La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

CARTA PASTORAL Convocando a la consagración de la Prelatura al Sagrado Corazón de Jesús


Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

CARTA PASTORAL

Convocando
a la

consagración de la Prelatura
al Sagrado Corazón de Jesús

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?
Nuestra correspondencia al Amor no amado.
La consagración.
La reparación.
La Santísima Virgen, modelo de nuestra consagración.
Testigos de Su amor en el mundo.

Muy queridos  hermanos sacerdotes, religiosas,  religiosos y laicos de nuestra Prelatura de Moyobamba:

Con inmensa alegría les hago una llamada a todos para prepararnos con mucho cariño, entusiasmo y esmero a la consagración de nuestra Prelatura al Sagrado Corazón de Jesús, que celebraremos llenos de gozo, si Dios quiere,  el 24 de Noviembre del presente año, en Moyobamba.

Con fe firme proclamamos que El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Para llevar a cabo nuestra redención, el Hijo de Dios se ha hecho carne, haciéndose verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser Dios, nuestro Señor, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos partícipes de la naturaleza divina.

Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor al Padre hasta la muerte. Este amor hasta el extremo del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre. Jesucristo con su muerte expiatoria en la cruz, ofrece el único sacrificio capaz de redimir todas las transgresiones cometidas por los hombres contra Dios.

También proclamamos con inmenso gozo que después de haber vencido, mediante su propia muerte, a la muerte y al diablo, Jesús resucitó. Cristo Resucitado es vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección.

La muerte y resurrección de Cristo nos rescata a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y nos abre a la comunión con Dios. Jesucristo, resucitado,  vivo,  de corazón palpitante, es pues, una persona viva, que nos ama y nos habla y nos invita a un diálogo de amor con Él. Debemos tratarlo como a una persona viva. Nuestra posición ha de ser la de reconocer este amor, escuchar lo que Él nos dice y aprovechar todas las ocasiones para corresponder a su amor por nosotros.

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros con un corazón humano. Por esta razón, el Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación, “es considerado como el principal indicador y símbolo de aquel amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres” (Papa Pío XII, Encíclica Haurietis aquas).

Hermanos, Dios nos ama y nos llama a todos a ser santos. La santidad es una tarea enteramente personal. Es una relación de corazón a corazón con Jesucristo vivo. En esta relación tiene una acción especial la Iglesia, porque por ella Dios nos hace sus hijos en el Bautismo; la Iglesia nos da a luz a la vida de Dios en el Bautismo, por eso, ella es nuestra Madre.

Cuanto más unido esté el católico a la Iglesia, más se identificará con el Corazón mismo de la Iglesia, con el Sagrado Corazón de Jesús. Así lo vivía santa Teresita del Niño Jesús: “Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno. Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo y mi deseo se verá colmado” (Manuscrito autobiográfico 227 – 229 ).

Es esencial en nuestra vida cristiana la unión con Jesucristo, y esto es posible desde el momento en que Jesucristo vive en nosotros. Por el Bautismo estamos ya unidos a Cristo: “Todos ustedes, que han sido bautizados en Cristo, están revestidos de Cristo” (Ga. 3,27). Si vivimos en gracia, entonces estamos unidos al Corazón de Jesucristo, con un trato amoroso, íntimo y familiar con Él. Es necesario que cada uno de nosotros desarrollemos cada vez más nuestra unión con el Señor hasta la mayor intimidad con Él posible en esta vida.

Para que esto sea una realidad en nuestra vida y en la vida de la Iglesia que peregrina en la prelatura de Moyobamba, tenemos un medio poderoso: la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción es muy eficaz para darnos conciencia del amor de Dios en Cristo por cada uno de nosotros y de su unión con cada uno de nosotros, para estimular nuestra correspondencia de amor a Él y estrechar nuestra unión con Él.

Los últimos Papas, desde León XIII, hasta Benedicto XVI, insisten para que el pueblo cristiano abrace la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

¿Qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?

El Papa Pío XI escribía: “En esta forma de devoción está contenida la suma de toda la religión y con ella una norma de vida más perfecta. En efecto, más fácilmente conduce a las almas a conocer íntimamente a Cristo y las impulsa a amarle con más vehemencia y a imitarle con mayor eficacia” (Encíclica Miserentissimus Redemptor).

