La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 9 de febrero de 2014; 5º del tiempo ordinario



Mateo 5,13-16

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

COMENTARIO

Por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En las Palabras del Evangelio Cristo mismo pone en evidencia a la vez la dignidad y la responsabilidad del cristiano. Cuando el Señor exclama: “Ustedes son  la sal de la tierra”, subraya al mismo tiempo que “si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”, la sal no debe perder su sabor si tiene que ser útil para el hombre. Y cuando afirma: “Ustedes son la luz del mundo”, plantea como consecuencia la necesidad de que esta luz “alumbre a todos los de casa”. Y todavía insiste a continuación: “Del mismo modo, alumbre su luz delante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo”.

Es difícil encontrar una metáfora evangélica más adecuada y bella para expresar la dignidad del discípulo de Cristo y su consecuente responsabilidad, su misión con la que participa en la vida de la Iglesia y en el servicio a la sociedad.

“¡Ustedes son  la sal de la tierra!”, “¡Ustedes son la luz del mundo!”

La vocación cristiana es por su naturaleza misma vocación al apostolado. En cuanto testigos de Dios, no somos propietarios del anuncio que recibimos; somos responsables de un don que hay que transmitir con fidelidad. Con el temor y temblor de la propia fragilidad, confiamos en la fuerza persuasiva del poder de Dios.

No se trata de amoldar el Evangelio a la sabiduría del mundo: no son los análisis de la realidad, o el uso de las ciencias sociales, o el manejo de la estadística, o la perfección de métodos y técnicas organizativas los que determinarán los contenidos del Evangelio recibido y profesado. Y tanto menos será la connivencia con ideologías mundanas la que abra los corazones al anuncio de la salvación. Como tampoco debemos dejarnos seducir por la pretendida sabiduría de “los príncipes de este mundo”, cifrada en el poder, en la riqueza y en el placer, que al proponer el espejismo de una felicidad humana, de hecho lleva, a los que sucumben a su culto, a una total destrucción.

¡Sólo Cristo! Lo proclamamos agradecidos y maravillados. Él es el anuncio que la Iglesia confía a todos los que están llamados a proclamar, celebrar, comunicar y vivir el Amor infinito de Dios. Es ésta la ciencia sublime que preserva el sabor de la sal para que no se vuelva insípida, que alimenta la luz de la lámpara para que alumbre lo más profundo del corazón humano y guíe sus secretas aspiraciones, sus búsquedas y esperanzas.

El Señor exhorta a todos sus seguidores a asumir con coherencia y vigor su dignidad y responsabilidad. ¡El Señor confía en sus discípulos y espera grandes cosas de todos nosotros para gloria de Dios y para el servicio del hombre! Sí, la vocación cristiana es esencialmente apostólica; sólo en esta dimensión de servicio al Evangelio,  encontraremos la plenitud de nuestra dignidad y responsabilidad.

Si queremos ser fieles a esa dignidad, no es suficiente acoger pasivamente las riquezas de fe que nos han legado nuestra tradición y nuestra cultura cristianas. Se nos confía un tesoro, se nos otorgan talentos que han de ser asumidos con responsabilidad para que fructifiquen con abundancia.

Con la gracia del bautismo y de la confirmación que la Eucaristía renueva y la penitencia restaura, poseemos vivas energías para revitalizar la fe y para orientar nuestra actividad como miembros de la Iglesia. Estamos llamados a ese crecimiento espiritual interior que conduce a la santidad, y a esa entrega apostólica creadora, que nos hace colaboradores del Espíritu Santo, el cual con sus dones renueva, rejuvenece y lleva a perfección la obra de Cristo.

Pablo VI decía: “El camino propio de la actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, pero también de la cultura, de las ciencias, de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación social, así como otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento…”. No hay actividad humana alguna que sea ajena a la solidaria tarea evangelizadora de los discípulos del Señor.

Ningún cristiano está exento de su responsabilidad evangelizadora. Ninguno puede ser sustituido en las exigencias de su apostolado personal. Cada uno tiene un campo de apostolado en su experiencia personal.

“Si la sal se vuelve insípida…”. No existe, no puede existir apostolado alguno sin la vida interior, sin la oración, sin una perseverante aspiración a la santidad. Esta santidad es una particular actuación del Espíritu Santo recibido en el bautismo y en la confirmación:

“¡Alumbre su luz delante los hombres…¡” Estamos llamados todos a la santidad! Así como florecieron magníficos testimonios de santidad en el pasado, pueden florecer ahora nuevos testimonios de santidad. ¡Necesitamos la abundancia del Espíritu Santo para realizar con su sabiduría la tarea nueva y original de la evangelización! Por eso, debemos estar unidos a Cristo, luz de las naciones, para participar de su función sacerdotal, profética y real, en las difíciles y maravillosas circunstancias de la Iglesia y del mundo de hoy.

Sí. ¡Debemos estar en sus manos, para poder realizar la propia vocación cristiana! ¡En sus manos para llevar a todos a Dios! ¡En sus manos para participar fructuosamente de la misión del mismo Cristo! ¡En las manos de Dios para construir su reino en las realidades temporales de este mundo!


Una respuesta a “Evangelio del domingo 9 de febrero de 2014; 5º del tiempo ordinario

  1. Edwin 8 \08\UTC febrero \08\UTC 2011 en 11:28 PM

    Hubo una época que quería ser Luz y que se viera reflejada, pero no era capaz… sentía mucho miedo… escondí la luz… y al final se apagó.
    Muchos somos así, somos como sal insípida…

    ““Si la sal se vuelve insípida…”. No existe, no puede existir apostolado alguno sin la vida interior, sin la oración, sin una perseverante aspiración a la santidad. Esta santidad es una particular actuación del Espíritu Santo”

    A través de la dirección espiritual que me ha sanado el corazón destrozado (después de muchos años), siento paz y sensibilidad por la vida espiritual y la consecuencia natural es querer contar esta experiencia a otras personas (poner la luz en lo alto para que sea vista por todos)… la felicidad está en el silencio al escuchar a Dios con una conciencia tranquila y no en el ruido de la vida cotidiana.

    “No temáis!!”… “La misericordia de Dios es infinita”.

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