La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, 19 de junio de 2011


 

Juan 3,16-18

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

El evangelio de este domingo nos dice varias verdades importantes a cerca de Dios y de nuestra vida, presente y futura.

“Tanto amó Dios al mundo”. El origen y la iniciativa de toda salvación se encuentra en Dios. Dios ama inmensamente a sus hijos que estamos en el mundo, te ama a ti. Es un Dios muy distinto al que muchas veces nosotros pensamos.  Dios no es un Dios que goza haciendo sufrir y vengándose. Es un Padre amoroso que ama tanto a sus hijos de la tierra que con tal de hacernos felices para siempre, no teme sacrificar a su propio Hijo del Cielo a quien ama de una manera única e infinita.

Lo que mueve a Dios para actuar en favor nuestro es el amor. No nos ama porque somos buenos, sino porque Él es bueno. Todo lo que Dios ha hecho, hace y hará en favor nuestro, se debe únicamente al amor infinito que siente por cada uno de sus hijos. Dios es el Padre que se siente más feliz cuando sus hijos extraviados vuelven a casa. Conquista el amor de cada uno de sus hijos amándolos de una manera totalmente extraor­dinaria.

Nos dice este texto que Dios amó al mundo: No a una sola nación, o sólo a la gente buena, o solamente a aquellos que lo aman. Dios ama a todo el mundo: a los que lo aman y a los que no son amables, a los que rezan, y a los que nunca piensan en Él, a los que lo respetan y le temen, y también a los que se burlan de su paciencia; todos estamos incluidos en ese inmenso amor de Dios. Como dijo San Agustín: “Dios ama a cada uno de nosotros, como si no hubiera a ningún otro a quién amar”. Claro está que no nos amará a todos igual, porque Él tiene también como respuesta en el amor aquello de “con la medida que midas, serás medido”. Amará más al que más lo ame. No tratará lo mismo a Abel que a Caín, ni a San Juan que a Judas, ni a María que a la mujer de Herodes. Pero sí ama inmensamente a todos, y a nadie excluye de su amor.

El amor de Dios a cada uno de nosotros es comparado al amor de un padre por su hijo. Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos. Dios nos ama más que un esposo a su amada; este amor vencerá incluso las peores de nuestras infidelidades; llegará hasta el don más precioso: “Entregó a su Hijo único”.  Jesús es el regalo maravilloso  que el Padre nos ha dado. Jesús es la maravilla de Dios. No ceses de contemplar este Don.

“Para que no perezca ninguno de los que creen en Él,  sino que tenga vida eterna”. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, dijo el profeta. Y Jesús lo repitió muchas veces.  Son verdades que conviene recordar cuando la desesperanza acerca de nuestra santificación o de la salvación de otros empiece a rondar por nuestro intelecto.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él”. El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios. Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. El Padre también ha entregado todo juicio al Hijo. Pero el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar su vida. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

Jesús no viene a condenar a nadie. Cada uno se puede condenar por sí mismo. Cuando alguien asiste a un concierto de música clásica y empieza a bostezar y aburrirse, a dar muestras de falta de interés, esa persona, sin que nadie la condene, ya ha emitiendo un juicio contra sí mismo: ha declarado con su actitud que no tiene ninguna cultura musical. Así pasa con Jesús: El no viene a juzgar a nadie. Pero de la opción de cada uno ante Él depende la salvación eterna o la eterna condenación, De nuestro acuerdo con sus enseñanzas y con sus ejemplos depende el valor que tengamos ante Dios.

“El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”. Jesús se designa a sí mismo como “el Hijo Único de Dios” y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en “el Nombre del Hijo Único de Dios”. El nombre de Hijo de Dios” significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre. Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios.

Lo que resulta terrible en toda persona, aún las más buenas, es encontrar dentro de sí en su interior, y en su vida pasada, acciones, palabras, pensamientos y omisiones condenables. Alexis Carrel decía: “Yo conozco el alma de un hombre normal: es algo terrible”. A uno le parece bastante bueno el modo como vive, piensa y habla. Pero cuando se compara con Jesucristo y con lo que Él exige, entonces ya no le parece nada bueno el modo como se está comportando. Muchos, ante el evangelio de Cristo tenemos que exclamar: “Te amo, Maestro, pero cada vez que pienso en lo que yo debiera creer en Ti y amarte, y en lo poco que en realidad creo y te amo, me siento terriblemente miserable”.

Decir “no creo” equivale a decir “estoy condenado”, pues así lo ha dicho Cristo. De todos modos debemos sentir temor por la suerte de los que no creen en el nombre de Hijo Único de Dios, y tratar de llevarlos a la fe con nuestras oraciones, sacrificios y obras apostólicas.

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