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús aparece como una luz que ilumina y nos muestra el profundo significado de todas las cosas. A su resplandor nos damos cuenta que cualquier acción moral tiene un sentido mucho más profundo, que no podemos jugar con nuestra vida de santidad, que estamos unidos a Jesucristo en íntima relación y que por eso, todo llega y toca su Sagrado Corazón, nuestros pensamientos, sentimientos, decisiones, deseos, acciones e intenciones, nada de lo nuestro le es indiferente.

Queridos hermanos, tenemos que pedirle al Señor que nos conceda la gracia de caer en la cuenta de todo esto. La gracia de revelarnos su Corazón como una  llama de amor que brilla a través de la herida que nuestra ingratitud, nuestra indiferencia, nuestros pecados ha abierto en lo más íntimo de su divina Persona.

Fruto de esta gracia es una nueva visión del Dios vivo y verdadero, de uno mismo, de los demás, de la vida y del mundo y de todas las demás cosas existentes. Todo se valora entonces a la luz de Jesucristo, de lo que a Él le agrada o le ofende. Decía san Ignacio de Loyola: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas cuanto para ello le impiden” (Ejercicios espirituales).

La devoción al Sagrado Corazón nos lleva a caer en la cuenta de que Jesucristo nos ama personalmente, ahora y tal como somos. Cristo nos ama ahora constantemente, nos habla en un diálogo continuo y piensa continuamente en nosotros.

Por nuestra parte hemos de corresponder a ese amor dando a Cristo el puesto que le corresponde en nuestras vidas. Hemos de establecer un diálogo continuo con Él como con una persona viva, porque Cristo ha resucitado, vive y está muy cerca de nosotros, más cerca de lo que podemos imaginar. Hemos de prestarle nuestra atención y nuestra consideración, porque tiene sentimientos humanos.

La devoción al Sagrado Corazón nos lleva a caer en la cuenta de que Jesucristo goza y sufre ahora. No solamente en su vida mortal se alegraba y sufría, también ahora siente nuestras acciones, son para Él un gozo o una verdadera herida para su Corazón. Toda buena acción le proporciona un placer. Nuestros pecados son objeto de su íntima compasión, provocan una verdadera herida en su Persona. Por nuestros pecados su Corazón es un corazón herido, su amor un amor no correspondido.

Santa Margarita María de Alacoque al recibir la revelación del Sagrado Corazón, éste le dijo: “He ahí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradamente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio.”

Nuestra correspondencia al Amor no amado.

A Jesucristo queremos consagrar la prelatura de Moyobamba. La consagración al Sagrado Corazón de Jesús es la entrega de cada uno de nosotros, pero nadie se entrega a otro, si antes no lo ama, y no podemos amarlo, si antes no lo conocemos. Por  eso, antes de consagrarnos hemos de prepararnos interiormente para tener ese conocimiento interno del Corazón del Señor para que más le amemos, le sigamos y le sirvamos. Prepararnos para la consagración al Sagrado Corazón de Jesús es hacer la experiencia interior personal de Jesucristo; es un viaje al interior de Cristo, a su alma, a su Corazón; es vivir la aventura cierta de entrar en el conocimiento de lo que Él piensa, de lo que quiere, de lo que siente.

Conocer a Jesucristo es conocer a Dios. No se trata de saber mucho de Cristo, sino de vivir con Cristo, de tener experiencia concreta de Él, de entrar en una relación personal con Él, “conocerle a Él con el poder de su resurrección y la comunión en sus sufrimientos” (Flp. 3,8). Cristo ya nos conoce a cada uno, nos conoce por nuestro nombre, nos da su ternura y nos declara su amor. El conocimiento de Cristo entra hasta el fondo del corazón del que quiere conocerlo. Hace falta por nuestra parte dejarnos instruir por Jesús que nos dice: “Esta es la vida eterna que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo” (Jn. 17,3). Este conocimiento nos lleva a la comunión con Cristo y comenzamos a participar de la misma vida de Dios.

Cuanto más conozcamos a Jesucristo, más le amaremos. Sí, es posible amar a Jesucristo, porque Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia. El amor de Dios, infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, hace posible que amemos a Cristo sobre todas las cosas y rechacemos la indiferencia, la ingratitud, la tibieza, la pereza o indolencia espiritual y el odio a Dios, que nace del orgullo.

