La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del II Domingo del Tiempo Ordinario, 17 de Enero de 2016


San Juan 2,1-11 

Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.

Jesús también fue invitado con sus discípulos.

Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”.

Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía”.

Pero su madre dijo a los sirvientes: “Hagan todo lo que él les diga”.

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.

Jesús dijo a los sirvientes: “Llenen de agua estas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde.

“Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete”. Así lo hicieron.

El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo

y le dijo: “Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”.

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

COMENTARIO

por Monseñor Rafael Escudero
+ Obispo Prelado

“Había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda”.

La vida pública de Jesús comienza asistiendo a una fiesta de bodas. Porque el anuncio de la Buena Noticia sólo puede empezar con un estallido de alegría. Cristo no se presenta ante los hombres como un enemigo de la alegría y la sana fiesta humana. El es capaz de alejar del corazón humano el aburrimiento. Jesús llega a un mundo demasiado triste y aburrido y entra en él por la puerta de la alegría. El es la fuente de nuestra paz y alegría. En Caná Jesús pone de relieve la importancia de virtudes como la sencillez, la sinceridad ante la vida, el amor y la amistad con la gente pequeña, las cotidianas alegrías de la vida… En su predicación aparecerá varias veces la referencia a las bodas y a los banquetes como signo de la presencia del Reino de Dios.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: No les queda vino”.

El vino era una bebida fundamental en una fiesta de bodas. Para un judío una boda era un acontecimiento cargado de un profundo sentido religioso. El creyente veía en la promesa nupcial un signo de la Alianza que Dios-Esposo realiza con el Pueblo-Esposa.

María aparece en su función de madre de Jesús, de amiga o familiar de los novios, y como tal pide, intercede modesta y apremiantemente ante su Hijo, viendo la necesidad de estos jóvenes esposos.

Como nos enseña la Iglesia: “María es nuestra Madre en el orden de la gracia. Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” (L. G. 62)

¡Qué consolador es para nosotros saber que nuestra Madre del cielo está pendiente de nuestras necesidades¡ En nuestras dificultades, en nuestras luchas, como rezaba san Bernardo: “Mira a la Estrella, invoca a María”.

Jesús le contestó: Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”.

Jesús trata a María de “mujer”. María aparece como la mujer nueva, proclamada madre de la Iglesia en la cruz. Su maternidad es más grande que haber engendrado físicamente a Jesús. A María se le encarga la misión de ejercer su maternidad en un nivel más alto y total sobre el cuerpo  místico de Cristo, sobre la Iglesia entera.

“Su madre dijo a los sirvientes: hagan lo que él les diga”.

María nos pide que obedezcamos la palabra de su Hijo, sintoniza plenamente con la voz del Padre en el monte Tabor: “Este es mi Hijo amado, escúchenle”.

En este contexto es donde Jesús hace su primera presentación como Mesías. Estamos ante el comienzo de los signos de Jesús. Y este primer signo se produce en una boda.

En el evangelio de san Juan hay pasajes que tienen un significado superficial y otro más profundo, misterioso. Se narra un acontecimiento cotidiano con una hondura de verdadero acontecimiento teológico. En el Nuevo Testamento las bodas son el símbolo de la unión del Hijo de Dios y su Iglesia en esta vida y al final de los tiempos. Y en las bodas hay un banquete. Y en el banquete gran abundancia de vino nuevo y mejor: signo de la abundante bendición de Dios, anuncio de la gran renovación que Jesús trae, vino que sustituye al agua de las antiguas purificaciones rituales y que proclama un culto nuevo y definitivo, el culto de la Nueva y Eterna Alianza en la sangre de Cristo, vino que profetiza la sangre del Hijo de Dios derramada en la cruz y entregada en la Eucaristía. Este es el misterio. Y a estas bodas de Cristo con la Iglesia está llamada toda la humanidad.

“Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”.

Acaba el evangelio de este domingo con tres afirmaciones: Este es el primero de los milagros y encierra en su simbolismo la significación de todos los demás. Es como una epifanía, la manifestación de su gloria, que nos conduce al momento de su “hora” definitiva donde se va a manifestar la gloria del Hijo de Dios en la cruz, muerte y resurrección. Sus discípulos creyeron en él no como persona, sino como el Mesías anunciado y enviado por el Padre. Como el Dios-con-nosotros.

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