La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio de la Solemnidad de Todos los Santos, 01 de Noviembre de 2015


San Mateo 5, 1 – 12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.

Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos , porque ellos posseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

COMENTARIO

por Monseñor Rafael Escudero
+ Obispo Prelado

¡Dios es Santo y Feliz! ¡Dios ha creado al hombre para la felicidad! ¡La felicidad es la gran aspiración de todo ser humano! Los santos son las personas más felices, más bienaventurados,  más dichosos, porque son los que más participan de la santidad de Dios.

El pasaje del Evangelio que comentamos aquí corresponde al momento en que Cristo comienza a explicitar su innovadora doctrina, transcurrido algunos meses desde el inicio de su vida pública. Ahora se hallaba en los alrededores de Cafarnaúm, junto al Mar de Galilea, adonde “la muchedumbre, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles”.

Esto es lo que hará Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña, verdadera síntesis del Evangelio y ápice de perfección de la Nueva Ley.  En este sermón el Mesías declara a sus discípulos lo que de ellos pide y lo que de ellos espera si quieren servirle con fidelidad.

Las bienaventuranzas no son los mandamientos del Nuevo Testamento, no son leyes: tampoco son una lista de virtudes ascéticas que hay que privilegiar. Las bienaventuranzas son la síntesis del Evangelio. Expresan las actitudes interiores de Cristo, el espíritu de Cristo, el secreto de su Corazón.

En la perspectiva del espíritu de las bienaventuranzas se nos pregunta si esta situación concreta que estoy viviendo ahora manifiesta y comunica el Corazón de Cristo. Por eso, el mejor comentario a las bienaventuranzas es la vida de Jesús, porque Él las vivió y practicó plenamente. Él es las bienaventuranzas. Jesucristo sabe, porque es Dios, lo que nos espera por delante, o qué nos puede acontecer, y por eso nos dice: “Dichosos…”

“Dichosos los pobres en el espíritu…, los sufridos…, los que lloran…, los que tienen hambre y sed de la justicia…, los misericordiosos…, los limpios de corazón…, los que trabajan por la paz…, los perseguidos por causa de la justicia…, los insultados, los calumniados de cualquier modo por mi causa…”

No es una simple promesa o deseo de Jesús. Es una felicitación del Señor en una situación dolorosa, real y concreta: la pobreza, el sufrimiento, el llanto, el hambre, la violencia, la persecución, la calumnia; situación que puede convertirse en un lugar privilegiado de la felicidad cristiana. La expresión “dichosos” indica cuál es ya la verdadera felicidad según Jesucristo. Dios felicita a los pobres, a los sufridos, a los hambrientos, a los que lloran, a los pacíficos, a los perseguidos, a los calumniados, porque en esa situación pueden ser felices.

Las bienaventuranzas son revelación y manifestación de Dios, de su amor, de su Corazón. El mensaje central de las bienaventuranzas expresa la verdad de que el Reino de Dios está aquí, en la situación descrita por cada una de ellas. El Reino de Dios está entre nosotros, está dentro de nosotros.

Las bienaventuranzas declaran cuales son las opciones de Dios, qué le agrada, qué prefiere, lo que Él mismo ha vivido al hacerse hombre. Manifiestan lo que quiere que haga y viva la Iglesia, cada uno de nosotros, sus discípulos, esto es: amar como ama Dios.

La felicidad que proclaman las bienaventuranzas no deriva de la situación de dolor, de pobreza, de apuro o persecución, sino de la actitud interior de saberse elegido por Dios para afrontar esa situación con la misma capacidad del amor de Dios. Las bienaventuranzas proclaman una felicidad que a primera vista debería ser desgracia. En la mentalidad corriente el pobre debería ser un infeliz, el que sufre, un desesperado, el que llora, un desafortunado, el que pasa hambre, un desgraciado, el que es perseguido debería estar deprimido, el calumniado, un resentido. Sin embargo, Jesús afirma que son dichosos, porque Dios está con ellos, y con ellos vive esa misma situación. Es Dios mismo quien lo dice. La razón de esto es que en esa situación de sufrimiento el Señor encuentra el lugar privilegiado para sembrar en el corazón creyente el más alto amor, un amor que no es de este mundo, y que este mundo no puede ni entender ni proporcionar. Vivir este amor supone una respuesta de amor y de amistad a Jesucristo que significa comunión con Él. Podemos ser verdaderamente felices si descubrimos la persona de Cristo y queremos amar como Cristo en cada una de las situaciones de nuestra vida.

“Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo”.

¡En cuántas ocasiones los santos, y actualmente muchos cristianos, fueron y son objeto de las más injustas persecuciones, por amor a Cristo! Pero no perdieron la confianza en la Providencia Divina, ni demostraron rencor contra sus perseguidores, a los cuales trataban con caridad y sin odio personal, pero también con la superioridad del hombre que practica la virtud en relación al que se deja arrastrar por el vicio. Por eso, el propio Dios se encargará de recompensarlos mucho más allá de lo merecido: “de ellos es el Reino de los Cielos…, heredarán la tierra…, serán consolados…, quedarán saciados…, alcanzarán misericordia…, verán a Dios…, se llamarán los hijos de Dios”, en definitiva alcanzarán y alcanzaremos un premio eterno, infinitamente superior a todo sufrimiento padecido en esta vida.

Con estas divinas sentencias Cristo indicó la ruta para alcanzar el Cielo, en donde veremos a Dios cara a cara y participaremos de la propia vida divina, poseyendo la felicidad de la cual goza Él mismo con todos sus santos. Y quien adecúa su conducta a las bienaventuranzas, empieza a gozar espiritualmente un anticipo, ya en esta tierra, de la felicidad eterna.

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