Jesucristo es Dios, amarle significa adorarle como a Dios y Señor de todo cuanto existe. Amar a Jesucristo significa no tener otro Dios fuera de Él y esto supone luchar con todas nuestras fuerzas contra la idolatría, que diviniza a una criatura, el poder, el dinero, incluso al demonio; supone luchar también contra la superstición, que es una desviación del culto debido al Dios verdadero, y que se expresa también bajo las formas de adivinación, magia, brujería y espiritismo; luchar contra el sacrilegio, que profana a las personas y las cosas sagradas, sobre todo la Eucaristía; luchar contra el ateísmo, que rechaza la existencia de Dios;  el agnosticismo, según el cual, nada se puede saber sobre Dios, y que se expresa en la indiferencia hacia Dios y el ateísmo práctico; la masonería, cuyos principios siguen siendo incompatibles con la doctrina de la Iglesia.

Amar  al Corazón de Jesús significa respetar la santidad de su Persona invocándolo, bendiciéndole, alabándole, agradeciéndole y glorificándole;  rendirle el culto debido individual y comunitariamente; ofrecerle sacrificios, sobre todo el sacrificio espiritual de nuestra vida, unido a su sacrificio perfecto; mantener las promesas y votos que le hacemos;  santificar el domingo, participando en la Eucaristía y absteniéndonos de las actividades que nos impidan rendir culto a Dios.

Cuanto más amemos a Jesucristo, mejor le seguiremos. También nos dice  el Señor a cada uno de nosotros: “Ven y sígueme” (Mt. 1,17). Una vez discípulos de Jesús seremos iniciados progresivamente en el misterio de su persona y en el secreto de su misión.

Seguir a Jesús significa una adhesión total y sumisión absoluta, fe y obediencia con todo el corazón a sus caminos. Seguir a Jesús no es solo aceptar una enseñanza moral y espiritual, sino compartir su vida y su destino. Seguir a Jesús es aprender de Él a compartir sus pruebas, su pasión, hasta la cruz, para compartir también su gloria.

Seguir a Jesús es conformarse con Él en su misterio de muerte y resurrección, que comienza en nosotros el día de nuestro bautismo y debe profundizarse por la imitación de Cristo. Seguir a Jesús es ir  detrás de Él como el enamorado va tras la enamorada; es situarse entre las ovejas que él reúne en un solo rebaño bajo el único Pastor.

Cuanto más amemos a Jesucristo, mejor le serviremos fielmente. Servir a Jesús es someterse por amor a su voluntad. Es un honor y un gran gozo para nosotros, porque le servimos como amigos, porque servirle es reinar. Esta fidelidad debemos manifestarla en el culto y en la conducta: “Seguirán al Señor, le temerán, guardarán sus mandamientos, le obedecerán, le servirán y se allegarán a Él” (Dt. 13,4-5). Servir a Jesús es gastar la vida en el servicio a los hermanos como Él lo hizo. Servir a Jesús es anunciar su palabra, su evangelio, es evangelizar a otros, el acto de amor más excelente que podemos realizar aquí y ahora.

La consagración.

Pertenecemos al Señor. Convencidos de esto, debemos entregarnos a Él. Dice el Papa León XIII: “En la doble base de su poder y de su dominación, Jesucristo nos permite, en su benevolencia, añadir, si de nuestra parte estamos conformes, la consagración voluntaria. Dios y Redentor a la vez, posee plenamente y de un modo perfecto, todo lo que existe. Nosotros, por el contrario, somos tan pobres y tan desprovistos de todo, que no tenemos nada que nos pertenezca y que podamos ofrecerle en obsequio. No obstante, por su bondad y caridad soberanas, no rehúsa nada que le ofrezcamos y que le consagremos lo que ya le pertenece, como si fuera posesión nuestra. No sólo no rehúsa esta ofrenda, sino que la desea y la pide: “Hijo mío, dame tu corazón!” Podemos pues serle enteramente agradables con nuestra buena voluntad y el afecto de nuestras almas. Consagrándonos a Él, no solamente reconocemos y aceptamos abiertamente su imperio con alegría, sino que testimoniamos realmente que si lo que le ofrecemos nos perteneciera, se lo ofreceríamos de todo corazón; así pedimos a Dios quiera recibir de nosotros estos mismos objetos que ya le pertenecen de un modo absoluto”. (Encíclica Annum Sacrum.).

