La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 5º de Pascua, 28 de Abril de 2013


Juan 13,31-35

Después que Judas salió, Jesús dijo: “Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.

Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo prelado de Moyobamba

“Cuando salió Judas del cenáculo…” comenzó la pasión, y la pasión es la glorificación de Cristo y del Padre.

“Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre”. Con estas palabras comienza el gran discurso de despedida de Jesús en el cenáculo, en el contexto de la última cena. “Ahora” hace referencia a la “hora” de Jesús, la hora de pasar de este mundo al Padre, la hora en que es exaltado y a la vez glorificado sobre la cruz. La hora más tenebrosa de la vida de Jesús  en la tierra es la hora también de la resplandeciente glorificación. La pasión es condición indispensable para que entrara en su gloria.  En la pasión del Hijo brilla la santidad, la justicia, la misericordia de Dios, el inmenso amor que tiene a los hombres. La pasión es el triunfo del Reino de Dios sobre el poder de Satanás.

Jesús llama a la crucifixión “gloria” para enseñarnos que no hay nada bajo ni ignominioso que no haga luminoso al que lo soporta todo por amor al Señor. Jesús persuade así a los Apóstoles para que no se sientan abatidos por el escándalo ante el sufrimiento del inocente y de la cruz, sino para que se alegren y se gocen, porque Él va a caer bajo el dominio de la muerte, pero muriendo va a lograr una victoria sobre su muerte y nuestra muerte y eso es una gran gloria.

La cruz es el camino real de la gloria.  Estamos muy equivocados cuando buscamos la gloria por otro camino que no sea el de la pasión. También es preciso que padezcamos nosotros, como Cristo,  para entrar en la gloria. Esto lo entienden muy bien los santos. Ellos se gloriaban en sus tribulaciones y vivían felices en medio de sus sufrimientos, porque sabían que éstos cuando se reciben y se toleran por Cristo, son señal de predilección de Dios y prenda de gloria. Esto sólo lo puede comprender el que cree y ama de todo corazón al Señor; para el incrédulo esto es locura o necedad.

“Dios lo glorificará en sí mismo”. En el mismo momento de la crucifixión es glorificado el Señor. Esta glorificación va a ser “muy pronto”, inminente.  Jesús es glorificado por el Padre haciéndole partícipe de su misma gloria al sentarle a su derecha en el cielo por la Resurrección y la Ascensión;  así quedará al descubierto la divinidad del Hijo del hombre. A la vez “Dios ha sido glorificado en Él”, pues el Hijo ha hablado de lo que escuchó al Padre, nos ha dado a conocer al Padre, ha cumplido en todo la voluntad del Padre,  ha dado gloria al Padre con el homenaje de su sacrificio redentor.

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado”. Nos da un mandamiento, no un consejo. Este mandamiento nuevo es raíz y garantía de toda bendición. Es la caridad, el amor de Dios actuando en el corazón humano que lo acoge.

Es amor nuevo porque es universal y basado en Dios, es nuevo por el modo nuevo de amar a todos, a los amables y a los enemigos. Los discípulos de Jesús debemos  amarnos según la medida con que Él mismo nos amó y deberemos profesarnos mutuamente el mismo amor desinteresado, eficaz y ordenado según Dios, que Él nos tuvo.

“En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos”. Ese amor nuevo es distintivo de los verdaderos discípulos del Hijo de Dios. La caridad es la marca distintiva de los santos y base de toda virtud, pues la virtud no es nada sin la caridad.

La historia de la Iglesia atestigua que cuanto mayor ha sido la caridad fraterna, más profundo ha sido el sentido cristiano, más fervorosa la piedad, más floreciente la santidad, más garantizada la paz  de los corazones, de las familias y de los pueblos. Los que desde fuera de la comunidad cristiana vieren la nueva forma de amarnos, semejante a la de Jesús, se verán atraídos por ese sublime y fuerte amor y nos identificarán como cristianos. No hay nada que convenza más a los no cristianos que el testimonio de amor fraterno de los discípulos del Resucitado. También los que estamos dentro de la familia cristiana nos sentiremos más animados a seguir adelante en nuestra vida de seguimiento de Cristo. No hay nada que entusiasme más a los cristianos que la vivencia de la fraternidad.

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