La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, 15 de Noviembre de 2015


[youtube:https://youtu.be/4vGdYq0esbw%5D

San Marcos 13, 24 – 32

En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.

COMENTARIO

Por + Monseñor Rafael Escudero

Obispo Prelado

Es ciertamente impresionante el lenguaje con el que Jesús, en el pasaje de hoy, describe el final de la historia. En este episodio del Evangelio se narran acontecimientos que se refieren al fin del mundo. Se describen señales precursoras verdaderas, para distinguirlas de las falsas, que tendrán lugar por efecto de la misma conturbación  de los últimos días; y luego la misma venida  del Señor.

Jesús responde a la pregunta que sus discípulos le han hecho sobre cuáles son las señales que anunciarán el fin de los tiempos: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -“En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”».Todo ello indica un trastorno de carácter universal, después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa. 

A lo terrible de las señales precursoras de la segunda venida del Señor, seguirá la magnificencia de su personal advenimiento: «Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad». Jesús volverá. Lo verán todos los hombres, verán a Jesús con su naturaleza de hombre, con su cuerpo glorioso, con gran poder, con majestad y gloria divinas. Esta descripción, en labios de Jesús, no quiere ser angustiosa, sino precisamente lo contrario, esperanzadora porque Él viene a salvar.

Entonces el Juez supremo y Rey magnífico «enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte», para llamar,  de los cuatro puntos cardinales,  a todos los hombre a juicio. Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. Adquirió este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado todo juicio al Hijo. Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

Podemos mirar con miedo a este Cristo glorioso  que viene a juzgar a todos los pueblos. Pero también podemos contemplarlo con confianza: el que vendrá como Juez es el mismo en quien creemos, a quien escuchamos, a quien amamos, a quien seguimos, a quien recibimos en la Eucaristía.

En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!”. Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de gracia y bendición, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia el que viene.

A continuación responde Jesús, a la pregunta que le hacen sus discípulos de cuándo sucederán estas cosas, con una comparación sobre la higuera fácilmente entendida para todos sus oyentes: «Aprendan de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducen ustedes que el verano está cerca; pues cuando vean ustedes suceder esto, sepan que él está cerca, a la puerta». Jesús responde a los discípulos con lenguaje enigmático, sin intentar responderles con exactitud. Prefiere dejar los aspectos cronológicos de la pregunta en claroscuro, con miras a la formación moral y espiritual de sus oyentes. La expectativa del fin del mundo los habituaba a contemplar los acontecimientos desde la perspectiva divina, y preparaba las almas de aquellos primeros cristianos para las persecuciones que habían de enfrentar. No quiere el Señor que sus discípulos sepamos el tiempo ni la hora del advenimiento para que estén siempre nuestros ánimos atentos, esperándole.

Y añade Jesús esta afirmación en tono solemne: «Les aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla». Generación aquí entendida como humanidad. Luego, al juramento añade el Señor una afirmación rotunda y llena de majestad, de la certeza absoluta con que se cumplirán sus palabras: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán». Dice san Jerónimo: “Cosa más fácil es que se derrumbe y destruya lo que parece inconmovible, como es la máquina del mundo, que falte un solo ápice a mi palabra”.

«Aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre». Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar. Lo que reconoce ignorar en este campo, declara en otro lugar no tener misión de revelarlo.

Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente aun cuando a nosotros no nos toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre. Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén retenidos en las manos de Dios.

La razón de esta reserva absoluta del Padre y del Hijo en lo tocante al fin del mundo, para cada uno de nosotros y para la historia en general, es que estemos siempre en vela, para recibir al Hijo de Dios siempre que Él quiera venir a llamarnos.

3 Respuestas a “Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, 15 de Noviembre de 2015

  1. Elizabeth 16 \16\UTC noviembre \16\UTC 2012 en 10:06 PM

    La explicacion es bien clara.Ante todo agradezco la ayuda que diariamente recibo de ustedes en especial la aclaracion del evangelio del domingo. Es muy importante estar preparado pero esta preparacion con lleva profundizar su amor y las obras de la Misericordia.. Abrir las puertas del corazon.

  2. eduardo serrano 16 \16\UTC noviembre \16\UTC 2012 en 6:54 PM

    gracias por ayudarme amigo

    Date: Fri, 16 Nov 2012 20:15:41 +0000 To: eduser4728@hotmail.com

  3. Hilda Parra 16 \16\UTC noviembre \16\UTC 2012 en 4:50 PM

    Bendiciones por la forma tan bella que nos presentan el evangelio del Domingo, pero quiero contarles que las imágenes y los dibujos se ven borrosos. Les dejo esta inquietud Mil. Mil bendiciones

    Cordialmente,

    HILDA PARRA

    El 16/11/2012, a las 15:15, La Prelatura de Moyobamba escribió:

    > >

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