La consagración como enseña el Papa Pío XI es “ofrecernos al Corazón de Jesús a nosotros y a todas nuestras cosas, reconociéndolas recibidas de la eterna caridad de Dios” ( Miserentissimus Redemptor).

Consagrarse es entregarse a Él, es reconocer que somos de Él y para Él, es ofrecerse a Él; es dejar que Él viva en nosotros y sea nuestro Dueño y Señor; y sea ese Corazón divino quien viva en nosotros, actúe en nosotros, piense en nosotros, imprima sus criterios de juicio y actúen, para que vivamos como Él vivió; es abrir el corazón de cada uno para que Él entre en nuestras personas, en nuestras vidas, en nuestras casas, en nuestras parroquias, en nuestras  comunidades religiosas, en nuestros seminarios, en nuestros movimientos eclesiales  y en toda nuestra Iglesia de Moyobamba, y viva ahí, y tome posesión y sea fuente de revitalización eclesial de la comunidad católica de la Prelatura.

La reparación.

Consagrados a Él nos será más fácil evitar el pecado que puede ofenderle, lucharemos contra el pecado continuamente, sin desanimarnos en nuestras caídas, confiando plenamente en el amor de Dios que nos ama aun en nuestro pecado, deseando volver a la gracia y siendo siempre agradecidos con el Señor por su misericordia y su perdón, pediremos humildemente perdón de nuestros pecados.

Consagrados a Jesús nos sentiremos movidos a amar más a Cristo por aquellos que no le aman, a consolarlo por los que lo ofenden con tantos pecados, siendo fieles a los mandamientos, a los deberes propios del estado y del trabajo de cada día, a la oración, a la Santa Misa, a la comunión eucarística, al sacramento de la reconciliación. Todas las acciones de nuestra vida, aún las más ordinarias, pueden estar inspiradas por el amor reparador al Señor.

Así nos lo enseña el Papa Pío XI: “La expiación estimula la unión con Cristo, cancelando las culpas… Por un estricto derecho de justicia… estamos obligados a reparar y expiar, por la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas…, por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias… Por eso, a la consagración debe unirse la expiación, por la cual se pagan totalmente nuestros pecados” (Encíclica Miserentissimus Redemptor).

No nos faltan sufrimientos y penas en nuestra vida, pero no es fácil descubrir su valor. Cristo con su cruz vence al mundo. Nosotros debemos ser crucifijos vivos, portadores de la cruz en nosotros mismos, para mostrarla a todos. Consagrados a su Corazón sabremos dar un sentido a nuestras dificultades y sufrimientos, ofreciéndolos a Cristo en reparación de nuestros pecados y de los de todos los hombres, en unión al sacrificio de Cristo en la Cruz que se renueva diariamente en la Santa Misa.

“La expiación perfecciona la unión con Cristo, participando en sus sufrimientos… Estamos obligados a la reparación y expiación por cierto motivo más poderoso de justicia y amor…, para compadecernos con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle algún consuelo en la medida de nuestra poquedad… pues, padeciendo como padece todavía Cristo en su Cuerpo Místico, desea tenernos como compañeros en su expiación” (Encíclica Miserentissimus Redemptor).

El amor al Sagrado Corazón nos mueve a imitarlo y a compartir su vida, sus deseos, sus proyectos y también sus sufrimientos. “Es hermoso sufrir por Cristo”, decía san Francisco Javier.

“La expiación consuma nuestra unión con Cristo ofreciendo sacrificios por los hermanos… A las oraciones y sacrificios que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores, podemos y debemos añadir también los nuestros” (Encíclica Miserentissimus Redemptor).

No estamos solos en la Iglesia, nuestro pecado afecta al Cuerpo Místico que es la Iglesia, por eso, hemos de ofrecer reparación por aquellos hermanos que han sido perjudicados espiritualmente por nuestros pecados, rogando por ellos, ofreciendo al Señor nuestros dolores, haciendo penitencia, como verdadera expiación.

“Sin derramamiento de sangre no se  da el perdón” (Hb. 9,22). No se convierte un alma sin el sufrimiento de otra. La salvación de unos depende de la santidad de otros. “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24).

