La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 31 de julio de 2016, 18º del Tiempo Ordinario


Lucas 12, 13-21

Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.

Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”. Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’. Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’.

Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

COMENTARIO

por monseñor Rafael Escudero

Obispo Prelado de Moyobamba

Jesús denuncia un gravísimo peligro que llevamos dentro de nosotros: la avaricia, origen de injusticias, odios, intrigas, pleitos, discordias y escándalos. Ante las riquezas, aún las legítimas, podemos olvidarnos fácilmente que fuimos creados para la eternidad.

“Uno de la multitud le dijo: ‘Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia’”.

Contemplamos al Señor atendiendo, en medio de sus ocupaciones, a las personas que se acercaban a Él, dispuesto a escuchar y responder.

Entre los judíos, el primogénito tenía doble parte que cada uno de los hermanos en la herencia del padre y de la madre, él era el que debía liquidar los bienes y dar su parte a los demás hermanos; cuando surgían problemas los rabinos eran los que hacían justicia; como este hombre juzga a Jesús como rabino y reconoce su autoridad, a él acude para que le haga justicia.

¡Cuántas veces se repite entre nosotros esta historia!

“Jesús le respondió: ‘Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?’”.

Jesús no parece mostrar un excesivo interés por las leyes económicas que rigen el mundo. Se pide al Señor asumir una tarea temporal. Se niega a intervenir cuando le piden que medie en un asunto de herencia. Es una tentación constante pedir al evangelio una especie de garantía, una sacralización de los asuntos temporales. La respuesta de Jesús es clara: no ha recibido ningún mandato, ni de Dios, ni de los hombres para tratar de esos asuntos.

Comenta San Agustín: “Le negó lo que pedía, pero es más lo que le dio que lo que le negó. Él pidió que juzgase sobre la posesión de la herencia, y Jesús le dio un consejo sobre el despojo de la codicia”.

“Después les dijo: ‘Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas’”.

La amonestación es grave; y lo es en un punto fundamental de la vida cristiana, que no concuerda con la avaricia, que es un deseo desmedido de poseer, raíz del mal en nosotros, virus contra la caridad y polilla de la santidad. El Señor no renuncia a decir algo sobre asuntos temporales. De Jesús lo que se puede esperar es un principio esencial y es que el dinero no es un absoluto y que la avaricia, del que retiene y del que pide, es algo  que no sirve para la vida verdadera. A Jesús, de este litigio entre hermanos, sólo parece importarle la relación que ese problema puede tener con la salvación del alma.

“Les dijo entonces una parábola: ‘Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’”. 

El afán de dinero o riquezas es tremendamente seductor, y en las jaulas de sus señuelos han ido cayendo los hombres de todos los tiempos. Jesús quiere, más allá de la disputa puntual que aquel suceso le planteó, desenmascarar el torpe chantaje que siempre supone el dios dinero, el ídolo del tener, la falsa seguridad de acumular. Ni el rico insensato está exento de cuidados, ni es la longitud de la vida proporcional a las riquezas que se poseen.

“Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes…’”.

El rico de la parábola quiere guardar el producto de su cosecha exclusivamente para sí, para su satisfacción, ni siquiera se acuerda de hacer algún bien a los demás. Dios desapareció de sus planes.

Jesucristo nos pone en guardia ante el egoísmo, ante el deseo de permanecer en esta tierra por toda la eternidad, ante la propaganda fácil de una felicidad falsa; denuncia que poco a poco vayamos creyéndonos todos que el problema de nuestra felicidad depende de lo que tenemos y acumulamos.

El consejo de la parábola de este Evangelio: “diré a mi alma: ‘Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’”, lo vemos corregido y aumentado, hoy igual que hace veinte siglos, por las consignas hedonistas, a las que nos empujan los adoradores de los nuevos becerros de oro: compre, consuma, cambie, aspire, goce, disfrute…

Y cuando vamos logrando el objetivo propuesto de adquirir o disfrutar de lo que se nos prometía, seguimos experimentando la tristeza y el hastío; y cuando constatamos que nos falta demasiado para vivir felizmente; y cuando caemos en la trampa del consumo, del dinero y del placer inhumano, lo que mayormente conseguimos es agobio, vanidad, enfrentamiento, ansiedad, injusticias, deshumanización… etc. Porque hemos construido graneros para esta tierra y no para la eternidad. Entonces miremos a Jesús y creamos que la única riqueza que no mancha, ni corrompe, ni ofende, ni destruye, es esa de la cual hablaba Él: “no amasar riquezas para sí, sino ser rico ante Dios”.

“Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’”.

El consejo de Dios frustra lo que creyó prudencia este hombre; por la voz de la conciencia el Señor habla a este rico y le hace ver que sus cálculos no son los que mandan, sino Dios, quien es dueño de la vida, que le ha sido prestada, y que de todo lo que ha acumulado nada será para él y otro gozará de sus bienes.

Jesús anuncia y previene contra el peligro y riesgo de las riquezas. Para Jesús la riqueza no es un mal en sí misma, pero le falta muy poco. Prácticamente no se puede amar a Dios y a la riqueza; la riqueza casi inevitablemente ahoga la palabra de Dios; es uno de los grandes enemigos del anuncio del Reino.

A la luz de este Evangelio, comprendemos que efectivamente Jesús no es rival de lo bueno, ni de lo bello, ni de lo gozoso, pero sí es implacable contra todo intento deshumanizador que pretende comprar y vender la felicidad y la dicha, bajo una bondad, una belleza y una alegría que son falsas.

Para Jesús es “insensato” el hombre que olvida o descuida que el horizonte de la vida humana no se acaba aquí abajo y vive buscando ganancias, imaginando que ellas saciarán su alma, y corre al vacío.

¡No seamos necios! ¿Quién puede asegurar el día y la hora de su propia muerte? ¿Quién puede garantizar que su vida durará hasta el fin de la noche de hoy? ¿Quién puede afirmar que continuará existiendo mañana?

“Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

La cuestión no es tener o no tener, sino ser rico delante de Dios. El uso que hacemos de las riquezas lo cambia todo: El que atesora riquezas para sí, no es rico según Dios lo quiere, ya está condenado; quien las usa para Dios, en los pobres, hambrientos y enfermos, es un sabio.

2 Respuestas a “Evangelio del domingo 31 de julio de 2016, 18º del Tiempo Ordinario

  1. Justo abel 3 \03\UTC agosto \03\UTC 2013 en 9:50 PM

    Excelente reflexión. Me gusta y me ayuda a entender otras formas de reflexionar en evangelio.

  2. Efrain Gonzalez Vazquez 3 \03\UTC agosto \03\UTC 2013 en 8:38 PM

    muy bueno el comentario gracias me ayudara para la reflexion de mañana su amigo en Cristo y san Francisco de asis fr. Efrain gonzalez vazquez ofm

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