La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO DEL DOMINGO 26º Ordinario, 28 de septiembre de 2014


Mateo 21,28-32

¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.” Y él respondió: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» -«El primero»- le dicen. Díceles Jesús: «En verdad les digo que los publicanos y las rameras llegan antes que ustedes al Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes por camino de justicia, y no creyeron en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y ustedes, ni viéndolo, se arrepintieron después, para creer en él».

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

En el Evangelio de este domingo el Señor retoma una tradición que viene del Antiguo Testamento: la temática de los dos hermanos; uno que asegura querer cumplir la voluntad del padre, pero no lo hace; el segundo  que se niega a la petición del padre, pero luego se arrepiente y cumple su voluntad.  Aquí se trata de la relación entre pecadores y fariseos, también aquí el texto se convierte en una llamada a dar un nuevo sí al Padre que nos llama.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos”.

Jesús como excelente pedagogo procede a menudo con preguntas para provocar una reflexión personal. Admiramos esta actitud del Señor, que quiere que cada uno de nosotros contribuyamos a nuestra propia salvación.

“¿Quién es este hombre, sino Dios, creador de los hombres, que prefiere le amen como Padre, que no le teman cono Señor?” (San Juan Crisóstomo).

Con esta parábola Jesús nos habla del rechazo que los dirigentes del pueblo judío hacen de su persona como el Mesías de Dios, pues creían que con pertenecer al pueblo elegido ya estaba todo hecho y conseguido, mientras que los llamados pecadores hallan en Él el camino de la salvación.

 “Se acercó al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña. Él le contestó: No quiero. Pero después recapacitó y fue”.

La actitud del padre, que se acerca al hijo y le invita serenamente al trabajo, contrasta con la dura respuesta del hijo. Este hijo representa a los pecadores, a los paganos, a los que son considerados personas de mala vida, que parecen decir no a los preceptos de la Ley de Moisés y a Dios y, sin embargo, acogen a Jesús como Salvador, reciben su perdón y hacen suyo su mensaje.

Siempre estamos a tiempo de arrepentirnos y de hacer penitencia. Podemos cambiar de vida. La conversión es posible. El Señor nos da una y mil oportunidades a los débiles, a los que no hemos sabido decir sí enseguida.

“Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: Voy, señor. Pero no fue”.

El segundo hijo, que da amable y alegremente su sí, pero luego no obedece,  representa al pueblo de Israel que dijo sí a la Ley de Moisés, pero rechaza el Evangelio; representa también  a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que dicen sí a Dios con los labios, pero no reciben  a Jesús, el Hijo de Dios. La parábola denuncia al pueblo elegido que no ha sabido ver el día de la gracia, no ha sabido acoger al enviado de Dios.

Dice Orígenes: “En estos dos hijos venimos figurados todos los hombres, que a veces prometemos poco y hacemos mucho, y otras veces, que son las más, lo gastamos todo en promesas y quedamos vacíos de obras”.

“¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: El primero”.

La pregunta es también para nosotros. ¿En cuál de los dos hijos nos vemos sinceramente reflejados? El asentimiento meramente verbal no engaña a Dios. Las palabras no bastan, hacen falta obras.

Ayúdanos, Señor, para que todos nuestros actos sean según la voluntad del Padre.

“Entonces Jesús les dijo: Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios”.

Cristo lanza un mensaje de salvación y liberación y señala constantemente la perfección como meta. Ante pecados como la hipocresía religiosa reacciona con especial violencia, especialmente cuando formas o apariencias religiosas se usan para cubrir otro tipo de intereses humanos. Un pecado gravísimo para el Señor es el desprecio a su mensaje. Quienes pierden la posibilidad de salvación serán juzgados con más dureza que quienes nunca tuvieron tan hermosa ocasión. Incluso los publicanos y las prostitutas entrarán antes en el reino que los orgullosos fariseos que despreciaron su palabra.

Que nosotros sepamos hacer de nuestros pecados una ocasión misteriosa de aspirar hacia el Reino de Dios, y de desear la gracia que nos salve de nuestras limitaciones.

“Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto no se arrepintieron ni creyeron en él”.

Los dirigentes del pueblo no aceptaron la salvación que anunciaba Juan Bautista con sus palabras y su austera vida, ni se ajustaron a ella. Salvación que viene de hacer la voluntad del Padre,  que consiste en caminar por la senda del bien y del amor.

Por segunda vez en el mismo texto Jesús pone como ejemplo a los publicanos y prostitutas, no por su mala vida de pecado, sino por su capacidad de arrepentirse, convertirse y renovarse. Todo es posible para Dios. El Señor cree en la posibilidad de cambiar que tiene el corazón del hombre, fortalecido con la gracia divina.

Que ninguno de nosotros desespere ante sus pecados. Porque hay solución: la gracia del perdón de Dios.

El mensaje de este domingo nos invita a los cristianos a vivir conforme a nuestra identidad en el seguimiento de Jesucristo: alcanzar los sentimientos, las actitudes y las costumbres propias de la vida en Cristo

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