La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo XIII del tiempo ordinario, 28 de junio de 2015


[youtube:https://youtu.be/wmpkt-1D-0c%5D

San Marcos 5,21-43

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar.
Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies,
rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva”.
Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”.
Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”.
Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad”.
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”.
Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que creas”.
Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago,
fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba.
Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”.
Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba.
La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate”.
En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro,
y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús acompaña sus palabras con numerosos milagros, prodigios y signos que manifiestan que el Reino está presente en Él. Son signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección.

El Evangelio de este domingo nos presenta a dos personas que tienen fe en Jesús: Jairo y la mujer que padecía de hemorragias. Cada uno de ellos se beneficia con un milagro. Ambos creen que tocando a Jesús se realizará el milagro.

“Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva»”.

Al ver el ilustre judío a Jesús, cae postrado a sus pies, reconociendo en él algo más que un simple hombre. Jairo está convencido que si el Maestro toca a su hija, ella sanará. El jefe de la sinagoga ruega con mucha insistencia a Jesús, exponiéndole los motivos de su gran dolor. Jesús escucha la oración de fe y la petición apremiante expresada en palabras como las de Jairo. Jairo cree, y Jesús va a premiar su fe.

Esta fe en el contacto espiritual de Jesús es la que debemos tener nosotros, y decirle, en la seguridad de ser oídos, especialmente en los momentos de la comunión eucarística: «Pon, Señor, tu mano sobre mi alma, y vivirá;  sobre mis potencias, y se vigorizarán; sobre toda mi vida, y se sanará espiritualmente; y se levantará, como la hija de Jairo, del lecho de sus culpas; y andará, como ella, con pie firme por el camino de tus mandamientos; y, como ella, tendrá hambre de las cosas divinas, prueba de su total curación y de la plenitud de su vida.»

“Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados”.

San Marcos nos da una pintura trágica de una pobre mujer enferma: “Se encontraba allí una mujer que desde hacia doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos”: primera calamidad, enfermedad vieja y dolorosa; y gastado todos sus bienes sin resultado”; ocasionándole la calamidad de la miseria; cada vez estaba peor”; la aflicción del desahucio, la calamidad de una vida desgraciada, fácil presa de muerte próxima.

El flujo de la pobre mujer era una enfermedad grave y vergonzosa, que llevaba la extenuación de la paciente, a veces la muerte, y que entre los judíos producía la impureza legal. Por ello la enferma, “como había oído hablar de Jesús”, cuyo poder sólo por la fama conocía, pero que le había inspirado gran confianza, “se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada»”. Sin saber si Jesús había curado a alguien por el simple contacto de sus vestidos, se atreve a acercarse a Él; tal era la fe que tenía en la santidad y poder sanador de Jesús.

Esta profunda fe en la eficacia del contacto de Jesús es la que debemos tener al acercarnos a Él. No importa que suframos la enfermedad de toda suerte de pecados. El que vino al mundo para purificarnos de ellos no espera más que tocarnos para dejarnos sanos y para que se seque la fuente de nuestros crímenes. Y para tocarnos, no espera sino que nos acerquemos a Él con voluntad de tocarle y sacar de Él la fuerza curativa. “Tócame, Señor, y seré sano, debernos decirle”.

“Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal”.

Jesús vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. La mujer enferma trata de tocar al Señor, porque sabe que Jesús concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe.

No quiso Jesús que el milagro permaneciese oculto, y esta su voluntad dio lugar a un nuevo episodio: “Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»”. Conoce Jesús que ha salido fuerza de él, porque sabe que ha curado. La hemorroísa sintió la curación; Jesús supo que le había tocado por detrás la mujer.

Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias.

Ahora los sacramentos son fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, y acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza.

“Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?»”. Jesús repite su pregunta. Quiere descubrir el milagro y a la con él favorecida: Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido”. Miraba porque quería que la mujer declarase públicamente lo ocurrido. La mujer comprendió que no debía quedar oculto lo que en ella se había hecho. Temió por si había obrado mal en tocar clandestinamente a Jesús, y pensando que por ello podía venirle de nuevo el mal, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad”.

Jesús, obtenida la confesión de la mujer y hecho público el milagro, lleno de misericordia, le quita todo temor y la confirma en su salud: “Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad»”.

Jesús también escucha la oración de fe expresada en silencio como la de la hemorroisa que toca el borde de su manto. Jesús alaba la fe de la enferma.

La compasión de Cristo hacia la mujer enferma es un signo maravilloso de que Dios ha visitado a su pueblo. Su curación anunciaba una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el pecado del mundo, del que la enfermedad es una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

Estas dulces palabras de Jesús, en su sentido moral encierran todo el misterio de nuestra vivificación y de nuestra salud espiritual. Y si el simple contacto de la orla del vestido de Jesús produjo la radical curación del cuerpo de la enferma crónica, ¿qué efectos no causará nuestro contacto con Jesús en el sacramento de la Eucaristía?

Ahora en los sacramentos, Cristo continúa tocándonos para sanarnos. También nosotros tocamos a Jesús cuando vamos a la Confesión y a la Eucaristía. Tocamos la misericordia del Señor cuando nos confesamos, y así, con el corazón limpio podemos tocar el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibiéndole en la sagrada comunión.

“Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?»”. Esas personas creen en el poder de sanar que tiene Jesús, no en el de resucitar los muertos.

Antes que rompa la pena el corazón del padre, Jesús lo sostiene con la esperanza: “Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas»”. No le será a Jairo tan difícil creer, después del milagro que acaba de presenciar. Crecería su confianza al ver que Jesús, a pesar del triste anuncio, no desiste de ir a su casa. Jesús aviva la fe de Jairo. Los milagros invitan a creer en Jesús,  fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios.

“Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba”.

“Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme»”.

Muerto está aquel que ha acabado el curso de la vida en la tierra; la joven no ha hecho más que interrumpirlo, como en una especie de sueño. Las palabras de Jesús producen decepción en quienes las oyen: ellos están segurísimos de la muerte de la niña.; no será tan gran profeta quien desconoce el hecho.

Para Jairo y los suyos, estaba muerta la niña. No lo estaba para Jesús, sino solamente dormida. Descansaba el cuerpo de la muchacha, mientras su alma estaba a las órdenes de Dios que la había creado, y que iba a man­darle informar de nuevo el cuerpo que por unos momentos dejó.

“Y se burlaban de él”. Por su escasa fe no merece que estén en su presencia: “Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba”. La escena que se desarrolla es tan sublime como sencilla su descripción. El que vino a triunfar de la muerte, arráncale esta presa como primicia de su victoria: “La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate»”.

“En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer”.

Al contacto con Jesús la muerte deja paso a la vida. Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a esta niña, anunciando así su propia Resurrección.

Resucita Jesús a esta muchacha en su casa. Para significar moralmente, dice San Gregorio, que está todavía en su casa quien está muerto por pecados ocultos. Todos los pecadores pueden resucitar a la gracia.

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