La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

EVANGELIO “Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos”


Marcos 15,33-39;16,1-6

« Y al llegar la hora sexta, toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona exclamó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, lammá sabacthaní?, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban cerca, al oírlo, decían: Mirad, llama a Elías. Uno corrió a empapar una esponja con vinagre y, sujetándola a una caña, le daba de beber, mientras decía: Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo. Pero Jesús, dando una gran voz, expiró. Y el velo del Templo se rasgó en dos de arriba a abajo. El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegan al sepulcro, salido ya el sol. Y se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra estaba quitada; era ciertamente muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. El les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron». (Marcos15, 33-39. 16, 1-6)

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

La muerte no ha sido creada por Dios, es un fruto del pecado. Hemos sido creados a imagen de Dios, somos capaces de conocer y amar libremente a nuestro Creador. Somos amados por Dios ama por sí mismos, y nos llama a compartir su vida divina, en el conocimiento y en el amor, a entrar en comunión con Él y con las otras personas. Dios ha creado todo para nosotros, nosotros hemos sido creados para conocer, servir y amar a Dios, para ofrecer en este mundo toda la creación a Dios en acción de gracias, y para ser elevados a la vida con Dios en el cielo.

Somos humanos, seres corporales y espirituales. Cada alma espiritual es directamente creada por Dios no es producida por los padres, y es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final.

En nuestra historia humana está presente el pecado. El hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y, desobedeciéndole, quiso ser como Dios,  vivir sin Dios. Así perdió para sí la gracia de la santidad. Como consecuencia del pecado original nuestra naturaleza humana se halla sometida al poder de la muerte: “Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…” (Rm 5,12). Pero Dios no nos ha abandonado al poder de la muerte, desde el principio nos anunció que el mal sería vencido y el hombre levantado de la caída. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor que con su muerte y resurrección restauró la vida perdida por el pecado.

“Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y a la  media tarde, Jesús clamó con voz potente: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Jesús ora con el salmo 21. Este salmo se refiere a este momento de la vida de Jesús, se está cumpliendo lo que dice el salmo. Jesús sufre interiormente, vive una situación y estado interior de desamparo, de oscuridad y desolación suprema de su Corazón. Contemplamos a Jesús físicamente deshecho, moralmente sin honor, humillado, despreciado, cargando con el pecado de toda la humanidad, pecado que le ahoga y le oprime. Entonces eleva sus ojos al cielo y clama al Padre su dolor, con confianza, sin desesperación. Porque el Padre nunca abandonó a su Hijo. El Padre no es duro, ni cruel  con Él, no goza con su sufrimiento. Jesús es consciente de que el Padre le mira con infinita ternura porque está dando la vida por nosotros. La obra de la redención la realiza Jesús afrontando el dolor y la muerte, asumiéndola amando y obedeciendo.

El dolor y la muerte propia o de los seres queridos hace que nosotros nos sintamos como abandonados de Dios y nos preguntemos dónde está Dios. Es el momento de la superación del sufrimiento con el amor y la confianza en Dios. Pidámosle al Señor que nos asista y nos aliente en nuestras angustias y oscuridades interiores y a la hora de nuestra muerte.

“Algunos de los presentes, al oírlo, decían: Miren, está llamando a Elías. Y uno echo a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo: Dejen a ver si viene Elías a bajarlo”.

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró”.

Es un grito de paz y confianza absoluta en el Padre. Todo ha acabado, el mundo está redimido y transformado, ya ha sido quebrantada la cabeza de la serpiente infernal.  Cristo entrega su Espíritu a la humanidad redimida.

Santa Rosa de Lima dice: “Esta es la única verdadera escala del paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo”.

¡Que aprendamos de Cristo a morir, cumplida la misión que Dios nos ha encomendado y entregando nuestra alma al Padre!

“El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo”.

Un nuevo mundo renace. Se rompe el velo del templo que ocultaba los secretos de Dios para dar lugar a los resplandores de la revelación cristiana, para dar lugar a una intimidad abierta con el Redentor. Se rasga el velo que separaba a Dios y al hombre, para que ya podamos acercarnos con segura confianza al Señor, al trono de la gracia y de la misericordia. Dios quiere tener intimidad con cada uno de nosotros.

“El centurión que estaba enfrente, al ver cómo había expirado…,” se siente atraído por la actitud de ofrenda de Jesús. Ha mirado a Jesús que no ha proferido blasfemias ni se ha desesperado, sino que siguió en actitud de oración hasta la muerte. En medio de los insultos y las burlas surge el perdón a sus verdugos y a los que se burlan y le insultan. La luz de la fe comienza a romper las tinieblas del desconocimiento de Dios en el corazón del centurión. Cuando la gracia entra en el corazón humano, éste se reblandece y se abre a la aceptación de su propio pecado. El centurión se refugia en el Corazón de Cristo, y reconoce con fe que “realmente este hombre era Hijo de Dios”.

“Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida” (Rm 5,18). La espiritualidad del cristiano consiste en vivir la vida desde el Corazón de Cristo, consiste en el encuentro de dos corazones el de Jesús y el del discípulo, que se abren al servicio de la Redención del mundo. Miremos a Cristo redentor del hombre y del mundo, Él es la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón, Cristo es nuestro remedio radical, el único que nos integra, el único que sana las heridas producidas por el pecado en cada uno de nosotros, el único que, con su muerte,  da sentido a nuestra muerte.

“Pasado el  sábado, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?”.

María Magdalena y las otras mujeres discípulas han seguido a Jesús, le aman; están ahora en un estado de desolación, han perdido la fe en Cristo vivo, para ellas Jesús es un cadáver  que hay que dejar bien embalsamado para protegerlo de la agresividad del paso del tiempo y de la descomposición. Magdalena y las mujeres actúan sin pensar, llevadas por un amor puro, audaz y apasionado al Señor.

“Al mirar vieron que la piedra estaba quitada, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: No se asusten. ¿Buscan a Jesús el Nazareno, el Crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Miren el sitio donde lo pusieron”.

El Catecismo nos enseña: “La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido”.

Cristo por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios. Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. La Resurrección de Cristo es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos ya en este mundo saboreamos  las primicias del cielo y nuestra vida tiene que ser ya un no vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que murió y resucitó por nosotros.

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