuerda que hay otro pan más alto que cualquier mensaje espiritual, el Pan del Cielo, el Pan de Dios que da la vida eterna al mundo. Y este pan es una Persona, Él mismo, el Hijo de Dios vivo.

Multiplicar los panes y los peces fue una gran maravilla, pero es más, es el anuncio de una grandísima verdad: Dios nos ama tanto que está dispuesto hasta dejarse comer por nosotros, a hacerse alimento ordinario para nosotros. El  milagro de la multiplicación de los panes prefigura la sobreabundancia del único pan de su Eucaristía, en él Jesús nos da un avance de la institución de este sacramento, aquel pan multiplicado es figura del verdadero alimento.

Las palabras que pronuncia Jesús para bendecir y el gesto de partir el pan son las mismas palabras y gestos de la Última Cena que producirían la transubstanciación del pan en el Cuerpo del Señor. Jesús aquella noche ante todo, realizó un gesto: partió el pan. El significado de aquel gesto tenía un significado sacrificial que se consumaba entre Jesús y el Padre; gesto que indicaba inmolación. El pan es el propio Jesús; al partir el pan, se partía a sí mismo, por nuestras culpas; obedece hasta la muerte para reafirmar los derechos de Dios violados por el pecado; para proclamar que Dios es Dios. Es el acto supremo de amor y de ternura que nunca antes se había realizado en la tierra. Lo que Jesús da de comer a sus discípulos en la Eucaristía es el pan de su obediencia y de su amor por el Padre.

Entonces comprendemos que para hacer también nosotros lo que hizo Jesús aquella noche, debemos ante todo partirnos a nosotros mismos, es decir, deponer todo tipo de resistencia ante Dios, toda rebelión hacia Él o hacia los hermanos; debemos someter el orgullo, doblegarnos y decir sí hasta el final, sí a todo aquello que Dios nos pide; debemos decirle al Señor aquellas palabras: “¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!”. Tú no quieres muchas cosas de mí; me quieres a mí y yo te digo sí. Ser eucaristía como Jesús significa estar totalmente abandonado a la voluntad del Padre.

Gracias a la Eucaristía, ya no existen vidas inútiles en el mundo; nadie debería decir: “¿De qué sirve mi vida? ¿Para qué estoy en el mundo?”. Estás en el mundo para el fin más sublime que existe: para ser un sacrificio vivo, una eucaristía con Jesús.

“Todos comieron hasta saciarse”, y para que apareciera más patente a los ojos de todos el milagro cada uno de ellos pudo comprobar que“ con lo que sobró se llenaron doce canastas”.

2 Respuestas a “Evangelio del Domingo del Corpus Christi, 6 de junio de 2010

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