La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario. 9 de Junio de 2013


Lc 9,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: “No llores.” Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.

Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.” La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo prelado de Moyobamba

Vemos en el evangelio de este domingo cómo Jesús toma la iniciativa para realizar la resurrección de un joven, sin que nadie intercediese en favor de él, por pura compasión ante las miserias humanas y para manifestar la presencia de Dios entre los hombres.

“En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y mucha gente”.

Contemplamos a Jesús rodeado de una multitud que le sigue y le escucha, que siente, ante la presencia de Cristo, maravilla y temor. Maravilla y admiración ante sus palabras y, sobre todo, ante sus obras. Temor mezclado con alegría ante su poder, ante su palabra poderosa que realiza lo que dice.

“Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y mucha gente del pueblo la acompañaba”.

En aquel tiempo la condición de las mujeres era especialmente dura si no tenían un esposo ni un hijo varón para protegerlas jurídicamente. San Juan Crisóstomo comenta: “Y lo malo era que no llenaban sus vientres de los bienes de los ricos, sino de la miseria de las viudas, agravando una pobreza que debieran haber socorrido”. Es el caso de esta madre viuda que pierde a su único hijo en una muerte repentina.

Una de las características de Cristo es que su entrega a una gran tarea no seca su corazón, no le hace olvidar las pequeñas cosas de la vida. Jesús, el Hijo de Dios, igual al Padre, es también el más sencillo y el más normal de los hombres. Todo el evangelio es testimonio de su Corazón maternal, blando y sensible a todas las desgracias y dolores de la humanidad. Jesús está con los hombres, con todos los hombres. Y con ellos comparte los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas. Así le encontramos emocionado y conmovido ante la figura de una madre que sufre y llora a su hijo muerto y “al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: No llores”. Para Jesús el ser humano concreto y presente es lo primero en su atención, en su ternura, en su consuelo, en su conmiseración.

Contemplemos la compasión que embarga el Corazón de Cristo, escuchemos, como dichas a nosotros, las palabras que dice a esa madre: “No llores”. Delante de todos los muertos de la tierra, muertos en el cuerpo y muertos en el alma, por el pecado, tiene el Señor esos mismos sentimientos; y su intención es siempre la misma: quiere resucitarlos a todos, quiere suprimir todas las lágrimas, porque su opción es la vida, porque es el Dios de la Vida.

Vamos avanzando hacia la muerte corporal. ¿Creemos en la promesa de Cristo de que nuestra muerte no es lo último que nos pasará?

“Se acercó al ataúd, lo tocó”.

Aunque esta acción llevaba consigo un riesgo de quedar impuro según la antigua Ley, Jesús no tuvo ni repugnancia ni recelo de tocarlo. “Los que lo llevaban se detuvieron…”

“Jesús dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”

Solo Dios, dueño absoluto de la creación, Señor de la vida y de la muerte, podía decir con autoridad propia estas palabras eficaces.

El mismo deseo, las mismas ansias redentoras tiene el Señor de tocar nuestro corazón muerto por el pecado y la falta de amor, para darnos nueva vida, la vida de la gracia.  Jesús quiere que podamos vivir erguidos, levantados, con la dignidad e los hijos de Dios.

“El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”, pensando probablemente en su propia madre.

La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que no es un Dios de muertos sino de vivos. Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a este joven y a otros muertos, anunciando así su propia Resurrección.

Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones. “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne”, decía San Agustín. Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna? La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él. El proyecto del Padre es la vida eterna. Pero hay que creer en ella.

Confesemos con toda la Iglesia: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.

El mismo pueblo comprende pronto que Jesús realiza cosas admirables con autoridad, realiza gestos extraordinarios, con signos y obras de poder fuera de lo común, por eso, Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. Hablan de Jesús como de un profeta excepcional en el que se cumplirían todas las profecías anteriores.

La compasión de Cristo hacia los que sufre ante la muerte y sus resurrecciones de muertos son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para devolver la vida corporal, sino también para perdonar los pecados y así devolvernos la vida de la gracia: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; Él es la vida que todos necesitamos.

Surge en la gente que ha presenciado el milagro la sorpresa y la alabanza a Dios. ¿Vivo yo en alabanza y acción de gracias por todas las maravillas que el Señor obra en mi vida?

“La noticia del hecho se divulgó por toda la Judea y por toda la región vecina”.

La buena noticia para nosotros es que Cristo también tiene piedad de nosotros. Su Sagrado Corazón es sensible ante nuestras miserias y necesidades, es tierno y compasivo con cada uno de nosotros. Y Esto nos llena de consuelo y alegría. Propaguemos esta novedad a todos, por todos los medios que disponemos.

2 Respuestas a “Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario. 9 de Junio de 2013

  1. wagner 12 \12\UTC junio \12\UTC 2013 en 10:36 AM

    recen mucho pr que se viene el reino de los cielos

  2. Mónica Boza 8 \08\UTC junio \08\UTC 2013 en 9:42 AM

    Padre, muchas gracias por enviarnos a todos el Evangelio del día tan bellamente comentado. Que Dios y la Santísima Virgen María, en Su Inmaculado Corazón lo tengan siempre amparado.
    Mónica

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