La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO 30º Ordinario, 23 de octubre de 2011


Mateo 22,34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

La escena del Evangelio de hoy se desarrolla en medio de una polémica entre Cristo y sus enemigos declarados;  así lo señala el comienzo del relato: “Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”.

Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como Maestro. Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír en su plenitud.

Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas palabras: “ Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. La respuesta es clara y breve: “Amarás”. Porque Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en el primero de los diez mandamientos.

¿Es así como amo yo a Dios? O ¿le amo sólo con una parte de mi vida y de mi tiempo?

“Este mandamiento es el principal y primero”. Jesús presenta el amor puro, simple, sin los rodeos de los fariseos. Lo deja en sus términos esenciales y lo robustece al purificarlo de tantos preceptos que lo rodeaban.

“El segundo es semejante a él”. El segundo mandamiento no es igual ni equivalente al primero, sino parecido a él; ¡el primero siempre es el primero!

 “Amarás a tu prójimo…”.

Pero lo más novedoso estaba en la segunda parte de su  respuesta. Jesús responde con los dos mandamientos más importantes. El Señor amplía el precepto del amor, lo hace universal, lo libera del nacionalismo judío. Para Él todas las personas son prójimos, todos sin distinciones deben ser amados. Además establece entre estos dos preceptos una íntima unión. Ambos son para Él parte del mismo mandamiento. La encarnación de Cristo había derribado las barreras: los dos amores forman parte de un único amor, ya que los intereses de Dios y los de los hombres se habían unido en su persona.

Cristo hizo suyo este mandamiento de caridad para con el prójimo y lo enriqueció con un nuevo sentido, al querer hacerse Él un mismo objeto de la caridad con los hermanos. El Hijo de Dios tomando la naturaleza humana, se asoció familiarmente a todo el género humano y constituyó la caridad como distintivo de sus discípulos.

Por lo cual la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por Cristo como realizadas a Él mismo. Donde haya hombres que carecen de comida y bebida, de vestidos, de hogar, de medicinas, de trabajo, de instrucción, de los medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, que se ven afligidos por las calamidades o por la falta de salud, que sufren en el destierro o en la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos el amor al prójimo, consolarlos con cuidado diligente y ayudarlos con la prestación de auxilios.

Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios y a Cristo a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado.

“…como a ti mismo”.

¿Cómo me amo a mí mismo? Por desgracia, el contraste entre las atenciones para con el prójimo y para con uno mismo suele ser enorme. Pero amar al prójimo no es sólo no hacerle mal, sino hacerle todo el bien posible. Y amar al prójimo como a ti mismo para Cristo va más allá: es amar hasta dar la vida por el prójimo. Esta es la Ley Nueva de Cristo.

El Concilio Vaticano II nos enseña: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad…” (Gaudium et Spes, 16).

“Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

Los mandamientos deben ser interpretados a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley: “En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud” (Rm 13, 9-10). Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo.

Si separamos los dos mandamientos, y amamos solo a Dios convertimos el cristianismo en una utopía; si amamos sólo al prójimo, sin Dios, nos quedamos en pura filantropía y a mitad de camino en el amor, en un amor sin motivación superior y sin fuerza para vivirlo, a pesar de las dificultades.

Hemos de abrirnos al misterio de Dios y del prójimo por el camino de la fe y del amor.

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