La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo VII del tiempo ordinario, 19 de febrero de 2012


San Marcos 2,1-12

Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?” Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: “¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o ‘Levántate, toma tu camilla y camina’? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. El se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: “Nunca hemos visto nada igual”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Después de su misión por Galilea, vuelve Jesús a Cafarnaúm. El milagro objeto de este comentario es de los más clamorosos obrados por Jesús. En él se revela tal como es: Dios omnipotente, escrutador de corazones, dueño de la vida y de sus fuerzas, perdonador de pecados. Todo ello será insuficiente para ablandar las duros corazones de los escribas testigos del prodigio.

“Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni siquiera junto a la puerta. Él les anunciaba la palabra”.

La fama de los numerosos y grandes prodigios obrados por Jesús durante su misión por Galilea había llegado a Cafarnaúm; el pueblo acude en masa a ver y oír al Maestro y a ser testigo de nuevas maravillas. Contrasta el afán de las multitudes con la tranquila actitud en que el Evangelista nos presenta a Jesús, en el interior de la casa, predicando su Evangelio.

“Entonces, le llevaron entre cuatro un paralitico y, como no podían acercarlo a Jesús, a causa del gentío, abrieron el techo encima de donde estaba él y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla con el paralitico”.

Mientras Jesús predicaba, un espectáculo emocionante se ofrece a los ojos de todos: cuatro hombres, llevando unas parihuelas, y teniendo en ellas a un infeliz paralítico, forcejean para abrirse paso entre la multitud y llevar al enfermo a la presencia de Jesús. El gesto de estos cuatro personajes anónimos resulta precioso e iluminador para nosotros. El paralítico no se puede mover por sí mismo, pero estos amigos le colocan ante Jesús. Su fe y confianza les sugiere un piadoso ardid: en vez de atravesar la puerta subirán el enfermo al tejado; practicarán una abertura en la cubierta y bajarán la camilla verticalmente hasta la misma presencia de Jesús:

“Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados»”.

Grande es la fe, así de los camilleros como del enfermo, cuando a tales procedimientos apelan para lograr la curación. Jesús les alaba por ello, y se la va a premiar dando al enfermo más de lo que quiere. Dirige primero al paralítico una palabra suavísima de amor y consuelo: “hijo”, palabra que abre a la esperanza el corazón del enfermo. Sin duda consideraba su dolencia como castigo de sus pecados; Jesús empieza por desatar su alma antes de dar libertad a sus miembros: tus pecados quedan perdonados”.

Dice San Beda: “¡Oh, admirable humildad la de Jesús! Llama «hijo» a un infeliz enfermo, que tiene relajadas todas las articulaciones de sus miembros, y a quien los sacerdotes orgullosos ni siquiera se dignaban tocar. Le llama «hijo», porque le perdona los pecados”.

Hay en nuestro mundo y a nuestro alrededor muchos paralíticos por la incredulidad o por el pecado. A nosotros nos toca acercarnos a ellos y ponerlos a los pies de Jesús con una fe intensa y confiada. Lo demás es cosa del Señor. El evangelio no dice si ese hombre tenía fe en Jesús o sólo se dejó llevar por sus amigos. Lo que sí afirma es la fe de aquellos cuatro que arrancan el milagro a Jesús.

¿Presentamos a las personas al Señor? ¿Acercamos a nuestros amigos a Cristo? ¿Con qué fe lo hacemos?

“Unos escribas que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?”

Contrasta con la benignidad de Jesús la actitud de los escribas allí presentes. Perdonar los pecados sólo Dios puede hacerlo. Nunca profeta alguno se arrogó este poder. Los escribas que oyen a Jesús lo saben y se preguntan: ¿Cómo un puro hombre pone en sus labios unas palabras que sólo Dios puede pronunciar? La acusación de blasfemia será la decisiva para condenar a Jesús a muerte.

Jesús va a demostrarles, primero, que con justicia se arroga atributos de Dios cuando, como Dios, penetra hasta el fondo de sus corazones: “Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: ¿Por qué piensan eso?  Bastaba esto para que rectificaran su juicio: porque si sólo Dios puede perdonar, también es cierto que sólo Dios lee en el fondo de las almas.

Jesús es escrutador de corazones. Como penetró en el de los escribas para descubrir sus perversos pensamientos, así penetra en el nuestro, no ocultándosele ningún latido, ningún matiz de pensamiento, sentimiento o afección. Ello debe animarnos, cuando concebimos buenos sentimientos, confundirnos, cuando se levanten en nuestro interior los movimientos del mal.

Pero, en segundo lugar, va a darles una prueba más patente y clamorosa de que puede perdonar los pecados, y, por lo mismo, que no es blasfemo. Antes de realizarla les hace una pregunta: “¿Qué es más fácil: decirle al paralítico: “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge tu camilla y anda?”

La respuesta es obvia; para curar instantáneamente a un paralítico, con un solo acto de imperio se requiere el poder de Dios, igual que para perdonar los pecados. “Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados…”. El momento sería de gran emoción: Jesús había llevado las cosas a un terreno en que se imponía la realización del milagro; es éste siempre cosa pasmosa, por la intervención sobrenatural que supone. Ante escribas, temerosos y vacilantes, toma Jesús aire de imperio y, dirigiéndose al infeliz de la camilla, “le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa»”.

Jesús realiza la curación que le piden, pero deja claro que lo que le interesa es sobre todo la sanación interior. Las palabras de Jesús al paralítico descubren la raíz última de cualquier miseria humana: la verdadera enfermedad de aquel hombre era su pecado; por eso es lo primero que Jesús cura. Por otra parte, el perdón de Cristo no queda en algo meramente interno, sino que gana para Dios a toda la persona: llega primeramente al alma y por ella al cuerpo. Dios quiere el bien entero del hombre, cuerpo y alma. Nosotros, en cambio, con demasiada frecuencia sólo nos damos cuenta de la necesidad corporal. Sin embargo, hay enfermedades físicas que son ocasión de un bien espiritual enorme y de santificación para quien la padece y para muchas otras personas; mientras la enfermedad espiritual, a la que no solemos dar demasiada importancia, puede llevar –aun con perfecta salud física– a la condenación eterna propia y de los que el Señor ha querido hacer depender de nosotros.

El efecto de la palabra de Jesús es total: “Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos”.

Nuestra curación espiritual debe tener estas condiciones; no faltará la gracia de Dios, si nosotros somos fieles colaboradores a ella. Debemos levantarnos, resueltos, del lecho oprobioso de nuestros pecados, dejando perversas costumbres; tomar nuestra camilla, cargando con la memoria de nuestros crímenes, para detestarlos, hacer penitencia de ellos y huir las ocasiones y peligros de cometerlos de nuevo; e ir a nuestra casa, a buscar en el recogimiento y oración el favor de Dios y el sosiego de nuestro espíritu.

Las acciones de Jesús producen asombro y admiración en los que contemplaron este prodigio. La visión cercana de lo sobrenatural siempre engendra temor en el hombre. El estupor les obligaba a dar gloria a Dios, que así revelaba su poder y misericordia: “Se quedaron admirados y daban gloria a Dios, diciendo: -«Nunca hemos visto una cosa igual»”.

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