La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO VI DE PASCUA, 25 de mayo de 2014


Juan 14,15-21

Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Estamos en tiempo de Pascua y es un tiempo para recordar todo lo que nos ha dicho Jesús a lo largo de su vida. Así lo fue para los Apóstoles, en el primer siglo, como lo es ahora para nosotros. Jesús ha consolado a sus Apóstoles con la promesa magnífica del cielo, desde donde vendrá a buscarlos, después de haberles dispuesto el sitio. Pero, entretanto, los discípulos no pueden ir adonde va Jesús, deberán permanecer en el mundo hasta que él venga otra vez. Para este espacio de tiempo intermedio, les hace dos espléndidas promesas: la venida del Espíritu Santo y su asistencia perpetua.

Jesús quiere que los Apóstoles le den pruebas de amor observando fielmente sus mandamientos: “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos”. ¿Cuáles son estos mandamientos de Jesús? Amar a los demás como Jesús nos ha amado. Porque no nos sirve de nada decir que somos seguidores de Jesús, o que amamos profundamente a Jesús si no queremos hacer su voluntad y seguir su ejemplo. En este caso, «guardar los mandamientos»  quiere decir que todo lo que nos ha dicho Jesús es para ser practicado y para ser vivido en nuestra vida. Para los que lo hagan así, la promesa de Jesús es la Vida.

Esta observancia de los mandamientos es condición preparatoria al nuevo beneficio que para su consuelo va a concederles: el envío del Espíritu Santo: “Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor”. Ruega Jesús como hombre, aunque como Dios El mismo envía el Espíritu Santo junto con el Padre. En méritos de esta oración, el Padre enviará otro Consolador, el otro Paráclito, abogado, defensor, que les asista y consuele. Jesús ha sido el primer abogado de sus discípulos; ahora les promete un Consolador distinto de sí mismo, Dios como él, pero persona distinta de él, para que “que esté siempre con ustedes”.

Describe luego Jesús la naturaleza de este Defensor: es el Espíritu de la verdad”, porque es autor y maestro de toda verdad, que procede de la Verdad y la verdad dice.

“El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”. Los seguidores del mundo, opuestos al reino de Cristo, que aman más las tinieblas que la luz, porque son secuaces del error y de la mentira, no pueden recibir este Espíritu divino, mientras no renuncien al espíritu de maldad y de mentira.“Ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes”. Los discípulos, adversarios del espíritu del mundo, lo conocen y lo reciben.

Comenta San Agustín: “También es Jesús Consolador o Paráclito; porque «paráclito» equivale a «abogado», y de Jesús ha dicho el Apóstol: «Tenemos a Jesucristo por abogado ante el Padre» (1 Jn. 2, l). Pero, aunque ambos Paráclitos tienen idéntica naturaleza, se les atribuyen distintas operaciones para con los hombres: porque mientras el Salvador hizo para con nosotros de mediador y legado, por lo cual oró como Sumo Pontífice por nuestros pecados, el Espíritu Santo se ha llamado Paráclito en cuanto es el consolador de los que están tristes”.

Jesús ahora trata a sus Apóstoles como un padre. Aunque les haya prometido otro Paráclito, no quiere decir que él les deje: “No los dejaré huérfanos”. Suausencia no es definitiva, como la de un padre que muere, sino por breve tiempo. Huérfano es quien carece de padres, y a nosotros no nos ha faltado la paternidad dulcísima de nuestro Señor Jesucristo, quien, en la vida de cada uno de nosotros y en la historia de la Iglesia, se muestra como verdadero Padre. Padre que, aun después de irse al cielo, quiso estar en nuestra compañía por la santísima Eucaristía, para recibir nuestras oraciones, para darnos sus gracias, para reconciliarnos con Dios, para alimentarnos con carne y sangre de Dios. Padre que nos ha dejado una jerarquía en la queha vaciado todos los oficios de la paternidad, desde el Papa, su Vicario en la tierra, hasta el último sacerdote que administra los ricos dones de su paternidad. Padre y Señor de gran poder, que sostiene la Iglesia, casa de sus hijos, a través de todas las vicisitudes de todos los siglos. Padre que nos dejó una Madre, la suya propia, dulce y poderosa, que trabajara con él en esta gran obra de su paternidad, que es hacernos hijos de Dios, hijos adoptivos, como El es Hijo natural.

“Volveré”. Volverá por la resurrección; volverá especialmente en el último adviento, sea particular, en la muerte de cada uno; sea general, el día del juicio; hasta durante su ausencia estará con nosotros en forma invisible hasta el fin del mundo.

Pero su presencia visible en carne mortal se acabará pronto: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo”. Cuando vuelva, el mundo, que no ve más que las cosas sensibles, ya no le verá.De hecho, Jesús, después de su resurrección no se manifestó sino sólo a los suyos. El mundo no lo ve por la fe, porque el espíritu del mundo es de tinieblas. Los discípulos sí le ven con los ojos de la fe aun después de su ascensión. Nosotros también lo “vemos”, porque Él está vivo y nos comunica la vida, en el tiempo y en la eternidad. La resurrección de Cristo es prenda, anticipo, de la futura resurrección de todos nosotros y de la vida gloriosa de todos nosotros. Ha resucitado la cabeza; resucitarán los miembros. Esta verdad de nuestra fe debe llenarnos de aliento en las tribulaciones y en la pérdida de los seres queridos.

Cuando vean los discípulos a Jesús según esta visión de que les ha hablado, en su cuerpo resucitado, y después por la fe, le conocerán de una manera más perfecta que ahora. Después de la resurrección, y especialmente después que hayan recibido el Espíritu Santo los discípulos “sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes”. Estamosinjertados en él por la gracia santificante y recibiendo del Señor continuo y vital influjo. El Señor habita en nosotros por su divinidad, y forma un cuerpo místico con nosotros, del cual él es la Cabeza.

Jesús extiende a todos los fieles lo que ha dicho a los Apóstoles, y al mismo tiempo señala una condición para las manifestaciones íntimas de que acaba de hablar: la observancia de sus mandamientos, que es la gran prueba del amor: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama”. De aquí vienen dos grandes bienes: el amor del Padre y del Hijo, y las especiales manifestaciones del mismo en el orden espiritual. “Al que me ama lo amará mi Padre, como hijo gozará del favor de Dios. “Y yo también lo amaré y me revelaré a él”.Infundiéndonos cada día mayor conocimiento de Él mientras vivamos, y dándonos a gozar su presencia, cara a cara, en el cielo.

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