La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO 20º Ordinario, 17 de Agosto de 2014


Mateo 15,21-28

Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.» Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» El respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» «Sí, Señor – repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

El Señor siempre responde con generosidad a quienes acuden a Él con sencillez, con humildad, con fe, reconociendo su personal pobreza y la seguridad en la fuerza misericordiosa de Dios.

“En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón”.

Jesús pasa una frontera. Su ministerio se extiende a una tierra pagana, porque vino a extender a todas las naciones la Alianza reservada hasta aquí a Israel.

“Entonces una mujer cananea procedente de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”.

Una mujer venida de Canaán, la tierra de los ídolos, el corazón de la corrupción para un judío, acude a Jesús para que cure a su hija. Jesús escucha el grito desesperado de esa mujer.

Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas, como la mujer cananea, que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron también en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.

“Él no le respondió nada”.

La plegaria, el grito, eran hermosos, sinceros y emocionantes. No obstante, Jesús calla, no contesta a esta plegaria, tiene una primera reacción de indiferencia. Está excitando la fe de la mujer, la está poniendo a prueba.

“Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando»”.

Los discípulos sienten verdadera compasión ante la insistencia de esa pobre madre que muestra su miseria e interceden ante Jesús.

La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Interceder, pedir en favor de otro, es lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios.

La intercesión  de unos para con los otros participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca no su propio interés sino el de los demás, hasta rogar por los que le hacen mal.

La intercesión de los cristianos no conoce fronteras: oramos por todos los hombres, por  todos los constituidos en autoridad, por los perseguidores, por la salvación de los que rechazan el Evangelio.

Él les contestó: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.

Después del silencio, un rechazo. Jesús se limita a cumplir la misión que ha recibido del Padre. Jesús se opone a los planteamientos nacionalistas de sus conciudadanos; pero Él mismo reduce su predicación a los límites de Israel y hace como obligado los milagros que le piden los extranjeros. Jesús ha venido al mundo a congregar el rebaño disperso de Dios.

“Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme»”.

Admirable insistencia, símbolo de la perseverancia en la oración de súplica y en el seguimiento de Jesús.

“No pretendas conseguir inmediatamente lo que pides, como si lograrlo dependiera de ti, pues Él quiere concederte sus dones cuando perseveras en la oración” (Evagrio Pontico).

“Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos” (San Agustín).

“Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos»”.

Ahora el Señor muestra una reacción hostil, desconcertante, dura.

Las pruebas de la fe, las pruebas de la oración son purificación de la fe y del amor, son una verdadera valorización de la fuerza de la oración.

Somos unos privilegiados por tener fe, por acceder al Pan de los hijos de Dios.

“Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos»”.

La mujer es más profunda de lo que parece, y en vez de enfadarse por el insulto, reacciona con inteligencia, fe y humildad. Ella no abandona su plegaria, va hasta el fin.

Que no nos olvidemos de la inmensa multitud de los que esperan las migajas de la mesa de Dios, nosotros que nos alimentamos del Señor, debemos pensar qué hacer para que otros se aprovechen también de ella.

“Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas»”.

Jesús se admira ante la “gran fe” de la cananea, la reconoce en público y cede ante la petición. Aquí quería llegar Jesús., quería manifestar a los suyos la fuerza de la oración, la sinceridad de la plegaria y la confianza en Él de esta mujer que alcanza lo que pide y “en aquel momento quedó curada su hija”.

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos a la decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad, herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores. La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

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