La Santísima Virgen, modelo de nuestra consagración.

El 8 de Diciembre del año 2007 celebrábamos llenos de gozo la consagración de nuestra Prelatura al Inmaculado Corazón de María, Madre del Señor, Madre y modelo perfecto de la Iglesia, como preparación a la próxima consagración al Divino Corazón.

Como decía el Papa Juan Pablo II: “El sí de la Virgen en el momento de la Anunciación, prepara el del Verbo encarnado, y a ellos debe unirse, nuestro propio ‘sí’ ante los misteriosos designios de la Providencia. Sólo de la plena adhesión a la voluntad divina derivan aquella alegría y aquella paz verdadera que todos deseamos ardientemente también en estos tiempos.” He aquí una explicación escueta y profunda de lo que significa la consagración: es decir un “sí” pleno a la voluntad de Dios, de manos de María.

Queridos hermanos, estamos consagrados a La Inmaculada, victoria sobre el mal, aquella que pisa la cabeza de la serpiente. María es como el fortín de la victoria de Dios en Cristo, frente al misterio del mal. Consagrados a La Inmaculada para participar de la paz de ese Paraíso perdido de la Gracia, que Dios ha reconquistado en Ella, en el que el mal ya no tiene alcance. Unidos a La Inmaculada nos hacemos inexpugnables, invencibles, y sólo con Ella podremos ser discípulos y misioneros eficaces de la Nueva Evangelización en nuestra Prelatura.

Estar consagrados al Corazón Inmaculado de María nos recuerda la perfección de la vida íntima de María; especialmente en su caridad hacia Dios y los hombres. En el Corazón de María descubrimos el corazón más parecido, más semejante al Corazón de Cristo.

La imagen del corazón nos centra en la relación de amor que hay entre María y Jesucristo, dos corazones latiendo al unísono, dos almas compartiendo una misma pasión. Nos centra también  en la corredención que vivió María con su Hijo, y en la necesidad de que también nosotros participemos en ese mismo misterio de corredención.

Llamados a vivir la experiencia de intimidad con María, ésto se traduce también en una vivencia de devoción mariana por la que entramos en comunión de corazones con María, somos transformados interiormente por Ella, y hasta dejamos que Ella viva y obre en nosotros. Ella, al igual que Jesús, también quiere amar con nuestro corazón, mirar con nuestros ojos, consolar y animar con nuestros labios, ayudar con nuestras manos, caminar con nuestros pies, seguir con nuestras huellas y sufrir con nuestro cuerpo crucificado.

San Luis María Griñón de Montfor dice: “La devoción que mejor nos consagra y conforma al Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y, cuanto más te consagras a María, tanto más te unes a Jesucristo.”

Consiste, pues, esta consagración al Sagrado Corazón en entregarse totalmente a la Santísima Virgen para ser todo de Jesucristo por medio de María. Es necesario entregar a la Virgen nuestro cuerpo con todos sus sentidos y sus miembros; nuestra alma con todas sus potencias: nuestros bienes materiales; nuestros bienes espirituales, méritos, virtudes, buenas obras. Nuestro ideal es ser de Ella, como Ella es de Cristo.

Testigos de Su amor en el mundo.

Son tiempos difíciles los que atravesamos, vivimos en una situación de grave crisis del sentido de la vida, crisis humana, moral y de virtudes, crisis espiritual y social, crisis del sentido de la verdad, falta de esperanza… En el fondo el olvido de Dios, que es olvido y negación del hombre. Ahí tenemos el crimen abominable del aborto; junto a él, otros atentados contra la vida; la ausencia de familias estables constituidas en el santo sacramento del Matrimonio; muchos de nuestros hermanos están sumergidos en las tinieblas de la superstición, de la magia, de la brujería, del dominio de Satanás.

Por eso, nos consagramos al Sagrado Corazón de Jesús: para que Él actúe en nosotros y sea nuestro corazón, y los cristianos en Moyobamba tengamos un solo corazón y una sola alma.

Nos consagramos al Corazón de Cristo para que vivamos de su verdad, de su amor, de su vida, de su perdón, de su luz, de su misericordia.

