La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo I de Cuaresma, 14 de Febrero de 2016


17febrero2013

San Lucas 4, 1-13.

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. 

El demonio le dijo entonces: “Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan”. 

Pero Jesús le respondió: “Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan”. 

Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: “Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá”. 

Pero Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”. 

Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. 

Pero Jesús le respondió: “Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. 

Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

COMENTARIO

Por  Monseñor Rafael Escudero

Obispo Prelado

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, fue llevado por el desierto”

En el evangelio de este domingo contemplamos a Jesús, lleno del Espíritu y llevado por Él al desierto, para prepararse a su ministerio público.

El Espíritu no está simplemente sobre Jesús, sino que lo llena, lo penetra, lo invade en su ser y en su obrar. El Espíritu es el principio de la consagración y de la misión del Mesías. Por la fuerza del Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a Dios, participa de la infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía. El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el Evangelio.

Este mismo Espíritu del Señor está también sobre todos y cada uno de nosotros, Pueblo de Dios, constituido como pueblo consagrado a Él en el bautismo y enviado por Él al mundo para anunciar el Evangelio que nos salva. Todos los miembros del Pueblo de Dios somos marcados por el Espíritu y llamados a la santidad. ¡Cuántas cosas haríamos si nos dejásemos guiar por el Espíritu santo!

El desierto es un lugar de gracia, de la presencia de Dios, lugar de transformación, de conversión; el desierto hace fuerte al hombre, lo hace sencillo, amable, bueno. El desierto es lugar de silencio y soledad, tan necesarios para la oración y el encuentro con Dios, para abrir los ojos y dejarse sorprender por Él. El desierto es también un lugar de purificación, de encuentro con uno mismo, de lucha contra las pasiones que quieren dominarnos; el silencio y la soledad del desierto nos fascinan y aterran, nos descubren nuestras infidelidades y flaquezas.

“Era tentado por el diablo”

Contemplamos a Cristo padeciendo la tentación. Combate terrible al que Jesús se somete a lo largo de su vida.  El problema no está en sentir la tentación, sino en que sucumbamos ante ella, que caigamos en la tentación de hacer las cosas de manera muy distinta a como Dios las quiere. Satanás no propone a Cristo elegir entre el bien y el mal, sino entre el bien, tal y como lo quiere Dios, y el bien, tal y como lo preferimos nosotros. El plan de Dios Padre era que su Hijo nos salvara por la humildad, el sacrificio de la cruz y la resurrección. El diablo quiere apartar a Jesús de ese plan.

Nosotros también podemos pensar: ¿Es que a Dios no se le puede ocurrir un camino para salvar al mundo que no pase por la muerte y el dolor?

El diablo tienta a Jesús y a nosotros por sugestión, fascinación, engaño.

“Si tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”.

Es una sugerencia aparentemente inofensiva, pues nada hay de malo en saciar el hambre, no es pecado. A veces nos puede parecer que por tratar de llevar, más o menos, una vida cristiana ya tenemos derecho a exigirle a Dios. Le podemos decir: “Si eres Dios Padre bueno asegúranos el pan y el sustento material. Nos gustaría tener un Dios siempre dispuesto hacer lo que le pidiéramos. ¡Qué bien creer en un Dios que nos solucionase todos los problemas: trabajo, bienestar, comodidad, salud, dinero… el paraíso en la tierra! Jesús nos recuerda que Él no es un repartidor de pan, que trae algo más importante y muy distinto: la Palabra de Dios, único alimento que puede saciar el corazón del hombre. Jesús trae la alegría, el entusiasmo, el encuentro con Dios. El Mesías viene a traer otra comida además del pan material, viene a alimentar otra vida que no se nutre con el pan material, sino con el amor de Dios.

El Señor combate la tentación con la Sagrada Escritura: “Está escrito: no sólo de pan vive el hombre”. Vivir de la palabra que sale de la boca de Dios, significa estar atentos a Dios, escuchar su Palabra, ponernos a su disposición y hacer su voluntad. Hemos de aprender a escuchar a Dios, no al demonio. No entremos nunca en diálogo con el demonio, pues nos vencerá.

“Te daré el poder y la gloria de todo eso… si tú te arrodillas delante de mí”.

