La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo VI de Pascua, 10 de mayo de 2015


San Juan 15,9-17

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo. Amando a los suyos hasta el fin manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándonos unos a otros, los discípulos imitamos el amor de Jesús que recibimos también en nosotros. Por eso, Jesús dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo. Permanezcan en mi amor”. 

Dice san Agustín: “Permanecemos en el amor de Jesús, perseverando en su gracia. El amor verdadero es amor de obras, pero éstas no son más que la manifestación del amor. La raíz más profunda está en la benevolencia de Jesús, que nos da su gracia para que le amemos y fructifiquemos en el bien”.

Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Nos anima aquí el Señor con su ejemplo. Como Él no ha querido más que hacer la voluntad del Padre que le envió, así nosotros no debemos buscar más que la suya.

“Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud”.

Fruto del amor y la obediencia a Jesús es el gozo. El discípulo enamorado de Cristo tiene el alma inundada de la dicha y felicidad de los santos.

“Este es mi mandamiento: Que se amen unos a los otros, como yo los he amado”.

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: Él es el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la Ley nueva. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. Toda la Ley evangélica está contenida en el mandamiento nuevo de Jesús.

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. 

Dar la vida es dar toda la persona humana, lo que hay de más íntimo en el hombre  y de más valor en él. Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, nos amó hasta el extremo. Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres. Él aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar. Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios. Es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo para reparar nuestra desobediencia.

“Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. Esta es la gran obra de Jesús: Hacer de nosotros una sociedad de amigos de Dios. Jesús es el gran amigo de los hombres, porque en Él la naturaleza humana se unió con Dios en la forma más íntima. Jesús en amigo nuestro porque quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía, sacramento de la amistad de Dios. Es amigo nuestro porque nos alimenta con su Cuerpo y Sangre. Porque nos da la vida de la gracia influyendo siempre en nuestra vida sobrenatural.

“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído a  mi Padre”.

Nos enseña el Catecismo: “La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición de siervo  a la de amigo de Cristo, a la condición de hijo heredero. Indica al discípulo cómo seguir e imitar al que nos eligió como sus amigos, a quien se dio totalmente a nosotros y nos hace participar de su condición divina”.

“No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido, y los he destinado para que vayan y den fruto, y su  fruto  dure”. 

Lo creamos o no, es Dios el que nos ha elegido. En el fondo de toda la trama de nuestra vida está la mano de Dios. Entre muchos nos eligió. Había muchos para escoger, pero nos eligió, a mí y a ti. Dios siempre va por delante. Ese es el papel de Dios, amarnos, elegirnos, entregársenos, sin que nosotros hubiéramos hecho nada por amarle, por elegirle, por entregarnos. Tenía donde escoger… y nos escogió. Tenía gente de más valer, de más saber, de más tener, de más poder, y hasta de más querer y las hubiera encontrado por cualquier parte, pero… nos eligió… a nosotros. Nos ha elegido por puro amor de amar. Y eso nos lleva a dos conclusiones: Si nos has elegido “porque sí”… Gracias Señor por habernos elegido. Si te dedicáramos todos los días de nuestra vida, nos faltarían días para pagarte. Si nos has elegido porque nos amas. “Amor, con amor se paga.” A la medida de nuestras fuerzas, con todas nuestras fuerzas, nos proponemos amarte. Nos has elegido Tú desde toda la eternidad; hoy te elijo yo a Ti, y te elijo por encima de todo, por encima de todos.

Dios nos eligió para que demos fruto. Cristo nos quiere en el mundo, donde nos plantó; ahí donde se fragua el bien y el mal; la pobreza y el despilfarro; la honradez y la mentira; la bondad y al injusticia… Hay que enfrentarse al mundo, no para mantener posturas rígidas ni criterios pasados de moda, que nos imposibiliten dialogar con las gentes de nuestra época, del siglo XXI. Hay que ir a jugarnos la vida. Hay que ir a gritar que “el sepulcro de Cristo está abierto, y yo he descubierto quién es mi Señor”. Sin miedo, con todo lo que esto implica, para esto nos eligió Cristo.

Estamos en el mundo para dar fruto. El mundo está cansado de palabras y consejos. El mundo necesita obras, frutos, valores positivos concretos. Será preciso hablar, pero la palabra tendrá que ir precedida por el testimonio, acompañada de la vida. Porque si la palabra no se apoya en la vida que llevamos suena a hueco y es inútil… ¡Y es contraproducente! ¡Frutos nos pide el Señor! ¡Lo que tú no hagas, quedará eternamente sin hacer! ¡Ha llegado la hora de transformar este mundo de humano en divino! ¡Ha llegado la hora de construir la Nueva civilización del amor!

La Resurrección de Jesús glorifica el Nombre de Dios Salvador  porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano de Dios. Los espíritus malignos temen su Nombre  y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros de modo que lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá”.  Lo que el Padre nos da cuando nuestra oración está unida a la de Jesús, es el Espíritu Santo. En el Espíritu Santo, la oración cristiana es comunión de amor con el Padre, no solamente por medio de Cristo, sino también en Él. La oración del Padre Nuestro es oración nuestra si se hace “en el Nombre” de Jesús.

“Esto les mando: que se amen unos a  otros”. 

Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado.

“Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: Orad constantemente” (Orígenes).


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