La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, 9 de Agosto de 2015


[youtube:https://youtu.be/rfZqgSsyW-U%5D

San Juan 6,41-51

En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, y decían: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿A caso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”. Jesús les respondió: “No murmuren. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ese Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán Discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de Él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ése sí ha visto al Padre. ”Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús predica en la sinagoga de Cafarnaúm. En una de sus muchas discusiones con los fariseos ha dicho una frase misteriosa: «Yo soy el pan bajado del cielo». El pan del que Jesús habla es más que un pan material, es más que un simple mensaje espiritual, es más que una idea. Es una persona, Jesucristo mismo, que viene de Dios y que se convierte en alimento que da la vida al mundo. Porque Dios nos ama hasta el punto de dejarse comer por nosotros. Jesús precisa que no está hablando en forma metafórica, que Él es verdaderamente pan y que el que quiera salvarse tendrá que comer su carne. Ante estas afirmaciones se escandalizan los judíos.

En torno a a Jesús se ha creado un silencio dramático, porque se presenta como alguien venido del cielo. “Y decían: «¿ No es este Jesús, el hijo de José? No conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo»”?

“Jesús tomó la palabra y les dijo: No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado; y yo lo resucitaré el último día”. He aquí un pensamiento muy sutil. Jesús pone de relieve la necesidad absoluta de la gracia, iniciativa divina: es necesaria una iluminación interna de Dios para comprender las cosas de Dios, para venir hacia Cristo, para tener fe.

Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae y el Espíritu lo mueve.

La respuesta a la llamada de Cristo no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

“Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de  Dios””. Es la acción de Dios. “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí”. Es la correspondencia del hombre. Sólo aquellos que consienten en escuchar al Padre vienen a Jesús. Es el gran misterio de la responsabilidad libre del hombre.

¡Señor, que te escuche, que me deje instruir por ti y atraer por ti!

“No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre”. Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado, su Hijo amado, en quien ha puesto toda su complacencia. Dios nos ha dicho que le escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos que creamos en Dios  y que creamos también en Él. Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne, él es único en conocerlo y en poderlo revelar.

“Les aseguro: el  que  cree, tiene vida eterna”.

“Yo soy el pan de la vida”. Jesús es siempre depositario y dispensador de la vida. Por eso se designa a sí mismo como el pan vivo, el pan de la vida, un pan esencial, un pan sustancialmente vital. Un pan que da vida para siempre, vida eterna, que nadie puede destruir y que destruye todas las muertes.

“Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: Éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre  coma de él y no muera. El maná les alimentaba por un momento, pero no les daba la inmortalidad.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Jesús menciona el objetivo de su encarnación, ser alimento para nosotros por su sacrificio en la cruz.

El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía. En la comunión eucarística los fieles reciben el pan del cielo y el cáliz de la salvación, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del mundo”. Dice san Justino: “Porque este pan y este vino han sido eucaristizados llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo”.

Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede acercarse a él humildemente y con fe ardiente. Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles debemos observar el ayuno prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal, gestos, vestido,  se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo. La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico. Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte.

El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión nos purifica al mismo tiempo de los pecados cometidos y nos preserva de futuros pecados.

Comenta San Ambrosio: “Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio”.

Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él.

Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal.

Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos: “Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso” (S. Juan Crisóstomo).

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