La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo II del tiempo ordinario, 18 de enero de 2015


 

San Juan 1,35-42

Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué quieren?”. Ellos le respondieron: “Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?”. “Vengan y lo verán”, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

 “En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: Este es el Cordero de Dios”.

Juan, estremecido ante la presencia del Salvador del mundo, él que ya en el vientre de su madre había saltado de gozo, levanta su dedo sin vacilaciones y presenta ahora a Jesús como “el Cordero de Dios”, listo para el sacrificio; que es llevado al matadero, como dice el profeta Isaías; este cordero es Cristo crucificado durante la fiesta de Pascua cuando se sacrificaba el cordero pascual, que con su expiación borra los pecados del mundo;  cordero en el que se cumple lo que había significado la salida del pueblo de Israel de Egipto: liberación.

El Señor después de ser bautizado comienza su vida pública, se encamina hacia la cruz, paciente como un cordero ofrecido en sacrificio, con la fuerza  expiatoria de su muerte inocente ha borrado la culpa de toda la humanidad.

Muchas personas del tiempo de Jesús no captaron, no supieron o no quisieron ver quien era Él, porque no basta para creer ver con los ojos de la cara, sino que son necesarios los del alma.

¡Señor, aumenta nuestra fe, enséñanos a verte y a reconocerte como nuestro Salvador!

“Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús”.

Juan nos invita a fijar la mirada en Jesús, Maestro y Señor de nuestra vida. En el camino de la vida cotidiana podemos encontrar al Señor como estos dos discípulos que, acudiendo a la orilla del Jordán para escuchar las palabras de Juan el Bautista, vieron cómo indicaba que Jesús de Nazaret era el Mesías, el Cordero de Dios. Ellos, llenos de curiosidad, decidieron seguirle a distancia, casi tímidos y sin saber qué hacer, hasta que “Jesús se volvió hacia ellos y, al ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscan?”, suscitando aquel diálogo que dio inicio a la aventura de Juan, de Andrés, de Pedro y de los otros apóstoles.

Precisamente en aquel encuentro sorprendente, descrito con pocas y esenciales palabras, encontramos el origen de cada recorrido de fe. Es Jesús quien toma la iniciativa. Es Él quien desde siempre nos ha amado primero. Y ésta es la dimensión fundamental del encuentro: no hay que tratar con algo, sino con Alguien, con el que Vive. Los cristianos no somos discípulos de un sistema filosófico: somos los hombres y las mujeres que han hecho, en la fe, la experiencia del encuentro con Cristo.

“Ellos le contestaron: Maestro, ¿dónde vives?”.

A Cristo se dirigen las preguntas que brotan de nuestro corazón humano frente al misterio de la vida y de la muerte, del amor y del sufrimiento, de la felicidad y la desgracia. Él es el único que puede ofrecernos respuestas que no engañan o decepcionan. Aprendamos a escuchar de nuevo, en el silencio de la oración, la respuesta de Jesús: “Vengan y lo verán”.

Como los primeros discípulos sigamos a Jesús.  No tengamos miedo de acercaros a Él, de cruzar el umbral de su casa, de hablar con Él cara a cara, como se está con un amigo. No tengamos miedo de la vida nueva que Él nos ofrece: Él mismo, con la ayuda de su gracia y el don de su Espíritu, nos da la posibilidad de acogerla y ponerla en práctica.

Encontramos a Jesús allí donde los hombres sufren y esperan. Jesús vive junto a nosotros, en los hermanos con los que compartimos la existencia cotidiana. Su rostro es el de los más pobres, de los marginados.  La casa de Jesús está donde un ser humano sufre por sus derechos negados, sus esperanzas traicionadas, sus angustias ignoradas. Allí, entre los hombres, está la casa de Cristo, que nos pide que sequemos, en su nombre, toda lágrima y que les recordemos a los que se sienten solos que nadie está solo si pone en Él su esperanza. Jesús vive entre los que le invocan sin haberlo conocido; entre los que, habiendo empezado a conocerlo, sin su culpa, lo han perdido; entre los que lo buscan con corazón sincero.  Jesús vive entre los hombres que nos honramos con el nombre de cristianos. Jesús vive en nuestras parroquias, en las comunidades y en los movimientos eclesiales a los que pertenecemos. Jesús vive entre nosotros en la Eucaristía, en la cual se realiza de modo total su presencia real y Él se hace contemporáneo de cada uno de nosotros. Él es nuestra fuerza, nuestra paz, nuestra perenne esperanza.

