La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Mensaje del Obispo Prelado para el Día del Seminario 2012


Mensaje

Día del Seminario, 27 de Mayo de 2012

La vocación sacerdotal,
don de la caridad del Corazón de Cristo

Queridos hermanos y hermanas:

“Bendito sea Dios,  Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya” (Ef 1, 1-6). 

Bendito sea Dios, porque somos elegidos y amados por Él en Cristo incluso antes de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional Dios nos creó de la nada para llevarnos a la plena comunión con Él. Y en nuestra relación de fe y amor  con Jesucristo se realiza admirablemente esta comunión.

“La verdad profunda de nuestra existencia está encerrada en ese sorprendente misterio: toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno. El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo” (Mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de Oración por la Vocaciones, 2012).

El amor de Dios manifestado en Cristo es un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta bondad y gratuidad de Dios.

Bendito sea Dios que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos santos. La vocación a la santidad nace del amor del Corazón de Cristo. Él es quien da el primer paso. En todo momento, en el origen de la llamada divina al bautismo está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo.

El amor de Cristo permanece para siempre, es fiel a sí mismo. “Es preciso por tanto volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles” (Mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de Oración por la Vocaciones, 2012).

Queridos hermanos, tenemos que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre. La grandeza de la vida cristiana consiste en amar como lo hace Cristo; se trata de un amor que se manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo.

Bendito sea Dios que, por Cristo, elige y llama a algunos de entre nosotros para que perpetúen en la Iglesia su misma misión. Es un don inmerecido. En esta apertura de cada uno de nosotros al amor oblativo del Corazón de Cristo y como fruto de este amor, nacen y crecen las vocaciones al sacerdocio ministerial. Mediante la oración personal y comunitaria atenta y constante, el trato frecuente y familiar con la Sagrada Escritura y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, y a través de un adecuado discernimiento espiritual es posible escuchar la llamada del Señor, en medio de tantas voces del mundo,  a consagrarse totalmente al Señor y a sus cosas y a entregarse enteramente a Dios y a los hombres.

El seminarista está llamado a vivir con especial intensidad y pureza de corazón el amor de total entrega a Jesucristo. Esta es la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a través de la ordenación presbiteral. Sin este rasgo no se puede hablar de verdadera vocación sacerdotal, pues el sacerdote ha de ser imagen visible, aunque imperfecta,  del amor de Dios manifestado en Cristo. Este es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría.

El seminarista está llamado, como todo cristiano, a amar al prójimo con el mismo amor de Cristo y como Cristo, sobre todo a los más necesitados y los que sufren. Este es el impulso decisivo que hace del sacerdote alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza.

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, padres de familia, animadores de las comunidades rurales, profesores de religión, catequistas y todos los que se dedican a la educación de las nuevas generaciones, os exhorto a prestar atención a todos los que en las comunidades parroquiales, en el seno de sus familias, en los colegios y en los movimientos eclesiales advierten la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio.

Es importante que se creen en nuestra Prelatura las condiciones favorables para que puedan darse respuestas generosas a la llamada de Cristo. Que las parroquias, las familias cristianas,  los colegios católicos y los movimientos sean lugares de discernimiento vocacional y de acompañamiento espiritual. Es tarea de la pastoral vocacional ofrecer orientación segura a tantos jóvenes que son llamados. Fomentemos el amor a la Palabra de Dios. Pero, sobre todo, que Cristo vivo en la Eucaristía sea el centro vital de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir el amor sin medida, hasta el extremo, del amor del Corazón de Cristo.

Hemos de hacer ciertamente un generoso esfuerzo, sobre todo con la oración insistente al Dueño de la cosecha. Exhorto a todos los sacerdotes a orar por las vocaciones con la comunidad parroquial, especialmente en la Semana Vocacional, celebrando la Hora Santa ante el Santísimo solemnemente expuesto, o rezando el santo Rosario. Éste es un problema muy importante para la vida de la Iglesia en todas las partes del mundo  y de un modo muy especial en nuestra Prelatura.

Con ocasión del Día del Seminario hago una llamada a todos los católicos de la Prelatura a colaborar con su aporte económico en el mantenimiento del Seminario a través de su participación en la colecta que con este motivo se va a hacer en todas las parroquias. Exhorto también a apoyar la creación de “Becas” para ayudar a nuestros seminaristas mayores y menores. Con estos apoyos se colabora con la aportación del seminarista, de su parroquia o de la Prelatura. Además cualquier aportación, por pequeña que sea, se suma a otras.

A esta iniciativa se pueden incorporar instituciones o grupos de personas como son los sacerdotes. Son ellos mismos, además de los fieles de su comunidad, los que han de contribuir con la subvención de una o varias Becas. Cada día crece el número de fieles que se incorporan a la vida de un Movimiento eclesial, grupo parroquial o a alguna Hermandad.  Se puede introducir en el compromiso de estas asociaciones la subvención de “Becas” para las Vocaciones sacerdotales diocesanas.

Ponemos bajo la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, de san José y del beato Juan Pablo II,  a nuestros sacerdotes y seminaristas y a todos los que quiera llamar el Señor a consagrar toda su vida a su santo servicio.

Que el Señor les bendiga y guarde a todos en su Sagrado Corazón.

+ Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo Prelado de Moyobamba.

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