Nos consagramos al Sagrado Corazón de Jesús, fuente de vida, para que seamos testigos de esta vida defendiendo toda vida humana, apostando porque se promueva la cultura de la vida, la civilización del amor por la vida y desaparezca el aborto, tan contrario al amor de Dios y del hombre.

Nos consagramos al Corazón de Jesús lleno de misericordia para que difundamos el Evangelio de la misericordia y el perdón, de la reconciliación y de la unidad, del olvido de los odios, y para que se avive en nuestra Iglesia la espiritualidad de la comunión.

Nos consagramos al Corazón de Jesús, para que su Corazón reine en nosotros y, como Él traspasado en obediencia al Padre, los sacerdotes y las religiosas no busquemos otra cosa que lo que a Dios le agrada: que nos amemos unos a otros con su mismo amor, con el que brota de su Corazón, para que vivamos y permanezcamos en el amor.

Con la consagración al Sagrado Corazón ponemos nuestras vidas en las manos de Dios, para que Él haga de nosotros lo que quiera, le demos gracias por todo, vivamos en adoración de Dios, estemos dispuestos a todo, y no deseemos más que la voluntad de Dios. Con esta consagración nos entregamos del todo al Señor con el amor de nuestro corazón con una confianza incondicional porque Él es Amor.

De esta manera, el acto de piedad que aconsejo a todos, será útil a todos. He aquí las promesas que hizo Jesús a Santa Margarita, y por medio de ella a todos los devotos de su Sagrado Corazón:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

2. Pondré paz en sus familias.

3. Les consolaré en sus penas.

4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.

5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.

6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.

8.   Las almas tibias se volverán fervorosas.

9.   Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.

10.   Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de Él.

12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.

Entre las prácticas de devoción que nos ayudarán grandemente a prepararnos a la Consagración están:

1. Recibir la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de mes de forma consecutiva y sin ninguna interrupción, con la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final. Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.

2. Participar en la Hora Santa que el mismo Jesucristo pidió a santa Margarita María. “Todas la noches del jueves al viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que yo quise sentir en el huerto de los Olivos”.  Pasando una hora en oración ante el Santísimo se implora la divina misericordia; se consuela a Jesús del abandono que sufrió en Getsemaní, mientras se busca compenetrarse con los sentimientos de su Corazón.

Como recordatorio permanente de esta consagración deseo que se erija un monumento al Sagrado Corazón de Jesús en la ciudad de Moyobamba, sede de la Prelatura y capital del departamento de San Martín,  aprovechando la torre de la antigua catedral, construido con limosnas dadas con la intención de expiar los pecados cometidos para desagraviar al Señor. Así será un monumento de amor reparador.

Exhorto y animo a todos los fieles de nuestra Prelatura a que realicen con fervor este acto de piedad hacia el Sagrado Corazón. Deseo vivamente y ruego a todos los sacerdotes que se entreguen a anunciar, enseñar y predicar esta gran noticia, y así, hasta en los lugares más recónditos de nuestra Prelatura, pueda ser conocido y amado por todos el Sagrado Corazón de Jesús.

Con mi afecto y bendición.

Moyobamba, 22 de Febrero de 2012, miércoles de ceniza.

Rafael Escudero López-Brea
Obispo Prelado de Moyobamba.

Una respuesta a “CARTA PASTORAL Convocando a la consagración de la Prelatura al Sagrado Corazón de Jesús

  1. Wenceslao Ruiz Torres 23 \23\UTC febrero \23\UTC 2012 en 8:40 AM

    Agradecer a nuestro Obispo Mons. Rafael por su enorme preocupación en bien de nuestra Iglesia en el Departamento de San Martín. Todos los católicos aunarnos a esta convocatoria de Consagración de la Prelaltura de Moyobamba al Sagrado Corazón de Jesús. A Manera de información indicarles que en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús del Barrio de Lluyllucucha – Moyobamba, todos los jueves a partir de las 7:00 am a 8:00 pm. está expuesto el Santísimo para su adoración, alli está Jesucristo esperandonos. Nos consagramos al Corazón de Jesús, para que su Corazón reine en nosotros y, como Él traspasado en obediencia al Padre, los laicos no busquemos otra cosa que lo que a Dios le agrada: que nos amemos unos a otros con su mismo amor, con el que brota de su Corazón, para que vivamos y permanezcamos en el amor.

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