La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo de Resurrección,27 de Marzo de 2016


31marzo2013

Jn 20,1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano”. María Magdalena es una de las mujeres discípulas de Jesús, ha seguido a Jesús, le ama; está ahora en un estado de desolación, ha perdido la fe en Cristo vivo, para ella Jesús es un cadáver  que hay que dejar bien embalsamado para protegerlo de la agresividad del paso del tiempo y de la descomposición. Magdalena actúa sin pensar, llevada por un amor puro, audaz y apasionado al Señor, “vio la piedra quitada del sepulcro” e interpreta que han profanado el cuerpo muerto del Señor y “echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús”; y ésta es la noticia que lleva  a los Apóstoles, que no es la verdad. Ella va en busca de luz, de consejo, de orientación. En nuestras dudas, sobre todo en lo que se refiere a las cosas de Dios y de la fe, acudamos con confianza a los legítimos pastores de Cristo, verdaderos guías y custodios autorizados de la Revelación.

San Pedro Julián Eymard decía: “Nuestro Señor quiere suscitar en nosotros un amor apasionado por Él. Toda virtud o pensamiento que no se vuelva finalmente una pasión, jamás producirá algo grande. Entreguen sus vidas, consagren sus pensamientos y trabajos al Señor. Sin eso nada alcanzarán, serán apenas un empleado que trabaja por un sueldo, ¡pero jamás un héroe!”

Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro”. Pedro y Juan resolvieron ponerse en movimiento para certificar lo que oyeron. Pedro es el más afligido de los Apóstoles por su triple negación con perjurio cuando estaba junto a Jesús la noche del prendimiento. Se siente responsable de los dolores del Maestro, se siente culpable, y desea ardientemente encontrarse con el Señor para pedirle perdón, pero él tampoco está firme en la fe en la Resurrección. Los dos Apóstoles “corrían juntos”, llevados por la curiosidad y por miedo a los judíos, ya que su situación era muy insegura, pues no sabían los planes que tenían sobre los seguidores del nazareno. “El otro discípulo corría más que Pedroporque era más joven y ágil–,se adelantó y llegó primero al sepulcro; Juan, simboliza a la iglesia contemplativa, carismática, representa la fuerza de la caridad, corre impulsado por el amor fiel y perseverante a Cristo. Pedro, simboliza a la iglesia jerárquica, representa la autoridad y la fuerza del gobierno, su corazón sangra todavía por el dolor de las negaciones, corre movido por el perdón que puede alcanzar del Señor, impulsado por un amor penitente y reparador. Juan “asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró” por respeto a Pedro, el pastor de la Iglesia. En los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentran los discípulos y Apóstoles de Cristo es el sepulcro vacío que es para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían envuelto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. Todo ello indicaba el hecho de la Resurrección: si el cuerpo de Jesús hubiese sido hurtado, quien lo hubiera hecho no se habría entretenido en desnudar el cadáver y doblar cuidadosamente las vendas y el sudario, teniendo en cuenta que estaban pegadas a la carne por los hungûentos con que habían embalsamado el cuerpo. Las señales que ve Pedro no son de robo, no hay ninguna violencia en la disposición de las vendas y el sudario; para uno que tuviera fe en la Resurrección al ver esto diría que Cristo ha resucitado. Pedro todavía no cree, duda de la Resurrección del Señor, por no haber penetrado en el sentido de las antiguas profecías y en los anuncios de Jesús sobre este acontecimiento. Entremos también nosotros, íntimamente unidos a Pedro, cabeza visible de la Iglesia y pastor supremo del rebaño de Jesús, en el sepulcro del Señor, es decir, en los secretos de los misterios de nuestra fe y de nuestra vida sobrenatural, sólo así no equivocaremos el camino, ni seremos excluidos del reino de Jesucristo.

Entonces entró también el otro discípulo; vio y creyó”. Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro y de otros que resucitaron a esta vida. Juan cree en la Resurrección del Señor, por la fe y por el amor que Cristo le tiene, es el discípulo amado, y por el amor que él tiene a Cristo. Es el gran teólogo que ha bebido en el pecho de Cristo y en sus íntimas y profundas conversaciones las insondables riquezas de su Corazón. Es un alma contemplativa, y por su mayor docilidad y unión con Cristo puede recibir mayor entendimiento en las cosas de Dios e inclinarse más fácilmente hacia el sentido de la fe. Esta será siempre una gloria para el Apóstol: haber sido el primero en comprender y creer en la Resurrección de Cristo. El amor le dio ojos para ver las pobres señales y creer. No podemos entender a Jesús o ayudar a otros a que lo conozcan y comprendan, si no amamos al Señor con todo el corazón, con toda el alma, sobre todas las cosas. Recordemos que no basta el esfuerzo personal para creer; la fe es un don de Dios, que sólo se comunica  a los dóciles de pensamiento y sencillos de corazón.

Hastaentonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. La fe en la Resurrección está vinculada a entender la Escritura. Cierto que Jesús había anunciado su Resurrección repetidas veces, hasta el punto de que sus mismos enemigos así lo entendían. Los Apóstoles lo entenderán todo cuando reciban el Espíritu Santo. La Sagrada Escritura es como una carta amorosa de Dios dirigida todos los hombres de todas las épocas y culturas. Pero nadie debe interpretarla por sí solo. Todos necesitamos ser conducidos por la Iglesia, que es el intérprete auténtico y autorizado de las divinas Escrituras, para esa misión, que le ha confiado el mismo Cristo, tiene la luz y la asistencia del Espíritu Santo.

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