La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 3 de julio de 2016, 14º del Tiempo Ordinario


Lucas 10,1-12.17-20.

Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’. Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca’. Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. El les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero,
Obispo Prelado

“Después de esto, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir”.

El Señor dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza; ellos son los cimientos de la Iglesia. Los Doce y los otros discípulos participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte. Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia. Desde el principio lanza a sus discípulos a predicar ellos solos. Ellos deben hacer exactamente lo mismo que Él hace.

 “Y les dijo: ‘La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha’”.

La visión de Jesús es muy amplia. El campo misionero se extiende hasta los extremos de la tierra. El Señor no ha querido realizarlo todo ni realizarlo solo. Por eso, consciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitará a pedir al dueño de la mies que envíe más manos, más corazones, que vayan preparando la creciente llegada de ese Reino. Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino, porque la vocación apostólica es una gracia, un don de Dios.

“¡Vayan!”

Las consignas del Señor versan sobre el comportamiento de los predicadores de la palabra de Dios, sus actitudes. Porque el reino de Dios se anuncia ante todo por el modo de vivir de los misioneros. El Señor envía a sus discípulos a los caminos del mundo, a las casas de los hombres hermanos, para hacerles llegar el gran mensaje, el gran acontecimiento: el Reino de Dios ha llegado, ya se aproxima, está muy cerca. Y con él, se terminan todas nuestras pesadillas para dar comienzo ese sueño hermoso que Dios nos confió como tarea, y que como ansia infinita puso latente en el pálpito de nuestro herido e inquieto corazón.

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”.

La primera recomendación es la no violencia. Los misioneros han de ser hombres indefensos. Es sorprendente el estilo pedagógico de Jesús, forma a los suyos para afrontar el riesgo. Tendrán que luchar, que sufrir, serán perseguidos, morirán violentamente. Insiste en que la cruz y el fracaso son necesarios para el triunfo final.  

“No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino”.

La segunda recomendación es la pobreza. Los enviados no han de poner su confianza en los medios humanos ni han de dar excesiva importancia a los valores de este mundo, ni han de entretenerse con inutilidades, ya que es urgente el anuncio del reino de Dios.

“Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!’. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario”.

El tercer consejo es la comunicación de la paz y la alegría. La paz es el conjunto de bienes temporales y espirituales que este saludo desea. Los destinatarios del anuncio deben contribuir al sostenimiento de los misioneros. El pueblo cristiano debe contribuir al sostenimiento de los ministros de la Iglesia.

 “No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos”.

El cuarto consejo es hacer el bien, apartar el mal, aliviar. Siguiendo al Señor los discípulos  adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Jesús los asocia a su vida pobre y humilde. Les hace participar de su ministerio de compasión y de curación. La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor de curar a los enfermos e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos.

 “Y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’”.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel.  Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo. Acoger la palabra de Jesús es acoger “el Reino”. El germen y el comienzo del Reino son el pequeño rebaño  de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que Él mismo es el pastor. La venida de Jesús es la llegada del Reino de Dios, el comienzo de la posibilidad para los hombres, de ser verdadera y apasionadamente humanos, el inicio de esa otra historia en la que coinciden los caminos de Dios y los del hombre.

Como a aquellos discípulos también a nosotros nos envía para anunciar el mismo Reino de Dios, de modo que aquello que sucedió entonces siga sucediendo. No anunciamos una paz de supermercado, una paz que se negocia y pacta como herramienta política, sino una paz que es una Vida, y un Nombre, y un Rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Porque no anunciamos una paz nuestra ni la que el mundo nos puede dar, sino la que Dios nos regala y nos confía, la paz que nace de la verdad, de la justicia, de la libertad, del amor. Portadores de la paz del Reino de Dios, es lo que el Señor ha querido confiarnos como una herencia inmensa y una tarea llena de desafío e ilusión.

Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ‘¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca’. Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad’”.

Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría de haber participado en la gran tarea,  en sus sufrimientos y en su triunfo sobre Satanás.

“Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: ‘Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre’. El les dijo: ‘Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo’”.

Jesús cree rotundamente en la existencia y en el poder de Satanás. Se enfrenta a él como a su verdadero enemigo. Jesús sabe mejor que nadie de la peligrosidad de la obra de Satanás, sabe también que será vencido, pero hasta entonces anda tentando a los hijos de Dios. Jesús estalla de gozo al ver que el Padre ha puesto en las manos de los pequeños su palabra y que estos ya saben repartir la buena nueva.

“Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos”.

Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó, de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia.

“No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”.

Jesús aporta un matiz a la alegría de sus discípulos: no son los medios lo que cuenta, sino el fin, la participación en el Reino de Dios. Lo que importa es que seamos no sólo llamados, sino elegidos y salvados.

 

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