La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 16 de febrero de 2014, 6º del tiempo ordinario


Mateo 5,17-37

Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor. Pero yo les digo que no juren de ningún modo. Cuando ustedes digan ‘sí’, que sea sí, y cuando digan ‘no’, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Al comienzo del evangelio de hoy, Jesús, con autoridad divina, hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza: “No crean que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Jesús no viene ni a destruir la Ley ni a consagrarla como algo que no se pueda superar, sino a darle con su modo de actuar y su enseñanza una forma nueva y definitiva, en la que se realiza en plenitud aquello a lo que la ley conducía: el amor a Dios y al prójimo. El mandamiento antiguo se hace interior, por eso, “antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”; ningún detalle de la Ley debe ser omitido, sino que ha de llevarse a cumplimiento. Se trata de profundizar la Ley con la caridad de Cristo, así la caridad pasa a ser el nuevo y principal mandamiento del Señor. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta.

Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. “El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro: si no son mejores que los letrados y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Predicó la justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos. El Decálogo, bien sea formulado como preceptos negativos, prohibiciones, o bien como mandamientos positivos, indica las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de vida: Los mandamientos expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación con el designio que Dios se propone en la historia.

Recordando el precepto: “No matarás”, nuestro Señor pide la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del odio: La ira es un deseo de venganza. Si la ira llega hasta el deseo deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: “Todo el que esté peleado con su hermano será procesado”. La actitud con respecto al prójimo pone de manifiesto nuestra acogida o rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús habla con frecuencia de la “ la condena del fuego”, reservada a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer, convertirse y hacer el bien, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo.

“Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar. Para que esto sea verdad debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros. No hay límite ni medida en esta reconciliación y perdón. Esta exigencia de Cristo es imposible para nosotros. Pero todo es posible para Dios, por eso, hemos de implorarla en la oración y vivirla en la Eucaristía.

Dice San Cipriano: “Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel”.

El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a responder a la llamada del Señor: “Con el que te pone pleito procura arreglarte en seguida, mientras van todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel”.

El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o concupiscencia de la carne. Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: “Han oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo les digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”. El hombre no debe separar lo que Dios ha unido. La Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana. El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio.

El Concilio de Trento nos enseña: “En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos”.

“Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al Abismo”. La fe en Dios nos lleva a usar de todo lo que no es Él en la medida en que nos acerca a Él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él.

San Nicolás de Flüe oraba así: “¡Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti! ¡Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti! ¡Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a ti!”.

“Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo les digo: el que se divorcie de su mujer —excepto en caso de unión ilegítima— la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio”. El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble, y deroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua. Entre bautizados, el matrimonio verdadero no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte.

El adulterio designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres

Jesús expone ahora el segundo mandamiento: “Saben que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor.” Pues yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo”. Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en todas nuestras palabras. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones. Los cristianos hemos de oponernos a todo comportamiento que pueda lesionar nuestra integridad personal. No hemos de tolerar ni la doble vida ni el doble lenguaje. En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó en plenitud. Él es la Verdad que nos hace libres y que nos santifica. Seguir a Jesús es vivir en la verdad. Jesús nos enseña a sus discípulos el amor incondicional de la verdad: “A ustedes les basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: