La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

CATEQUESIS DEL PAPA: en el corazón llevamos la alegría de la Pascua


Catequesis del Papa en español

(Radio Vaticano)

Después de las solemnes celebraciones de la Pascua, nuestro encuentro de hoy está lleno de gozo espiritual, a pesar de que el cielo está gris en el corazón llevamos la alegría de la Pascua, la certeza de la resurrección de Cristo, que definitivamente ha triunfado sobre la muerte. En primer lugar renuevo en cada uno de ustedes una cordial felicitación pascual: en cada casa y en cada corazón resuene el anuncio de la grata Resurrección de Cristo, a fin de hacer renacer la esperanza.

Esta catequesis quisiera mostrar la transformación que la Pascua de Jesús ha provocado en sus discípulos. Partimos de la tarde del día de la Resurrección. Los discípulos están encerrados en la casa por miedo de los judíos (cf. Jn 20,19). El miedo les tiene atenazado el corazón y les impide salir para encontrarse con los otros, con la vida. El Maestro ya no está. El recuerdo de su pasión alimenta la incertidumbre. Pero Jesús les tiene en su corazón y está a punto de cumplir la promesa que había anunciado en la última cena: “No los dejaré huérfanos, vendré a ustedes” (Jn 14:18). Esto nos lo dice también a nosotros, incluso en tiempos grises. No los dejaré huérfanos. Esta situación de angustia de los discípulos cambia radicalmente con la llegada de Jesús. Él entra a través de las puertas cerradas, y en medio a ellos, les da la paz que tranquiliza: “la Paz esté con ustedes” (Jn 20,19 b). Se trata de un saludo común que, sin embargo, ahora adquiere un nuevo significado, debido a que realiza un cambio interior; es el saludo pascual, que hace que los discípulos superen todo temor. La paz que Jesús trae es el don de la salvación que Él había prometido durante su discurso de despedida: “La paz les dejo, mi paz les doy. Pero no como la da el mundo, yo la doy a ustedes. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14,27). En este día de la Resurrección, Él la da en su totalidad y se convierte para la comunidad en fuente de alegría, en certeza de la victoria, en seguridad apoyándose a Dios. ¡No se inquieten ni teman!”, dice también a nosotros.

Después de este saludo, Jesús muestra a los discípulos las heridas en manos y el costado (Cf. Jn 20, 20), signos de lo que fue y no se cancelará jamás: su humanidad gloriosa permanece “herida”. Este gesto tiene la intención de confirmar la nueva realidad de la Resurrección: Cristo, que ahora se encuentra entre los suyos es una persona real, el mismo Jesús que tres días antes fue clavado en la cruz. Y así, en la brillante luz de la Pascua, en el encuentro con el Resucitado, los discípulos perciben el sentido salvífico de su pasión y muerte. Entonces, de la tristeza y del miedo, pasan a la plena alegría. La misma tristeza por las heridas se convierte en fuente de alegría. La alegría que nace en sus corazones viene de “ver al Señor” (Jn 20, 20). Él les dice otra vez: “La paz sea con ustedes” (v. 21). Ahora está claro que no es sólo un saludo. Es un don, el don que el Resucitado quiere hacer a sus amigos, y al mismo tiempo es una consigna: esta paz, adquirida por Cristo con su sangre, es para ellos, pero también para todos, y los discípulos deberán llevarla en todo el mundo. De hecho, Él añade: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes (Ibíd.)”. Jesús resucitado ha regresado entre los discípulos para enviarlos. Él ha completado su tarea en el mundo, ahora les toca a ellos sembrar en los corazones la fe para que el Padre, conocido y amado, recoja a todos sus hijos de la dispersión. Pero Jesús sabe que hay siempre todavía mucho miedo. Por ello cumple el gesto de soplar sobre ellos y los regenera en su Espíritu (Cf. Jn 20, 22), este gesto es el signo de la nueva creación. Con el don del Espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado inicia, de hecho, un nuevo mundo. Con el envío en misión de los discípulos, se inaugura el camino en el mundo del pueblo de la nueva alianza, pueblo que cree en Él y en su obra de salvación, pueblo que testimonia la verdad de la resurrección. Esta novedad de vida que no muere, traída por la Pascua, viene difundida por todas partes, para que las espinas del pecado que hieren el corazón del hombre, dejen lugar a los brotes de la Gracia, de la presencia de Dios y de su amor que vencen el pecado y la muerte.

