La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 16 de Enero de 2014; 2º del tiempo ordinario


Juan 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.
Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

El evangelio de este domingo nos muestra los distintos testimonios de San Juan Bautista acerca de Jesús.

“En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Juan, estremecido ante la presencia del Salvador del mundo, él que ya en el vientre de su madre había saltado de gozo, levanta su dedo sin vacilaciones y presenta ahora a Jesús como “el Cordero de Dios”, listo para el sacrificio; que es llevado al matadero, como dice el profeta Isaías; este cordero es Cristo crucificado durante la fiesta de Pascua cuando se sacrificaba el cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo;  cordero en el que se cumple lo que había significado la salida del pueblo de Israel de Egipto: liberación. Jesús es “el Cordero que quita el pecado del mundo” cargándolo sobre sí, en su Corazón.

Nos enseña el Catecismo: “Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san Juan: “el pecado del mundo”. Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres”.

El Señor después de ser bautizado comienza su vida pública, se encamina hacia la cruz, paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, con la fuerza  expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad.

En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el “pecado del mundo”, del que el mal, el sufrimiento y la enfermedad no son sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

Muchas personas del tiempo de Jesús no captaron, no supieron o no quisieron ver quien era Él, porque no basta para creer ver con los ojos de la cara, sino que son necesarios los del alma.

¡Señor, aumenta nuestra fe, enséñanos a verte y a reconocerte como nuestro Salvador!

Nosotros también estamos llamados, como Juan Bautista, a ayudar al Señor en esta misión de quitar el pecado del mundo, primero luchando contra el mal que hay dentro de nosotros, luego luchando contra el mal donde quiera que éste se encuentre y podamos hacerlo, en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos, en mi comunidad cristiana.

¡Gracias, Señor, porque te has sacrificado por nosotros en el Calvario y porque actualizas cada día tu sacrificio en la Santa Misa!

Juan Bautista percibe el origen divino de Jesús: “Detrás de mí viene uno que es superior a mí, porque existía antes que yo”. El nacimiento según la carne en Belén es la manifestación de otro nacimiento eterno. Jesucristo es Dios, “nacido del Padre antes de todos los siglos”. Contemplemos la Persona de Cristo, que es divina, eterna, que existe desde siempre. Él es el Verbo de Dios, el Hijo “engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”, que aparece hecho hombre en el tiempo, en la historia humana. “Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua…” La eterna consagración mesiánica de Jesús es revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo por Juan, cuando Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder como su Mesías “para que el pueblo de Israel lo conozca”. Juan Bautista sabe que toda su misión está orientada hacia Jesús, sabe que ha sido enviado a prepararle el camino, a predicar la realización de todas las promesas del Antiguo Testamento.

“Y Juan dio testimonio diciendo: He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha den bautizar con Espíritu Santo”.

El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo es el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene ahora a “posarse sobre él”. De Él manará este Espíritu para toda la humanidad. La obra esencial del Mesías es bautizar con Espíritu Santo, regenerar a la humanidad en el Espíritu Santo; porque el Espíritu reposa sobre Él, el Mesías podrá darlo a los hombres, después de su resurrección, no desde fuera, sino desposándose con nuestra condición de pecadores. Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.

Termina Juan este episodio, lleno de gozo por haber visto al Mesías y poder anunciarlo al mundo, con estas palabras solemnes: “Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que él es el Hijo de Dios”. También nosotros hemos visto los motivos de credibilidad de la divinidad de Jesús: las profecías cumplidas en Él, los milagros que realizó, la elevación de su doctrina, la moral que nos enseña, el testimonio de sus mártires de ayer y hoy. Tengamos valor para dar testimonio de Él siempre: testimonio de palabra confesándonos como hijos del Padre y discípulos de Cristo y testimonio de obra, amoldando nuestra vida a su divina voluntad.

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