La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 4º del Tiempo Ordinario: 31 de enero de 2016


Evangelio según San Lucas 4,21-30

Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”.

Pero él les respondió: “Sin duda ustedes me citarán el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún”.

Después agregó: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio”.

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron

y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

***

COMENTARIO

por Monseñor Rafael Escudero
+ Obispo Prelado

“Entonces Jesús comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

He aquí de nuevo a Jesús en la sinagoga de Nazaret. El tema que desarrolla Jesús en su homilía es el cumplimiento en su persona de la profecía de Isaías 61, 1-2. Todos en la sinagoga están viendo y oyendo a Aquel de quien hablan las Escrituras. El Mesías anunciado está ya en medio de nosotros. Hay solución para la humanidad. En El está nuestra paz, vida y resurrección.

“Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es este el hijo de José?”.

Cuando empezó Jesús el comentario del texto sagrado, todos le miraban con ansia y atención. En el rostro de Cristo es en el que deben fijarse los ojos de la fe y del amor de todos nosotros. Y a partir de esta contemplación hemos de ver toda nuestra vida. Vivamos con los ojos puestos en Jesús, aprendámoslo de memoria, él es nuestro libro vivo y abierto y en él entendemos la ciencia de la vida.

Sus paisanos se asombran cuando lo oyen predicar, se maravillan que se exprese con tanta facilidad, de que hable con autoridad. Todos reconocen que habla como nadie ha hablado, con la misma majestad con la que realizaba prodigios. Pero esta aprobación inicial no duró mucho. Pronto nacieron las dudas, las sospechas, la envidia, la incredulidad, por la condición humilde que asumió el Hijo de Dios al hacerse legalmente el hijo de José.

Que nunca estimemos a las personas por su procedencia, por su familia, país, raza o condición social, sino por lo que demuestran por sus obras. Los dones de Dios no están ligados a la condición humana de carne y sangre. El Espíritu sopla donde quiere y en la forma que quiere.

“Pero él les respondió: Sin duda ustedes me citarán el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm”.

Vemos a Jesús cómo sufre la incomprensión por parte de sus parientes y amigos; el corazón de Jesús tiene que comprobar por experiencia propia la amargura de la desafección de los suyos, hasta tal punto que “después agregó: Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra”.

Verdaderamente Jesús es el profeta por excelencia, pero es más que un profeta, es la misma Palabra de Dios encarnada,  que al hacerse hombre viene a encontrarse con los hombres y enseñarles la verdad.

Nosotros por el bautismo somos constituidos profetas. Cristo ahora realiza su función profética por medio de nosotros. Él nos hace sus testigos y nos da el sentido de la fe y la gracia de la palabra.

“Enseñar a alguien para traerlo a la fe es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente”, decía Santo Tomás de Aquino.

Los cristianos cumplimos también nuestra misión profética evangelizando, con el anuncio de Cristo, comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra, en las condiciones generales de nuestro mundo, buscando ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, tanto a los no creyentes como a los fieles, prestando nuestra colaboración en la enseñanza catequética, en los medios de comunicación social… etc.

Ser profeta es hablar en nombre de Cristo, anunciando la verdad y denunciando sin miedo la gravedad del pecado que daña profundamente al hombre.

“Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio”.

Con estos dos ejemplos demuestra  la verdad de su primer aserto: “Médico, cúrate a ti mismo”, y que nadie tiene derecho especial a los dones de Dios por título de naturaleza. Elías, entre tantas viudas que había en Israel, sólo socorrió con un milagro a una extranjera. Y cuando en el pueblo escogido había tantos enfermos de lepra, a ninguno de ellos cura el profeta Eliseo, sino a un extranjero de Siria.

“Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo”.

Los nazarenos se sienten escandalizados, ofendidos y agraviados por Jesús al considerarlos menos dignos que a los paganos que recibieron la gracia de los milagros.

Dice Guardini: “El escándalo es la expresión violenta del resentimiento del hombre contra Dios, contra la misma esencia de Dios, contra su santidad, es la resistencia contra el ser mismo de Dios… Es el pecado en su forma más elemental que espera la ocasión de actuar… El escándalo se suele ocultar dirigiéndose contra un hombre de Dios: el profeta, el apóstol, el santo, el profundamente piadoso. Un hombre así es una provocación”.

“Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino”.

Ninguno de ellos se atrevió a prender a Jesús, su majestad los contuvo. El milagro que pedían los nazarenos en su incredulidad, lo hace el Señor para su confusión, burlando su ira ciega. Jesús, hombre como nosotros, conoce la suma miseria  a la que puede llegar el hombre; pero, Salvador del hombre, le da la mano hasta en los mismos momentos en que ha caído en la suma miseria de atentar contra el mismo que quiere salvarle.

Para quien la contempla rectamente la vida entera de Cristo fue una continua enseñanza: su silencio, sus milagros, sus gestos, su oración, su amor al hombre, su predilección por los pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz por la salvación del mundo, su resurrección, son la actuación de su palabra y el cumplimiento de la revelación.

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