Queridos amigos, también hoy Cristo resucitado entra en nuestras casas y en nuestros corazones, aunque a veces las puertas estén cerradas. Entra dando alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para nuestro renacimiento humano y espiritual. Sólo Él puede remover aquellas lápidas sepulcrales que el hombre a menudo pone en sus sentimientos, encima de sus relaciones, sobre sus propios comportamientos; piedras que confirman la muerte: el odio, el resentimiento, la envidia, la desconfianza y la indiferencia. Sólo Él, el Viviente, es capaz de dar sentido a la existencia y hacer reprender el camino a quien está cansado y triste, desanimado y sin esperanza. Esto es lo que experimentaron los dos discípulos que el día de Pascua estaban en camino de Jerusalén a Emaús (Cf. Lc24,13-35). Ellos hablan de Jesús, pero su “rostro triste” (Cf. versículo. 17) expresa la decepción, la incertidumbre y la melancolía. Habían dejado su pueblo para seguir a Jesús con sus amigos, y habían descubierto una nueva realidad, donde el perdón y el amor no eran sólo palabras, sino que tocaban realmente la existencia. Jesús de Nazaret había hecho que todo fuera nuevo, había transformado sus vidas. Pero ahora Él estaba muerto, y todo parecía terminado.

Pero, de repente, ya no son dos, sino tres las personas que caminan. Jesús se acerca a los dos discípulos y camina con ellos, aunque ellos no son capaces de reconocerlo. Claro, habían oído rumores sobre su resurrección, en efecto le cuentan que “algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo” (Lc 24, 22-23).

Sin embargo, todo ello no había sido suficiente para convencerlos, puesto que “a él no lo vieron” (24). Entonces, Jesús, con paciencia, “comenzando por Moisés y continuando con todas las Escrituras, les explicó lo que se refería a él” (27). El Resucitado explica a los discípulos la Sagrada Escritura, ofreciendo la clave de lectura fundamental de la misma, es decir Él mismo y su Misterio pascual: Las Escrituras dan testimonio de Él (Cfr. Jn 5, 39-47). El sentido de todo, de la Ley, de los Profetas y de los Salmos, se abre improvisamente y se vuelve claro ante sus ojos. Jesús “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras” (Cfr. Lc 24, 45)

Mientras, habían llegado al pueblo, probablemente a la casa de uno de los dos. El forastero viandante «hizo ademán de seguir adelante» (v 28), pero luego se detuvo porque ellos le insistieron: «Quédate con nosotros» (v. 29).
También nosotros debemos decir ardientemente – siempre de nuevo – al Señor: “Quédate con nosotros”.

“Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio” (v.30). El recuerdo de los gestos de Jesús en la Última Cena es evidente. “Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron” (v 31). La presencia de Jesús, primero con las palabras, luego con el gesto de partir el pan, hace posible que los discípulos lo reconozcan. Y ellos pueden percibir de modo nuevo lo que ya habían sentido caminando con Él: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (v 32).

Este episodio nos indica dos “lugares” privilegiados donde podemos encontrar al Resucitado que transforma nuestra vida: la escucha de la Palabra en comunión con Cristo y el partir el Pan: dos “lugares” profundamente unidos entre sí, puesto que “Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico”. (Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini, 54-55).

Después de este encuentro, los dos discípulos en ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. (v. 33-34).

En Jerusalén, escucharon la noticia de la resurrección de Jesús, y a su vez contaron su propia experiencia, ardiendo de amor hacia el Resucitado, que les había abierto el corazón a una alegría incontenible. Como dice san Pedro los “hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva” (Cfr. 1 Pt l, 3). En efecto, renace en ellos el entusiasmo de la fe, el amor a la comunidad, la necesidad de comunicar la buena noticia. El Maestro ha resucitado y con Él toda la vida resurge; testimoniar este evento se vuelve para ellos una necesidad imprescindible.

Queridos amigos, que el Tiempo pascual sea para todos nosotros ocasión propicia para redescubrir con alegría y entusiasmo los manantiales de la fe, la presencia del Resucitado entre nosotros. Se trata de cumplir el mismo itinerario que Jesús hizo recorrer a los dos discípulos de Emaus, es decir redescubriendo la Palabra de Dios y la Eucaristía. Caminar con el Señor y dejarse abrir los ojos, por medio del verdadero sentido de la Escritura y de su presencia al partir el pan. El culmen de este camino, hoy como entonces, es la Comunión eucarística: en la Comunión, Jesús nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, para estar presente en nuestra vida, para renovarnos, animados por el poder del Espíritu Santo.

Para concluir, la experiencia de los discípulos nos invita a reflexionar sobre el sentido de la Pascua para nosotros. ¡Dejémonos encontrar por Jesús resucitado! Él vivo y verdadero, está siempre presente entre nosotros; camina con nosotros para guiar nuestra vida y para abrir nuestros ojos. Confiemos en el Resucitado, que tiene el poder de dar la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios, capaces de creer y de amar. La fe en Él transforma nuestra vida: la libera del miedo, le da firme esperanza, haciendo que esté animada por lo que brinda sentido a la existencia: el amor de Dios. ¡Gracias!

(Traducción de Cecilia de Malak y Eduardo Rubió – RV).

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