La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, 25 de Octubre de 2015


[youtube:https://youtu.be/8seA_xbNfOU%5D

San Marcos 10, 46 – 52

Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. 

Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”. 

Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. 

Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Animo, levántate! El te llama”. 

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. 

Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. El le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”. 

Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

COMENTARIO

por Monseñor Rafael Escudero
+ Obispo Prelado

La ceguera de los discípulos es su incapacidad de entender y seguir a Jesús y requiere una intervención sanadora del propio Jesús. Bartimeo se convierte en modelo del verdadero discípulo que, reconociendo su ceguera, apela con una oración firme e insistente a la misericordia de Jesús y, una vez curado, le sigue por el camino.

«Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino».

La multitud que seguía a Jesús iba buscando luz y sentido eterno para su vida. Bartimeo se convierte en signo de esa multitud doliente, pobre, ciega y mendiga.

La ceguera en tiempos de Jesús condenaba a los pacientes a una vida dura, pobre y marginada. Y hoy en los países pobres no tienen otra salida que mendigar o morir de hambre en la angustia de sus tinieblas. Sin embargo, también se dan muchos casos de ciegos que saben aprovechar su deficiencia visual como ocasión para aumentar su visión mental y espiritual, e incluso ganarse la vida con su trabajo.

Como hay una ceguera física, así hay una ceguera mental por falta de formación, cultura, información, comunicación, inercia. Hay una ceguera espiritual, que consiste en el desconocimiento de Dios y del destino eterno de la vida: incapacidad para ver más allá de lo material e inmediato. Es la peor ceguera y miseria. Sólo quien se reconoce ciego y pobre, puede desear, pedir y recibir la curación de su ceguera.

«Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí1” ».

“Jesús”. El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo. El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en palabrerías, sino que conserva la Palabra y fructifica con perseverancia. Es posible en todo tiempo porque no es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.

El ciego proclama abiertamente la mesianidad de Jesús, reconoce en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico “hijo de David” prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.

Es significativa también la petición Ten piedad de mí, que tiene que resultarnos muy familiar, porque todos necesitamos de la misericordia de Cristo.

«Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!” »

A casi nadie de los que acompañaban a Jesús le interesaba el horrible sufrimiento del pobre ciego. A Jesús no le molesta; son los otros los que quieren que se calle. Es de resaltar la insistencia de la súplica del ciego –repetida dos veces– y su intensidad –“se puso a gritar”, y cuando intentan callarle él gritaba más fuerte–, una súplica que nace de la conciencia de su indigencia –la ceguera– y sobre todo de la confianza cierta y segura en que Jesús puede curarle.

«Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Animo, levántate! Él te llama” »

Solo Jesús sintió compasión e interés por él. El Señor escucha la oración de fe, dirigida a Él, expresada en las palabras del ciego mendigo: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas. La formulación más habitual es la invocación: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores”. Mediante ella, el corazón está acorde con la miseria de los hombres y con la misericordia de su Salvador.

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: “Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros”.

«Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él»

Cuando le llama el Señor, el ciego, sin dudar, sin diferir la respuesta, deja todo aquello que le impide su acercamiento a Jesús y corre presuroso a su encuentro. Esta prontitud y abnegación facilitan la dispensación de la divina misericordia del Corazón de Cristo.

«Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Él le respondió: “Maestro, que yo pueda ver” ».

“Maestro, que yo pueda ver”, tiene que ser también hoy el grito sincero de cada uno de nosotros. Supliquemos que se nos abran los ojos del rostro para contemplar y agradecer las maravillas de la creación, que es transparencia de Dios; y ante los que sufren, que son presencia del Crucificado.

Que se nos abran los ojos de la mente, para conocer la verdad que nos hace libres e hijos de Dios. Que se nos abran los ojos de la fe, para ver y vivir el sentido profundo y eterno de nuestra vida y podamos alcanzar el feliz destino eterno, ayudando a otros a conquistar ese mismo destino maravilloso.

“¡Señor Jesús, que yo vea!” Dame la fe que te permita curarme.

Sanando la enfermedad de la ceguera, Jesús siempre responde sorprendentemente a la plegaria del que le suplica con fe: “Vete, tu fe te ha salvado”.

Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios. 

A Bartimeo no le curaron sus gritos, sino la fe en Jesús. El evangelista está sugiriendo con fuerza que la falta de fe se identifica con la ceguera, lo mismo que la fe se identifica con recobrar la vista. El que creé en Cristo es el que ve las cosas como son en realidad, aunque sea ciego de nacimiento –o aunque sea inculto o torpe, humanamente hablando–; en cambio, el que no cree está rematadamente ciego, aunque tenga la pretensión de ver, e incluso presuma de ello.

«En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino».

El ciego comienza gritando el nombre de Jesús y termina siguiéndole. El seguimiento de Jesús es más importante que la curación en sí misma. Sólo siendo curado de la ceguera e iluminado por Cristo se le puede seguir hasta la cruz. Es significativo el hecho de que la compasión de Cristo no deja al hombre en su egoísmo, viviendo para sí. Se le devuelve la vista para seguir a Cristo. El que ha sido librado de su ceguera no puede continuar sentado, al margen, viendo pasar la vida, reclamando atenciones. Si de verdad se le han abierto los ojos, no puede por menos de quedar deslumbrado por Cristo, sólo puede tener ojos para Él y para seguirle por el camino, con la mirada del corazón fija en Él.

2 Respuestas a “Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario, 25 de Octubre de 2015

  1. rigoberto edgardo rodriguez pascual 29 \29\UTC octubre \29\UTC 2012 en 1:00 PM

    Hermanos si tienen el calendario liturgico del ao 2013 me lo pueden enviar por favor.gracias

    Date: Sat, 27 Oct 2012 04:03:00 +0000 To: rigobertoedgardo@hotmail.com

  2. sofia galicia 28 \28\UTC octubre \28\UTC 2012 en 12:43 PM

    MUCHAS GRACIAS POR ESTA HERMOSA PREPARACIÒN A LA EUCARISTIA QUE ME PERMITE PROFUNDIZAR MEJOR EN MI SER CIRSTIANO CATOLICO. GRACIAS

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