La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del Domingo 7º de Pascua, La Ascension del Señor, 8 de mayo de 2016


Lucas 24,46-53

Jesús dijo a sus discípulos: «Así esta escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto.

Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo.

Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.

Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo prelado de Moyobamba

La celebración del misterio de la Ascensión del Señor es la fiesta de la Esperanza. La Esperanza teologal, la que está fundada en las promesas de Dios, es el estado de nuestra alma en el que nos parece posible lo que deseamos. Nosotros esperamos disfrutar lo mismo que ya vive Jesús en el cielo, a la gloria a la que ha llegado nuestro Salvador podemos llegar también nosotros. El cristiano es persona de Esperanza, sin Esperanza la vida no vale la pena vivirla.

Jesús prueba su mesianidad por el hecho de que se han realizado en él las profecías relativas a la pasión y resurrección: “Jesús dijo a sus discípulos: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día”, así era menester, porque así Dios lo tenía decretado.

Había dicho el Señor que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que del Mesías estaban escritas en la Ley, en los Profetas y en los Salmos; lo que antes no habían podido entender los Apóstoles, por sus falsas ideas sobre Cristo, ahora, realizado ya, y por indicación de Jesús y ayudados de su gracia, van a entenderlo.

Así está escrito también para cada uno de nosotros. Que tenemos que padecer, pero que un día resucitaremos también, y esa resurrección puede ser para vida eterna, si mantenemos la fe y el amor en el Señor. Seguiremos los pasos de Jesús en el dolor, pero también en la glorificación. Dios no nos creó a sus hijos para el sufrimiento, sino para que a través del sufrimiento adquiramos el premio eterno de la gloria. El dolor de esta vida pasa, la gloria del cielo es eterna. Cristo señaló el camino que hemos de seguir todos sus amigos: “Por la Cruz a la Luz”.

Afirma asimismo Jesús que, según los antiguos oráculos, la redención mesiánica no debía reducirse al pueblo de Israel, sino que debía extenderse a todo el mundo; redención que debía significarse principalmente por la penitencia y consiguiente remisión de los pecados, en la fuerza del nombre de Cristo que con su pasión mereció la santificación de los pueblos: “Y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos”: debiendo, según los mismos vaticinios, empezar la irradiación de tantos bienes “comenzando por Jerusalén”, de donde deben derivar al mundo las aguas vivas de la redención.

Los Apóstoles deberán ser los heraldos de esta redención obrada por Cristo, verdadero Mesías; podrán anunciarla a todo el mundo, porque son testigos de la pasión y resurrección, de la institución del reino mesiánico, del cumplimiento de las profecías: “Ustedes son testigos de todo esto”. A su calidad de testigos, que será garantía de la verdad de su predicación, añadirá Jesús, para que puedan cumplir plenamente su misión, el Espíritu Santo que les tiene prometido, y que también estaba prometido en los antiguos oráculos: “Yo les enviaré lo que mi Padre ha prometido”. Antes de salir a predicar el Evangelio, deberán permanecer en la ciudad, hasta el día en que la venida del Espíritu Santo les iluminará y confortará para predicar con valentía el Reino de Cristo: “permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.

Los Apóstoles fueron testigos de las predicciones de Jesús y de su realización; fueron testigos de la interpretación que de los antiguos oráculos hizo Jesús, aplicándoselos a sí mismo; testigos que predicaron la verdad que habían recibido y que la vieron nuevamente confirmada por los milagros que en su favor obraba Dios. En verdad que no puede haber prueba mayor de la divinidad de Jesús y de la verdad de su doctrina que el testimonio de los Apóstoles; testimonio, que para colmo de su valor, fueron rubricados con la sangre derramada en el martirio, los Apóstoles murieron por la verdad que predicaban. ¡Con qué fe debiéramos nosotros pronunciar aquellas palabras: «Creo en la Iglesia… apostólica… »! Fundada por la autoridad y sobre el testimonio de los Apóstoles.

“Después los llevó hacia Betania” y habiéndoles dado sus últimas enseñanzas, allí, como un padre que se despide definitivamente de sus hijos, y que al hacerlo implora sobre ellos las bendiciones del cielo, levantó Jesús sus manos en actitud de bendición y de plegaria: “y, elevando sus manos, los bendijo”.

Y bendecía con ellos a todos los que por su predicación debían creer en El, como antes había orado por todos. Y bendecía toda la tierra, en la que tanto había padecido, pero en la que había cumplido la voluntad del Padre y había logrado el espléndido triunfo del que va ahora a recibir el riquísimo premio. ¡Momento solemne el de esta bendición del Señor! Cuando ante nuestros altares, donde está expuesta la Hostia Santa en nuestras iglesias, estamos postrados ante Jesús sacramentado, pidámosle que renueve, cada año, cada día, esta su bendición, que es la única que puede hacer de la tierra un paraíso y un lugar de preparación para el paraíso definitivo de la gloria.

Mientras estaba en esta actitud paternal, conmovedora, se separó de ellos, en sentido vertical, de ascensión a lo alto, partió de la tierra, remontándose al cielo: “Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo”. Jesucristo está en el cielo junto a Dios, con igualdad de naturaleza y poder según su divinidad, y gozando de la máxima preeminencia y felicidad como hombre, Rey inmortal de los siglos que desde allí gobierna la Iglesia que fundó.

Mira cómo el Señor quiere que se realicen ante los mismos ojos humanos las cosas, hasta inverosímiles, que había predicho. Predijo la resurrección de los cuerpos; y él mismo resucita. Predijo que seríamos llevados por los aires; y lo verifica él mismo con su ascensión. ¿Y esas cosas tienen que ver algo con nosotros, con nuestras vidas? Mucho, porque haremos lo que él hizo, porque nuestro cuerpo es de la misma naturaleza que el suyo. Nuestro cuerpo será tan ágil, que, como el suyo, podrá rasgar los aires: porque podrá el cuerpo, que somos nosotros, lo que la cabeza, que es Cristo.

Dos sentimientos embargaron en estos momentos el corazón de los discípulos: el de la reverencia ante el poder y la majestad del Maestro, que en forma tan estupenda manifestaba su divinidad; y el de gozo, por el triunfo de Jesús, que no sólo ha vencido la muerte, sino que sube por su propia virtud al cielo, lo que es prueba del cumplimiento de las magníficas promesas que en varias ocasiones les ha hecho: va a prepararles el lugar: “Ellos se postraron ante él”. Es la única vez que se lee en el Evangelio que los Apóstoles adoraran a Jesús.

“Y volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Los Apóstoles tenían motivo de estar plenos de gozo. Porque Jesús les había constituido heraldos y testigos de su verdad; les había prometido el Espíritu Santo; había subido en su presencia al cielo. Con gozo hemos de vivir nosotros, cada uno dentro de nuestra vocación y manera de ser: pertenecemos al Reino de Cristo; nos anima la misma esperanza de seguir a Cristo en su ascensión a los cielos. Ante toda esta gracia nuestro pobre ser no debería sentirse agitado y agobiado ante las dificultades de este mundo. Al cielo vamos, y en el cielo tenemos ya a nuestra cabeza, que es Cristo.

Allí, en el Templo de Jerusalén, lugar ordinario de oración, consagraron aquellos días de espera a alabar y bendecir a Dios, disponiendo sus almas para el gran advenimiento del divino Espíritu en Pentecostés: “y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”. Preparemos también nosotros nuestros corazones con la oración, en comunión con toda la Iglesia, para celebrar con inmensa alegría la Pascua de Pentecostés.

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