Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:
“El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.
Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.
Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.
COMENTARIO
por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba
En estos pocos versículos del evangelio de este domingo se perfila, ante sus oyentes y seguidores, una primera imagen de la figura y la obra de Jesús. Cristo es la luz del mundo que quiere alumbrar a todos los hombres de la tierra pidiendo la colaboración de cada uno de nosotros, como la pidió a los primeros apóstoles y discípulos.
“Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios”. Con estas palabras describe el evangelio el comienzo de la vida pública de Jesús con un breve relato sobre su primera actuación en Galilea. Jesús va a vivir en esa tierra de sombra para evangelizar a muchos que vivían en la oscuridad de los errores y las malas costumbres y esperaban la luz.
Jesús es nuestro maestro y redentor. Contemplamos al Señor avanzando por los caminos, de pueblo en pueblo recorriendo toda Galilea.Con estas palabras se resume la actividad de Jesús como anuncio del Evangelio: la llamada de Dios al hombre a la bienaventuranza, proclamación de la buena noticia de la salvación, mensaje salvador, noticia que transforma el mundo hacia el bien, mensaje proclamado con autoridad que no es sólo palabra, sino también acción, operación, fuerza eficaz que penetra el corazón humano salvándolo y transformándolo. Leer más de este artículo
Hoy inicia la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que, desde hace más de un siglo, se celebra cada año por los cristianos de todas la Iglesias y Comunidades eclesiales, para invocar aquel don extraordinario por el que el mismo Señor Jesús ha rezado durante la Última Cena, antes de su pasión: “Para que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”. (Juan 17,21). La práctica de la Semana para la Unidad de los Cristianos fue introducida en 1908 por el Padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana que poco después entró a formar parte de la Iglesia católica. La iniciativa recibió la bendición del Papa San Pío X y fue promovida por el Papa Benedicto XV, que animó a que se celebrara en toda la Iglesia con el Breve Romanorum Pontificum, del 25 febrero de 1916.
El octavario de oración fue desarrollado y perfeccionado en los años 30 del siglo pasado por el Abad Paul Couturier de Lion, que sostuvo la oración “por la unidad de la Iglesia tal como Cristo quiso y conforme con los instrumentos que Él quiso”. En sus últimos escritos el Abad Couturier ve esta Semana como un medio que permite a la oración universal de Cristo “entrar y penetrar en todo el Cuerpo cristiano”; la Semana debe crecer hasta convertirse “en un inmenso, unánime grito de todo el Pueblo de Dios”, que pide a Dios este ingente don. Y es precisamente en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que el impulso dado por el Concilio Vaticano II en la búsqueda de la plena unidad entre todos los discípulos de Cristo encuentra cada año una de sus más eficaces expresiones. Esta cita espiritual, que une a los cristianos de todas las tradiciones, aumenta nuestra conciencia sobre el hecho de que la unidad hacia la cual tendemos, no sólo puede ser el resultado de nuestros esfuerzos, sino más bien es un don que recibimos desde lo alto, que siempre debemos invocar. Leer más de este artículo
En las Lecturas bíblicas de este domingo – el segundo del Tiempo Ordinario – surge el tema de la vocación: en el Evangelio es la llamada de los primeros discípulos por parte de Jesús; en la primera Lectura es la llamada del profeta Samuel. En ambos relatos resalta la importancia de la figura que desarrolla el papel de mediador, ayudando a las personas llamadas a reconocer la voz de Dios y a seguirla. En el caso de Samuel, se trata de Elí, sacerdote del templo de Silo, donde antiguamente estaba custodiada el arca de la alianza, antes de ser transportada a Jerusalén. Una noche Samuel, que era aún un muchacho y que desde pequeño vivía al servicio del templo, por tres veces consecutivas sintió llamarse en sueños y corrió hacia Elí. Pero no era él quien lo llamaba. A la tercera vez Elí entendió, y dijo a Samuel: “y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha” (1 Sam 3,9). Así ocurrió, y desde ese momento Samuel aprendió a reconocer las palabras de Dios y se convirtió en su fiel profeta. En el caso de los discípulos de Jesús, la figura mediadora es aquella de Juan Bautista. En efecto, en torno a Juan había un vasto círculo de discípulos, y entre estos se encontraban las dos parejas de hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, pescadores de Galilea. Justamente a dos de estos el Bautista les indicó a Jesús, el día después de su bautismo en el río Jordán. Se los señaló diciendo: “Este es el Cordero de Dios” (Jn 1,36), que equivalía que decir: Este es el Mesías. Y aquellos dos siguieron a Jesús, permanecieron largo tiempo con El y se convencieron que verdaderamente era Cristo. De inmediato lo dijeron a los otros, y así se formó el primer núcleo de aquello que llegaría a ser el colegio de los Apóstoles. Leer más de este artículo
(Radio Vaticano)
Queridos hermanos y hermanas,
en nuestro camino de reflexión sobre la oración de Jesús, presentada en los Evangelios, hoy quisiera meditar sobre el momento, particularmente solemne, de la oración en la Última Cena. La escena temporal y emocional del banquete en el que Cristo se despide de sus amigos, esta marcada por la inminencia de su muerte, que Él siente ya muy cerca. Desde hacía mucho tiempo, Jesús había hablado de su pasión, tratando también de implicar cada vez más a sus discípulos en esta perspectiva. El Evangelio de Marcos nos dice que desde el inicio de su viaje a Jerusalén, en los pueblos de la lejana Cesarea de Filipo, Jesús había empezado “a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días” (Mc 8,31). Leer más de este artículo
Existe sobrada evidencia científica de que una vida humana nueva empieza en el momento de la fecundación. Desde ese instante, ¡ES UN TÚ QUIÉN ESTÁ EN TI!
San Miguel Arcángel
San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén