La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 2º de Adviento, 7 de Diciembre de 2014


Marcos 1,1-8

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos, así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

El Evangelio de este segundo Domingo del tiempo de Adviento está centrado en la figura de San Juan Bautista, la voz provisional que clama en el desierto. El Bautista anuncia la cercanía del Salvador y llama fuertemente a la conversión como único camino para alcanzar la salvación.

San Juan Bautista, pasó su juventud preparándose para su ministerio de Pre­cursor del Mesías. En el evangelio de hoy hace su aparición pública en el desierto.

Con razón empieza el evangelista la descripción de la vida pública de Jesús por la predicación del Bautista: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Es ésta como la aurora del Evangelio. Hasta en el orden doctrinal la predicación del Bautista coincide con los comienzos de la predicación de Jesús. Es el gran profeta que llega hasta el mismo umbral del Evangelio, para desaparecer después que ha señalado a las multitudes el Salvador.

Fue entonces, en medio del relajamiento político, moral y religioso del pueblo de Dios, tan parecido al de nuestro tiempo,  cuando, se cumple lo que ya anunciaba el profeta Isaías: “Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino”.

El pueblo sabía lo que se encerraba en la palabra del Bautista: era la promesa de la restauración y de la salvación, como sabía por los antiguos profetas que el reino mesiánico debía tener un heraldo que le anunciara. Dios había prometido  que enviaría un precursor para anunciar al pueblo la llegada del Mesías. También por Isaías había dicho: Una Voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor: allanen sus senderos…”.  Es una metáfora oportuna, tomada de la costumbre de arreglar los caminos a la llegada de un gran príncipe. ¿Qué quiere decir?: Supliquen debidamente, piensen con humildad, actúen con honestidad, sean constructores de paz ante los obstáculos de carácter moral que impiden la llegada del reino de Dios a las almas: la soberbia que no se aviene con la humildad del Salvador futuro, la injusticia, que es una desviación de la rectitud de la ley, la hipocresía, senda tortuosa de la vida, disconforme con la simplicidad de intención que será divisa del reino futuro. Resultado de esta preparación espiritual será que toda la raza humana, porque la redención debe ser universal, verá la salvación que de Dios viene por el Mesías.

Dice Orígenes: “Grande y ancho es nuestro corazón,  pero hay en él no poco que arreglar para que more en él Dios. Allanemos la hinchazón de la soberbia; llenemos los baches de nuestra pereza y las profundas hondonadas de nuestros malos hábitos, y enderecemos nuestras perversas intenciones, nuestra relación con Dios, nuestro trato con los demás, y sigamos el camino llano que pisaron los santos con sus buenos ejemplos”.

Sobre muchos ministros de Dios se ha dirigido la palabra de Dios, como le sucedió al Bautista. Su voz clama en el desierto del mundo, desierto de virtudes y de pensamientos graves. Es la voz del sacerdote y de todos los que, en la Iglesia,  anuncian el evangelio que nos llama a que preparemos en nuestros corazones los caminos para que venga a ellos el reino de Dios. Oigámosles con atención y docilidad, que son los heraldos de Dios.

“Apareció Juan el Bautista en el desierto”. Era un símbolo; por aquellas regiones había entrado el pueblo de Dios a la tierra prometida; del desierto vino para posesionarse de una tierra que manaba leche y miel: por aquí debía empezar el pueblo de Dios a entrar en el verdadero reino de Dios. El lugar era, por otra parte, a propósito para el bautismo de inmersión en las aguas del Jordán, rito nuevo, peculiar del Bautista, figurativo de la reforma interior de vida a que les exhortaba, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. El bautismo de Juan no perdonaba los pecados como el Bautismo cristiano borra el pecado original o el sacramento de la Penitencia borra los personales. No era más que un símbolo exterior que representaba el cambio de vida y la limpieza de corazón a que les exhortaba al predicarles la penitencia: Dios no repudia los corazones contritos y humillados.

“Acudía la gente de Judea y de Jerusalén”. Fue muy eficaz la predicación del gran profeta. ¿Por qué este entusiasmo? Porque proponía un gran mensaje y lo hacía con tonos muy exigentes; porque comenzaba poniendo él en práctica lo que pregonaba; y porque había encontrado un signo visible, muy sencillo, el agua que resumía muy bien lo que predicaba. La aventura  a la que invitaba era grande: nada menos que a la preparación de un reino de los cielos ya inminente. El pueblo judío, que vivía en la tensión de esperanzas próximas a realizarse, vino en masa a oír al heraldo de Dios: gente de ciudad y de los poblados y del campo; y “confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”, con bautismo peculiar del Bautista, que personalmente les sumergía en las aguas del río, para denotar y preparar al mismo tiempo la purificación del corazón, el cambio de vida y la creencia en el próximo advenimiento del Mesías.

Hablaba Juan al pueblo de lo que quería Dios y en la forma más asequible al pueblo. Dos condiciones fundamentales de la palabra de Dios en boca de sus predicadores hablar de Dios y de las cosas de Dios, y hacerlo en forma debida, en un lenguaje que todos puedan entender. El hombre sentirá siempre hambre de Dios; si no se le hastía con manjares frívolos, oirá con gusto hablar de Dios.

“Y  proclamaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo”.  Juan como profeta cumplirá fielmente su misión de señalar al Mesías verdadero, con humildad y verdad, sintiéndose indigno de hacer con Él lo que hacen los esclavos con su señor: “no merezco agacharme para desatarle las sandalias”.

Comenta san Agustín: “Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por el Mesías, y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio. Si hubiera dicho: «Yo soy el Mesías», ¿cómo no lo hubieran creído con la mayor facilidad, si ya le tenían por tal antes de haberlo dicho? Pero no lo dijo: se reconoció a sí mismo, no permitió que lo confundieran, se humilló a sí mismo. Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar”.

En cuanto a su bautismo, Juan  dice: “Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con Espíritu Santo”. Su bautismo es un mero rito externo que simboliza, pero no obra la restauración espiritual. Pero el Mesías bautizará de tal manera que la fuerza del espíritu transformará hasta lo más profundo de la vida humana. El bautismo de Jesús es baño de regeneración. Es además toda influencia del divino Espíritu, la gracia santificante, las gracias actuales, los dones y frutos del Espíritu santo, vida divina en el hombre que va transformándolo hasta llevarlo a la claridad perpetua de la gloria del cielo. Todo es fruto de la redención de Cristo. Por eso, Juan declara la divinidad de  Cristo, porque solo Dios puede dar el Espíritu Santo.

No resistamos al Espíritu Santo que quiere apoderarse de nuestra vida. Dejémonos abrasar por el fuego de la caridad.

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