La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo IV de Adviento, 20 de Diciembre de 2015


[youtube:https://youtu.be/qjgCKtQdP50%5D

San Lucas 1, 39-45.

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

“¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. 

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.

COMENTARIO

+ Rafael Escudero López-Brea

          Obispo de Moyobamba

En vísperas de la Navidad el evangelio de este domingo nos presenta a María en la narración de la visita que hace a su pariente Isabel.

El Ángel anunció a la Virgen María la maternidad de Isabel, una mujer estéril y ya entrada en años, manifestando así que Dios puede hacer todo cuanto le place. Que para Él no hay nada imposible.

Dice San Ambrosio: “Desde que lo supo, María, no por falta de fe en la profecía, no por incertidumbre respecto al anuncio, no por duda acerca del ejemplo indicado por el Ángel, sino con el regocijo de su deseo, como quien cumple un piadoso deber”, presurosa por el gozo “se puso en camino y fue deprisa a la montaña; a un pueblo de Judá…”.

Llena de Dios, ¿cómo no iba a elevarse apresuradamente hacia las alturas? La lentitud en el esfuerzo es extraña a la gracia del Espíritu. “El amor ni cansa ni se cansa”, dice San Juan de la Cruz.

“Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”.

En esa casa vivían el sacerdote Zacarías y su esposa Isabel. Era una casa tocada por Dios, por el milagro. Ellos eran nobles por su sangre religiosa y, sobre todo, por sus actos que agradaban mucho al Señor.

María acude a la casa de Zacarías e Isabel para congratularse con ella, para contemplar el milagro obrado por Dios en su prima, porque sabe que Isabel de alguna manera entra en los planes del Señor sobre ella, para ayudarla en esos momentos importantes y delicados para una madre ya anciana. María manifiesta así su disponibilidad a ser ayuda y compañía, a llevar y hacer presente a Jesús con su amor y entrega a los demás. Contemplamos a María como la mujer que vive entregada por amor a los demás, que sabe compartir su vivencia de Dios con los otros.

Bien pronto se manifiestan los beneficios de la llegada de María y de la presencia del Señor en la casa de Zacarías e Isabel; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.  Se llenó Isabel del Espíritu Santo”.

San Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. Profeta del Altísimo, sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio; desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo. Juan fue lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La Visitación de María a Isabel se convirtió así en visita de Dios a su pueblo.

Isabel fue la primera en oír la voz, escuchó según las facultades de la naturaleza, sintió la proximidad de María, Isabel oyó la salutación de María, llena del Espíritu, ella proclama la gracia y empieza a profetizar por inspiración del Espíritu: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

Después del saludo del ángel, también nosotros hacemos nuestro el de Isabel. Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María. María es “bendita tú entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”.

Es una palabra de adoración, de agradecimiento, de gozo incesante, de profecía… ante el Señor escondido en La Virgen como en una custodia.

¡Ayúdanos, Señor, a creer, a sentir, a adorar y a testimoniar tu presencia en la Eucaristía!

Llamada en los Evangelios la Madre de Jesús, María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo. Aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios.

Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma. Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios.

Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”. Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús.

“En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”.

Juan fue el primero en experimentar la gracia, se alegró a causa del misterio del Señor; el hijo de hombre sintió la presencia del Hijo de Dios; ellos, viviendo interiormente la gracia, logran que sus madres se aprovechen de este don. 

Nos recuerda San Ambrosio: “Juan saltó de gozo y su madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre.

¡Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”.

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo y dando su asentimiento. Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.

Dichosos también nosotros, porque hemos oído y creído; pues todo creyente concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras.

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