La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, 18 de Octubre de 2015


[youtube:https://youtu.be/-gzkk5rWE0Y%5D

San Marcos 10, 35 – 45

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”.

El les respondió: “¿Qué quieren que haga por ustedes?”.

Ellos le dijeron: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”.

Jesús les dijo: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?”.

“Podemos”, le respondieron.

Entonces Jesús agregó: “Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados”.

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos.

Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes;
y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

COMENTARIO

por Monseñor Rafael Escudero
+ Obispo Prelado

Jesús, una vez más, declara la verdadera naturaleza de su Reino contra los prejuicios de que sus mismos apóstoles estaban imbuidos. Su Reino sólo lo conquistan los humildes con el servicio y la entrega de la vida hasta la muerte por amor.

“Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”. Los dos apóstoles hacen a Jesús una extraña e inoportuna petición, con un tono definitivo, imperante, irreverente y temerario, como queriendo suplantar la voluntad de Cristo por la suya desordenada.

“Él les respondió: ¿Qué quieren que haga por ustedes?”. Quiere el Señor que descubran su miseria para poner el debido remedio.

“Ellos le dijeron: Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. La petición es motivada por el anterior anuncio que hizo el Señor de su resurrección, que para ellos es signo de triunfo temporal y definitivo e implantación de un reino que en este momento de sus vidas imaginan político y terreno.

Los argumentos de los dos apóstoles no convencen a Jesús y fue Él quien les hace ver su ignorancia. “Jesús les dijo: No saben lo que piden”, no sabían ni el tiempo del triunfo del Mesías, ni cómo se ganaban en él los primeros puestos, ni de qué naturaleza era el Reino. Y para que comprendan que a los primeros puestos en su Reino se va por grandes sacrificios les desborda Jesús con una pregunta que iba al fondo del problema: “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?”. Jesús se refiere a su pasión, que iba a sufrir en Jerusalén, bajo la imagen del cáliz de amargura, que simbolizaba el destino que una persona tenía reservado, y que Él tiene que beber, así como de un “bautismo” con que debía ser bautizado; “el cáliz y el bautismo” de Jesús es la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente que se deja contar entre los pecadores y anticipa ya su muerte sangrienta. Ese era su verdadero reino, la cruz, la sangre. Quien quisiera seguirle tenía que poner su mirada en el dolor, no en el triunfo.

“Podemos, le respondieron”. Ellos, que eran ambiciosos pero también generosos, respondieron con audacia, como quien da un paso al frente. Es la palabra de la disponibilidad, de la valentía; una actitud muy propia de todos los buenos cristianos, y en particular de quienes aceptan ser apóstoles del Evangelio.

“Entonces Jesús agregó: Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo”. Santiago y Juan entendieron que el Señor les estaba ofreciendo la mayor prueba de amistad: beber de su propia copa. Pero la copa que les ofrecía era la de la muerte que tenía que padecer. Jesús quiere asociar más íntimamente a su sacrificio redentor a sus discípulos, pues ellos mismos son sus primeros beneficiarios.

La generosa respuesta de los dos discípulos fue aceptada por Cristo. Estas palabras se cumplieron en Santiago y Juan, que con su sangre dieron testimonio de la resurrección de Cristo en Jerusalén.

“En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo”, porque todavía no es hora de ejercer como Juez y dar a cada uno lo que le corresponde, “sino que esos puestos son para quienes han sido destinados”. La predestinación es obra  de la providencia de Dios, y ésta se atribuye siempre al Padre, Él da la gracia de la vocación a la fe y los auxilios para que aquella sea eficaz.

La petición de los hijos de Zebedeo no pasó inadvertida para los demás apóstoles: “Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos”. La disputa para conseguir el primer puesto en el futuro reino de Cristo, que se imaginaba de un modo demasiado humano, suscitó la indignación de los demás apóstoles. Jesús tuvo que ver con tristeza esta indignación, fruto de la ambición herida de quienes también deseaban esos puestos de privilegio.

Fue entonces cuando Jesús aprovechó la ocasión para explicar a todos que la vocación a su reino no es una vocación al poder, sino al servicio: “Jesús los llamó y les dijo: Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les  hacen sentir su autoridad”. 

Jesús se dirige también a “aquellos a quienes se considera gobernantes”, porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral.

Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio: “Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos”. Toda autoridad viene de Dios. Nadie puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural.

Las autoridades deben ejercer la justicia distributiva: dar a cada uno lo que le corresponde, con sabiduría, teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz.

El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente el de las familias y de los pobres. Y hay derechos no negociables: La defensa de la vida humana, desde la concepción natural hasta la muerte natural; la atención a la familia que es el cimiento sobre el cual está construido el edificio de la sociedad; salvaguardar la paz, luchar contra la violencia y la delincuencia, para que sea posible el desarrollo de los pueblos.

En la Iglesia, la evangelización, el apostolado, el ministerio, el sacerdocio, el episcopado, el papado, son servicios. Se trata de servir al hombre de nuestro tiempo como le sirvió Cristo, como le sirvieron los apóstoles.  Este sacerdocio es ministerial. Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio. Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la comunidad de la Iglesia. El ejercicio de esta autoridad debe medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos.

Las palabras del Evangelio nos invitan a vivir desde la humildad de Cristo que, siguiendo en todo la voluntad del Padre, ha venido para servir. Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos.

Que este mensaje llegue a todos nosotros. Este contenido esencial del Evangelio nos indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces nos proponen, y asumiendo el de Jesús, podamos realizarnos plenamente y ser semilla de esperanza.

“Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. Para el Maestro, gobernar es servir. Jesús mismo presentó el sentido de su vida, de su misión y de su muerte redentora como cumplimiento de la profecía del Siervo doliente de Isaías: “Él ha venido para servir y a dar su vida en rescate por una multitud”, ha venido a amarnos a los suyos hasta el extremo para que  seamos rescatados de la conducta necia heredada de nuestros padres.

Nos enseña el Catecismo, 605: “Jesús… ha recordado que su amor es sin excepción. Afirma “dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla. La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles, enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: “no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo” (Concilio de Quiercy, año 853).

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