Es la tentación de la fascinación de la felicidad, del éxito, del poder. Cuántas veces, decepcionados por no encontrar en Dios lo único necesario, hemos buscado otros pequeños diosecillos ante los cuales nos hemos rendido. Cuántas veces hemos creído que el poder, el dinero, la fuerza eran caminos apostólicos. Y cuántas veces hemos querido dominar a Dios, hacernos dioses. Y pensamos: Si yo tuviera el poder de Dios este mundo sería mejor, todo cambiaría. Cuántas veces los creyentes nos hemos arrodillado ante el demonio del poder, con la disculpa de difundir así mejor el Reino de Dios. Y sin embargo, Dios quiere que seamos libres y que le amemos de corazón, no a la fuerza, ni por riquezas, ni por comodidades, ni por miedo.

El demonio utiliza el engaño: “a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero”. Esto es mentira, porque no es suyo.

Jesús combate esta segunda tentación con la Sagrada Escritura: “Está escrito: al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto”.

No hay más que un absoluto, que es Dios. No hay más poder que el poder del amor, del fracaso aparente y el de la cruz. Jesús venció estas tentaciones porque prefiere hacer las cosas según el plan de Dios. Quiere cumplir siempre la voluntad del Padre. ¡Qué distintos son los caminos de Dios de nuestros caminos! !Qué distinto es Dios de ese dios que nosotros nos formamos a nuestra medida, según nuestros caprichos, siempre a nuestro servicio, incapaz de llenar nuestras vidas de alegría y disponibilidad¡

Satanás buscaba milagros. Y los encontró. Milagros tan importantes como preferir el servicio y el amor de Dios a la victoria fácil del poder. Milagros tan importantes como aceptar el camino, a veces oscuro y sangriento, de la humildad.

Cristo dijo SI a Dios. María dijo SI a Dios. Nosotros decimos SI a Dios cada vez que no nos dejamos arrastrar por las tentaciones. Cada vez que nos abrimos a Dios y nos dejamos guiar por EL. Cada vez que, arrepentidos, pedimos perdón por nuestros pecados.

“Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo…”.

El demonio, como hacen los sectarios, utiliza y manipula la Escritura para convencer, confundir y engañar a Cristo. Le ofrece al Señor llevar a cabo un ministerio triunfal, más eficaz humanamente, según los criterios del mundo

Cómo nos gustaría, a veces, que Dios fuera un prepotente, que derribara de un golpe a sus enemigos. Un Dios resplandeciente, que con su luz cegara a los que no quieren creer en É1 o van contra él, contra la Iglesia. Pero el plan de Dios es que tengamos fe, que creamos en EL sin verlo. Que creamos en ese Dios humilde, hecho carne por amor. El plan de Dios es que le veamos en los demás, en todos. No pidamos a Dios milagros inútiles.

Podemos pensar: ¿No sería mejor ser más condescendientes con los criterios del mundo? ¿No sería mejor suavizar la Palabra de Jesús, que es demasiado exigente? ¿No sería mejor quitar la cruz, que es un estorbo?

Preguntémonos: En mi vida cristiana ¿qué busco? ¿El triunfo o la santidad?

La meta de Jesús es demostrar a los hombres el amor de Dios por cada uno de nosotros en la propia situación que nos toca vivir. Para el creyente no hay otro camino que el lento caminar del amor. Jesús no acepta nunca realizar milagros como si esto fuera el centro de su labor. Él no ha venido para hacer milagros. Cuando le piden que haga un milagro para probar su poder no les concede ninguna señal. Les dice: “¿Por qué tentáis a Dios, camada de víboras?”

El Señor combate esta tercera tentación. “No tentarás al señor, tu Dios”.

También podemos caer en la tentación de creer en un Dios espectáculo, en un Dios mago a nuestro servicio.

Jesús se somete a la tentación para darnos auxilio contra las tentaciones, para advertencia nuestra, para darnos ejemplo y enseñarnos a vencer en la tentación, para movernos a confianza en su misericordia que nunca nos abandona.

Una respuesta a “Evangelio del Domingo I de Cuaresma, 14 de Febrero de 2016

  1. luisa garcia 5 \05\UTC marzo \05\UTC 2013 en 7:51 PM

    me parece chevere que tengan esta pagine tan exceletemente importante por que uno aprende primero que todo la lectura,sobre de que fue la eucaristia del evangelio

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