La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo Solemnidad de Cristo Rey del Universo, 22 de Noviembre de 2015


[youtube:https://youtu.be/uOD–KFWqW0%5D

San Juan 18,33b-37

Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. 

Jesús le respondió: “¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?”. 

Pilato replicó: “¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?”. 

Jesús respondió: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”. 

Pilato le dijo: “¿Entonces tú eres rey?”.

Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

COMENTARIO

por Monseñor + Rafael Escudero

Obispo Prelado

La Iglesia ha querido que este último domingo del tiempo ordinario esté dedicado a honrar la figura de Cristo como Rey del universo. La fiesta fue instituida por el Papa Pío XI, en el año 1925. En el texto del evangelista san Juan se desarrolla un diálogo de hondo contenido teológico entre Pilatos, gobernador romano, y Jesús.

Las autoridades judías presionaban al gobernador romano para que condenara a muerte a Jesús; argumentaban que Él se había presentado ante el pueblo como rey de los judíos, lo cual implicaba declararse en franca rebeldía contra el emperador romano.

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: –¿Eres tú el rey de los judíos? Lo que no podía esperar Pilato es que el reo levantara la cabeza serenamente y le hiciera la más desconcertante pregunta: Jesús le contestó: –¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?

Nos impacta la figura digna y solemne de Jesús quien, a pesar de los maltratos y humillaciones que ha padecido, responde con firmeza a la pregunta del gobernador romano y así manifiesta el sentido último de su misión.   

A Pilato pareció molestarle la réplica de Jesús. Y en sus palabras siguientes no oculta su impaciencia, por eso replicó: –¿Acaso soy yo judío? Como queriendo dejar claro que a él no le importaban los asuntos religiosos de los judíos. Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho?

Ahora, con una calma que contrasta con el nerviosismo de Pilato, Jesús le contestó: –Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.

Nuevamente la sorpresa. Pilatos se sintió confundido al escuchar semejante explicación, que se apartaba de los modelos convencionales de ejercicio del poder político. Para un pagano como él la respuesta de Jesús suena a música celestial.

Esta frase ha sido utilizada, a lo largo de la historia de la Iglesia, para apoyar una concepción bastante espiritualista del Cristianismo. Algunos usan esta frase como si fuera una directriz de Cristo que prohíbe a sus seguidores que intervengan en los asuntos de este mundo. Hay personas y grupos que preferirían una Iglesia recluida en los templos, solamente dedicada a las ceremonias litúrgicas.

Ciertamente, el reino de Dios no pertenece a este mundo en cuanto no pertenece al sistema de injusticia imperante. Pero Jesús es un rey que anuncia un mensaje de amor y justicia a seres de carne y hueso que no son ángeles, y su propuesta está destinada a transformar las personas y las estructuras.

La Iglesia debe preocuparse por no ser del mundo en cuanto debe tomar distancia de los juegos de poder. Pero igualmente debe interesarse, sobre todo los fieles laicos,   por estar en el mundo en cuanto éste debe ser transformado. Los fieles laicos participan en el oficio realde Cristopor su pertenencia a Él, Señor y Rey del universo, y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana  mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado; y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños. Pero los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos.

Pilato le dijo: –Conque, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: –Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

Ahora la voz del acusado adquiere una desconocida majestad para afirmar tajantemente su realeza. Una realeza que le viene por el doble camino de su propia naturaleza y de su misión redentora, pues nos ha conquistado con el derramamiento de su sangre.

El Papa Pío XI  nos enseña: “Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres,  porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades,  porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie entre todos los nacidos ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas” ( Enciclica Quas Primas, 6).

En el diálogo con Pilatos, Jesús afirma que es rey, pero el significado de este título es totalmente diferente de lo que pensaban romanos y judíos. Su realeza sigue el guión escrito en el plan de Dios, y no de los hombres; Dios cuando envía a su Hijo al mundo es para “ser testigo de la Verdad”. El Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero.  Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero conquista a sus súbditos  no por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Jesús es rey porque cura a los enfermos, perdona a los pecadores, rechaza el orgullo, practica la justicia…

Cristo es rey del universo porque el Padre ha sometido todo al Hijo. El reino de Dios es una oferta de salvación que se hace presente en la historia en la figura de Jesucristo. Esta oferta de salvación respeta la libertad, sin las imposiciones que son tan frecuentes en los proyectos humanos.

Dice san Cirilo de Alejandría: “Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza”.

Las afirmaciones del Señor chocan brutalmente con los modelos de poder socialmente aceptados, e inauguran una concepción nueva sobre la acción política entendida como servicio a la justicia, a la paz y al compromiso con el bien común.

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