La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO DE LA SOLEMNIDAD DE LOS “APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO”, 29 de junio de 2014


Mateo 16,13-19

 Y llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, propuso esta cuestión a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”  Respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista, otros Elías, otros Jeremías o algún otro de los profetas”. Díjoles: “Y según vosotros, ¿quién soy Yo?” Respondióle Simón Pedro y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. Entonces Jesús le dijo: “Bienaventurado eres, Simón Bar Yoná, porque carne y sangre no te lo reveló, sino mi Padre celestial. Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella.  A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que atares sobre la tierra, estará atado en los cielos, lo que desatares sobre la tierra, estará desatado en los cielos”

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús conversa con  sus discípulos sobre la opinión que la gente y ellos mismos tienen de Él, va a recibir la declaración de fe de Pedro y le va a encomendar una misión en la Iglesia.

Del trato amistoso del Señor con sus discípulos surgieron preguntas: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. 

Puede haber un conocimiento externo de Jesús, que es insuficiente para creer en Él, amarle, seguirle… 

“Ellos contestaron: Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros, Jeremías o uno de los  profetas”. 

Las opiniones de la “gente” tienen en común que sitúan a Jesús en la categoría de los profetas, son aproximaciones al misterio de Jesús, pero no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús. Se aproximan a Él desde el pasado, no desde su ser mismo. Se trata de un conocimiento que no lleva a una relación personal con Él ni a un compromiso de vida definitivo.

Él les preguntó: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.

Pedro, impresionado y sobrecogido ante la presencia de Jesús, en nombre de todos, da una respuesta que parece completa y que se aleja de la opinión de los demás: “Tú eres el  Mesías, el Hijo de Dios vivo”, manifestando y poniendo de relieve la pertenencia del Mesías a Dios. Pedro y los discípulos reconocen que la persona de Jesús no tiene cabida en la categoría de los profetas, que Él es mucho más que un profeta, alguien diferente. Lo habían visto en sus acciones milagrosas, en la autoridad de su enseñanza, en el poder de perdonar los pecados, en su trato de igual con el Padre. Jesús es el Mesías, pero no en el sentido de un simple encargado de Dios.

Esta declaración de Pedro para nosotros es sublime, siempre hemos de intentar penetrar en su significado; pero sólo se nos puede hacer comprensible en el contacto con Jesús a través de la oración, en el encuentro con Él, vivo y resucitado. El discípulo puede tener un mayor, íntimo y profundo conocimiento del Corazón de Cristo, si cree en Él y le sigue. Desde ahí llevaremos a cabo nuestra misión de cristianos en medio del mundo. Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”

Y tú: ¿Quién dices que soy Yo para ti? Es necesaria tu respuesta personal.

Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, “Jesús le respondió: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de  carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. 

Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad. Este será, desde el principio el centro de la fe apostólica profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia. 

“Ahora  te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará”. 

En el grupo de los Doce, Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le confía una misión única. El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Este nombre de “Piedra” como nombre propio no lo usaba nadie en aquella época. Para un judío el nombre es como una definición de la persona. Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha construido su Iglesia, su familia, su comunidad, hombres y mujeres que tienen algo en común y se reúnen para festejar lo que tienen en común y vivirlo. Cristo asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. La Iglesia es apostólica: Está edificada sobre sólidos cimientos, es indestructible.  Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos. La Iglesia se mantiene infaliblemente en la verdad: Cristo la gobierna por medio de Pedro y los demás Apóstoles, presentes en sus sucesores, el Papa y los obispos.

Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. 

El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Las llaves simbolizan todo el poder que sus dueños poseen sobre la propiedad de la casa. Pedro posee todo el poder del Reino, porque se le han dado «las llaves». Por eso, es capaz de poner en sintonía las decisiones que se toman en la Iglesia, aquí en la tierra, con los designios de Dios en el cielo. La fe de Pedro, a una con la Palabra de Cristo o con Cristo, es el fundamento inamovible de la Iglesia, el centro de comunión entre la tierra y el cielo, la Iglesia de aquí y Dios. 

Lo mismo ocurre con “atar y desatar”. Los rabinos ataban cuando prohibían algo y desataban cuando lo permitían. El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, reconciliar a los pecadores con Dios y la Iglesia, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino.

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