La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo III de Cuaresma, 28 de Febrero de 2016


3marzo2013

San Lucas 13, 1-9.

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.  

El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. 

Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’. Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'”.

COMENTARIO

Por  Monseñor Rafael Escudero

Obispo Prelado

El evangelio de este domingo es el evangelio de la verdadera interpretación de los acontecimientos humanos y de los desastres naturales, en definitiva de los signos de los tiempos.

“Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían… Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé”.

Algunos cuentan al Señor dos sucesos; uno la represión política llevada a cabo por Pilato contra la revuelta de los zelotes que pretendía derribar el poder romano; el otro es un accidente fortuito, se desplomó la torre de Siloé y mató a dieciocho personas. Le piden al Señor una interpretación fidedigna. Estos dos hechos trágicos sirvieron a Jesús para iluminar un problema teológico: el del castigo de Dios a los pecadores, ya en este mundo.

“Jesús les contestó: ¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?… ¿Piensan que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no;  y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.

Todo lo que acontece lleva un mensaje de Dios, que sólo podemos descifrar desde la visión de la fe. En cada acontecimiento el Señor nos llama a la conversión. Una enfermedad, un fracaso, un problema laboral, un éxito, una alegría, una ilusión, un proyecto, un accidente, la muerte de un ser querido, un desastre natural… Todo es señal del Padre celestial.

A veces, como en tiempos de Jesús, también nosotros somos bastante ligeros a la hora de leer los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, y pensamos que Dios castiga  a los pecadores, a través de enfermedades, fracasos o catástrofes naturales, sin caer en la cuenta que también nosotros somos pecadores. Jesús aclara que las desgracias –sean naturales o provocadas por los hombres– no vienen necesariamente como castigo automático por los pecados de quienes las padecen; pero sí nos avisan: todos somos pecadores, todos necesitamos convertirnos. Jesús da otra interpretación: las desgracias no son un castigo divino, sino una invitación a todos a la conversión del corazón, si no queremos perecer.

Estas advertencias de Jesús provienen de su amor y misericordia para con la humanidad. Advertirle a uno de un peligro es una forma principal de misericordia. Al llamarnos a la conversión, Cristo no sólo nos recuerda los bienes que nos va a traer la conversión, sino que nos abre los ojos ante los males que nos sobrevendrán si no nos convertimos. El amor apasionado que Jesús siente por nosotros le lleva a sacarnos de nuestro engaño.

“Y les dijo esta parábola: Un hombre tenía una higuera  y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: teres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala”.

Cristo, para ilustrar la urgencia de la conversión, nos recuerda en la parábola de la higuera estéril, con una fuerza sorprendente, algo sumamente importante: tenemos el peligro de no convertirnos. La paciencia divina es ilimitada; pero nuestro tiempo tiene límite: hay que aprovechar este “ahora” para dar el fruto que corresponda al arrepentimiento. Lo mismo que su amo a la higuera, Dios nos ha cuidado con cariño y con mimo a lo largo de toda nuestra vida; más aún, actualmente está derramando abundantemente su gracia, pero ésta puede estar cayendo en vano, puede estar siendo rechazada y ser estéril en nosotros.

San Gregorio Magno afirma: “Quien no presenta frutos de buenas obras, según su cargo y condición, usa un terreno en balde, como árbol estéril, ya que impide a otros hacer el bien en el mismo lugar que él ocupa… Ocupa el terreno en balde quien pone obstáculos a las almas ajenas. Ocupa el terreno en balde quien no se empeña en actuar según el cargo que tiene”.

“El viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”.

Aparece aquí la solicitud paciente y amorosa de Jesús, la intercesión de Cristo, el divino viñador, por nosotros ante el Padre. Como intercesor nuestro dirá hasta el final de los tiempos: “Espera un poco, un poco todavía que los cuidaré más”.

Y San Agustín comenta: “Todos los santos son como viñadores que interceden por los pecadores ante el Señor”.

La parábola sugiere también que este año puede ser el último de nuestra vida en la tierra. Puede no haber ya para nosotros más oportunidades de gracia. La conversión es urgente, de ahora mismo. Y retrasarla para otro año, para otra ocasión, es una manera de cerrarse a Cristo, de darle largas… ¡Hay tantas maneras de decir “no”!… Pero Jesús deja la puerta abierta a la esperanza y suplica al Padre sea concedido un año de gracia y perdón, confiando en que nuestra esterilidad se convierta en abundante cosecha de buenos frutos, añorados por Él desde hace mucho tiempo.

San Gregorio Magno se pregunta: ¿Qué significa cavar alrededor de la higuera sino increpar a las almas infructíferas? Y es que la increpación humilla el alma; por tanto, cuando le increpamos a alguien su pecado, actuamos como quien, por exigencia del cultivo, cava alrededor del árbol estéril”.

¿Soy una higuera estéril para Dios? ¿Encontrará Cristo frutos de conversión en nosotros?

2 Respuestas a “Evangelio del Domingo III de Cuaresma, 28 de Febrero de 2016

  1. Elizabeth Perez 2 \02\UTC marzo \02\UTC 2013 en 5:45 PM

    Gracias Monseñor Escudero,me ayuda mucho meditarlo y recibir sus comentarios. Elizabeth

    ________________________________

  2. corina 1 \01\UTC marzo \01\UTC 2013 en 7:38 PM

    monseñor…Rafael Escudero…….comenta…el evangelio….con una clarida…..con amor..y urgencia…a cerca de la conversion..de cada uno de nosotros…y tenemos que orar..orar….mucho por esos hermanos..duros de corazon…como…el..viñador…..que pide..dejen la higuera…..un poco mas…….monseñor…..que ..Dios lo bendiga………gracias.por sus palabras…que me invitan..uy me llaman..a la conversion sincera….responsable……hacerla vida…..le pido a Jesus y nuestra Madre..Maria….por todos aquellos que se resisten..a recibir…y rechazan..la palabra del señor…….que el señor trabaje esos corazones….que los llene de gracia…para que se puedan convertir……….ayudanos Señor..a seguir nuestro camino…de santidad…..

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