¡Que nunca nos falte el Pan Eucarístico en la mesa de nuestra existencia! ¡De este pan podremos sacar fuerza para dar testimonio de nuestra fe!

Todos podemos encontrar a Cristo en las Escrituras, en la oración, en la Eucaristía y en el servicio al prójimo. Jesús es el Hijo del Padre, donado a nosotros para desvelarnos el rostro de Dios y dar sentido y orientación a nuestros pasos inciertos. Su voz es persuasiva, pero para llegar a ser salvífica en la vida concreta de cada uno, pide una actitud disponible y responsable, un corazón puro y una mente libre.

“Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día; serían las cuatro de la tarde”.

Es verdad: Jesús es un amigo exigente que indica metas altas, pide salir de uno mismo para ir a su encuentro, entregándole toda la vida. Esta propuesta puede parecer difícil y en algunos casos incluso puede dar miedo. Pero es mejor buscar con generosidad la verdad, el bien, la justicia, trabajar por un mundo que refleje la belleza de Dios, incluso a costa de tener que afrontar las pruebas que esto conlleva. Conversemos con Jesús en la oración y en la escucha de la Palabra; gustemos la alegría de la reconciliación en el sacramento de la Penitencia; recibamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía; acojámoslo y sirvámoslo en los hermanos. Descubriremos la verdad sobre nosotros mismos, la unidad interior y encontraremos al Señor que cura de las angustias, de las preocupaciones, del egoísmo salvaje que no deja paz.

“Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: hemos encontrado al Mesías. Y lo llevó a Jesús”.

Estamos llamados a ser testigos creíbles de Cristo, que hace nuevas todas las cosas. Pero se reconocerá que somos verdaderos discípulos de Cristo en que nos arde el corazón porque otros lo conozcan, lo amen y lo sigan. El más pobre y desgraciado es el que no conoce a Jesucristo. El amor del Señor nos mueve, como a Andrés, a llevarlo a los demás.

Somos discípulos y amigos de Jesús, seamos embajadores de aquel Mesías que hemos encontrado y conocido en su casa, la Iglesia, de forma que otros muchos puedan seguir sus huellas, iluminados por nuestra fraterna caridad y por la alegría de nuestra mirada que ha contemplado a Cristo.

“Jesús mirándolo le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Pedro”.

La mirada de Jesús a Simón llegó hasta el fondo del alma del recién llegado, era una mirada que interpretaba y creaba un destino. El cambio de nombre suponía una vocación, un giro decisivo en el destino de Simón Pedro. Jesús le llamaba piedra, roca sobre la que iba a construir su Iglesia.

Una respuesta a “Evangelio del domingo II del tiempo ordinario, 18 de enero de 2015

  1. layda moran 14 \14\UTC enero \14\UTC 2012 en 9:19 AM

    GRACIAS MONSEÑOR RAFAEL POR TODAS SUS MEDITACIONES A TRAVES DE LA PALABRA ,GRACIAS POR SU FIDELIDAD A CRISTO NUESTRO SALVADOR QUE NOS HA NACIDO EN EL CORAZON ,FELIZ DIA Y QUE DIOS LO SIGA BENDICIENDO PARA QUE DIA A DIA PREDIQUE EL AMOR DE NUESTRO DIOS Y SEÑOR–MUCHOS SALUDOS DESDE MI PATRIA VENEZUELA.DESDE DONDE LE PIDO NOS AYUDE A ORAR MUCHO POR LO QUE ESTAMOPS VIVIENDO PARA QUE DIOS NOS HAGA JUSTICIA–QUE DIOS LE PAGUE Y QUEDAMOS UNIDOS EN ORACION

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: