La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción


Lucas 1,26-38

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

 

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación del ángel. El mensajero divino dice a la Virgen: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».

Qué significan aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión «llena de gracia». La razón de este saludo es que en el alma de esta mujer se ha manifestado toda la gloria de la gracia de Dios. El mensajero saluda a María como «llena de gracia»; la llama así, como si éste fuera su verdadero nombre. No la llama con el nombre que le es propio en el registro civil: María, sino con este nombre nuevo: «llena de gracia». ¿Qué significa este nombre? ¿Por qué el arcángel llama así a la Virgen de Nazaret?

En el lenguaje de la Biblia «gracia» significa un don especial que tiene la propia fuente en la vida trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor. Fruto de este amor es la elección de Dios, esta elección es la eterna voluntad de salvar al hombre a través de la participación de su misma vida en Cristo: es la salvación en la participación de la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno, de esta gracia es como un germen de santidad, o como una fuente que brota en el alma como don de Dios mismo, que mediante la gracia vivifica y santifica a esta elegida. La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo.

En el misterio de Cristo María está presente ya antes de la creación del mundo como aquella que el Padre ha elegido como Madre de su Hijo, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu Santo. María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada eternamente por el Padre  y por el Espíritu Santo.

Al mismo tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo. Esta elección es fundamental para el cumplimiento del plan de salvación de Dios respecto a la humanidad.

«Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo». 

La palabra del Dios viviente, anunciada a María por el ángel, se refería a ella misma: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».  Acogiendo este anuncio, María se convertiría en la Madre del Señor y en ella se realizaría el misterio divino de la Encarnación.

Y cuando la Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?», recibe del ángel la confirmación y la explicación de las palabras precedentes. Gabriel le dice: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios».

La Anunciación es la revelación del misterio de la Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento en la tierra. María es «llena de gracia», porque la Encarnación del Verbo, en la que se une la Persona del Hijo de Dios con la naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como afirma el Concilio Vaticano II, María es «Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas celestiales y terrenas» (Lumen Gentium, 55).

Esta plenitud de gracia se ha manifestado en la Madre de Dios por el hecho de que ha sido redimida «de un modo eminente» (Beato Pío IX, Carta Apost. Ineffabilis Deus).

En virtud de la riqueza de la gracia del Hijo, en razón de los méritos redentores del que sería su Hijo, María ha sido preservada de la herencia del pecado original.De esta manera, desde el primer instante de su concepción, es decir de su existencia, es de Cristo, participa de la gracia salvífica y santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el Hijo del eterno Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido en su propio Hijo. Por obra del Espíritu Santo, en el orden de la gracia,  María recibe la vida de aquel al que ella misma dio la vida como madre, en el orden de la generación terrena. S. Pedro Damián no duda en llamarla «madre de su Progenitor» y la liturgia la saluda con las palabras de San Bernardo: «hija de tu Hijo».

En el plan de salvación  de Dios el misterio de la Encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante de la promesa hecha por Dios a los hombres, después del pecado original, después de aquel primer pecado cuyos efectos pesan sobre toda la historia del hombre en la tierra. Viene al mundo un Hijo,  que derrotará el mal del pecado en su misma raíz, la victoria del Hijo de la mujer no sucederá sin una dura lucha, que penetrará toda la historia humana. María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. En este lugar ella, que pertenece a los humildes y pobres del Señor, lleva en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella plenitud de la gracia que el Padre, y esta gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura.

Gabriel había nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: «También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». El mensajero divino se había referido a cuanto había acontecido en Isabel, para responder a la pregunta de María: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?».  Esto sucederá precisamente por el «poder del Altísimo», como y más aún que en el caso de Isabel.

El Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada. Y María da este consentimiento, después de haber escuchado todas las palabras del mensajero. María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.

María, que ha llegado a estar realmente presente en el misterio de Cristo precisamente porque ha creído. Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios. Esta descripción de la fe encontró una realización perfecta en María.

En la Anunciación María se abandona en Dios completamente, manifestando la obediencia de la fe a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando el homenaje de su entendimiento y de su voluntad. Ha respondido con todo su yo humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.

Este sí de María ha decidido, desde el punto de vista humano, la realización del misterio divino. María ha pronunciado este sí por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo.


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