La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo I de Adviento, 29 de Noviembre de 2015


[youtube:https://youtu.be/T91GvcUgA-k%5D

San Lucas 21,25-28.34-36.

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. 

Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación”. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. 

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.

COMENTARIO

+ Rafael Escudero López-Brea

          Obispo de Moyobamba

Jesús en el Evangelio de este primer domingo de Adviento nos habla sobre los últimos acontecimientos y el desenlace final de la vida humana y nos hace una llamada a la vigilancia activa en la espera del Señor. El Evangelio centra nuestra atención en la última venida de Cristo. Jesús siempre se negó a dar la fecha de su segunda y última venida. La consecuencia es la insistencia en la vigilancia, pues el Señor puede venir inesperadamente y encontrarnos dormidos. Finalmente, subraya el carácter universal de esta llamada a la vigilancia.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán”.

El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa.

A lo terrible de las señales precursoras de la segunda venida del Señor, seguirá la magnificencia de su personal advenimiento: Entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube, con gran poder y  gloria”. Jesús volverá. Lo verán todos los hombres, verán a Jesús con su naturaleza de hombre, con su cuerpo glorioso, con gran poder, con majestad y gloria divinas. Esta descripción, en labios de Jesús, no quiere ser angustiosa, sino precisamente lo contrario, esperanzadora porque Él viene a salvar.

“Sobre una nube”. Este símbolo revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria.  Esta figura es cumplida por Cristo. Es la misma nube la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento.

El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, estará acabado con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal, a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios. Por esta razón los cristianos pedimos, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplicamos: “Ven, Señor Jesús”.

No quiere el Señor que sus discípulos sepamos el tiempo ni la hora del advenimiento para que estén siempre nuestros ánimos atentos, esperándole.

Añade San Agustín: “Y esta palabra la dijo Jesús no sólo para los discípulos a quienes hablaba, sino para cuantos nos precedieron, y para nosotros mismos, y para cuantos vivirán después de nosotros hasta el día de su ad­venimiento final, que será el día de todos… Pues tales seremos juzgados el último día del mundo cuales salgamos de esta vida el día último de la nuestra. Por esto debe estar en vela todo cristiano, para que no lo halle mal dispuesto el día del advenimiento del Señor; sin preparación hallará aquel día a quien sin preparación cogió su último día”.

“Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación”.

Los males, el miedo, la angustia nos afligen a los hombres a lo largo de la historia y evidencian la necesidad que tenemos de ser liberados. Toda venida de Cristo es siempre liberadora, redentora. Viene para arrancamos de la esclavitud de nuestros pecados. Por eso, nuestra esperanza se convierte en deseo apremiante, en anhelo incontenible, exactamente igual que el prisionero que contempla cercano el día de su liberación. La auténtica esperanza nos pone en marcha y desata todas nuestras energías. Necesitamos vigilar, disipar las sombras, para que el anuncio que transmitimos se potencie con la luz y testimonio de nuestra vida.

“Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra”.

Hemos de cuidar que la satisfacción por el presente no mate la esperanza del futuro. Hemos de evitar descuidar lo verdaderamente importante por atender lo inmediato.

Comenta San Gregorio: “Está en vela quien tiene los ojos abiertos para ver toda luz verdadera que ante ellos brille; está en vela quien practica aquello que cree; está en vela quien ahuyenta de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia”.

Si el advenimiento del Hijo del Hombre ha de ser rápido e imprevisto, la consecuencia es natural:Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.

En Jesús el Reino de Dios está próximo, llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que es y que viene, en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria.

Esperar no es solamente estar atentos a su venida, sino que exige cumplir con la tarea que cada uno tenemos encomendada, nuestra propia vida; de ahí la importancia de trabajar esa vida, con la gracia de Dios, para que no sea estéril. Y sobre todo, para que sea cristiana.

Como consecuencia de ello, inculca otra vez el Señor la idea de la vigilancia: A losobstáculos de la vigilancia que son la sensualidad, la pereza  y la disipación, se contrapone el espíritu y la práctica de la oración perseverante y la austeridad de vida.De esta suerte se evitarán los males de aquel último día, que fatalmente deben venir, el juicio adverso y la condenación.

Dice San Juan Crisóstomo: “A la hora que menos pensemos vendrá el Hijo del hombre. Vendrá la muerte, en la que nadie piensa, porque hasta los que piensan morir, o no piensan en el advenimiento de quien les ha de juzgar, o piensan que aún tienen tiempo de más vivir. Y el día del Señor es inexorable; nos cogerá cuales seamos y como estemos: vigilantes y llenos de buenas obras en el Señor, o descuidados y con nuestra alma en posesión del infernal ladrón, para quien el último día del pecador es el día del dominio definitivo y eterno sobre él mismo”. 

Podríamos malograr esa venida, esa cita imprevista, esa visita sorpresa con nuestras seguridades engañosas. Jesús vendrá al final de los tiempos en el esplendor de su gloria. Jesús vendrá a la hora de nuestra muerte en aquel momento solemne y definitivo. Pero Jesús viene cada día, lo podemos descubrir si estamos en vela; viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento para que lo recibamos por la fe. ¡Bienaventurados los creyentes!

Recemos con la oración para encender la primera vela de la corona de Adviento: “Encendemos, Señor, esta luz como aquél que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene.  En esta primera semana del Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos y vigilantes, porque Tú nos traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor, Jesús!”

2 Respuestas a “Evangelio del Domingo I de Adviento, 29 de Noviembre de 2015

  1. wagner 3 \03\UTC diciembre \03\UTC 2012 en 10:19 AM

    Estemos siempre a la expectativa, vayamos al encuentro del Señor.

  2. dfhfgjh 2 \02\UTC diciembre \02\UTC 2012 en 5:09 PM

    No entendi =3

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