La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

La salvación está sólo en Cristo


A los dieciséis años de la Declaración Dominus Iesus

El 6 de agosto de 2000, durante el gran Jubileo, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la Declaración sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia: Dominus Iesus.

Escribe sobre este documento, publicado en Alfa y Omega, uno de los más importantes desde el Concilio, el teólogo don José Rico Pavés, Secretario Técnico de la Comisión episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española.

***

El documento Dominus Iesus está firmado por el cardenal Ratzinger y el arzobispo Bertone, Prefecto y Secretario de la Congregación en aquel momento. Posee, además, la aprobación y confirmación certa scientia et apostolica sua auctoritate de Juan Pablo II, concedidas el 16 de junio de aquel año. La Declaración se hizo pública el día de la Transfiguración del Señor.

La Declaración Dominus Iesus es uno de los documentos más importantes emanados de la Congregación para la Doctrina de la Fe después del Concilio Vaticano II. El tema tratado no es nuevo, pues pertenece al núcleo mismo de la predicación apostólica: Jesucristo es el único Salvador de todos los hombres; su presencia y su obra de salvación continúan en la Iglesia y a través de ella. En un mundo globalizado, caracterizado en lo religioso por un pluralismo de hecho, no pocos se preguntan si la Iglesia debe seguir manteniendo el mismo discurso de los orígenes: «En ningún otro está la salvación; pues no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados» (Hch 4, 12). La Declaración recuerda la perenne actualidad de esta proclamación.    

En la presentación de la Declaración, el cardenal Prefecto de la Congregación, hoy Benedicto XVI, resumió el fin de la Dominus Iesus: «Al reafirmar la verdad que la fe de la Iglesia siempre ha creído y mantenido respecto a estos temas…, la Declaración… cumple un doble objetivo: por una parte, se presenta como un ulterior y renovado testimonio autorizado para mostrar al mundo el esplendor del glorioso evangelio de Cristo, y, por otra, indica como vinculante para todos los fieles la base doctrinal irrenunciable que debe guiar, inspirar y orientar tanto la reflexión teológica como la acción pastoral y misionera de todas las comunidades católicas dispersas por el mundo».

Es motivo de gran alegría comprobar cómo el doble objetivo señalado por el cardenal Ratzinger se ha ido alcanzando con la pacífica tranquilidad de la caridad que se goza con la verdad.

Antídoto frente al relativismo

No es que hayan desaparecido los errores sobre la mediación única y universal de Cristo y de la Iglesia. Desgraciadamente, la dictadura del relativismo sigue dañando la conciencia de muchos cristianos, que consideran arrogante presentar a Jesucristo como el único Salvador. Ano pocos les parece que sería más acorde con la mentalidad contemporánea reconocer que la salvación se encuentra también fuera de la mediación de Cristo y de la Iglesia. Debilitados en su identidad cristiana, hay quienes cuestionan la necesidad del anuncio evangélico, confunden el diálogo interreligioso con el ecuménico, o ignoran cómo deban armonizarse ambos con la irrenunciable tarea misionera de la Iglesia.

En las semanas siguientes a la publicación de la Declaración, el 1 de octubre, Juan Pablo II salió al paso de estas objeciones. La Declaración –explicó– debe ser recibida como un «documento de naturaleza magisterial universal», que participa del magisterio ordinario del Sumo Pontífice. Hasta tal punto esto es así, que Juan Pablo II lo considera suyo en sentido propio: «En la cumbre del Año Jubilar, con la declaración Dominus Iesus –Jesús es el Señor–, que aprobé de forma especial, quise invitar a todos los cristianos a renovar su adhesión a Él con la alegría de la fe, testimoniando unánimemente que Él es, también hoy y mañana, el Camino, la Verdad y la Vida».

En segundo lugar, el Papa recordaba que la proclamación de Jesucristo como Señor de todos, «no es arrogancia que desprecie las demás religiones, sino reconocimiento gozoso porque Cristo se nos ha manifestado sin ningún mérito de nuestra parte ». En Jesús de Nazaret no vemos al hombre buscador de Dios, sino a Dios hecho hombre que ha venido a la búsqueda del hombre. El cristianismo no se presenta en medio del mundo como una expresión más del esfuerzo del ser humano por llegar hasta Dios, sino como el anuncio gozoso de que ha sido Dios quien ha venido al encuentro del hombre. Por eso –recordaba Juan Pablo II-, «la Declaración Dominus Iesus, siguiendo las huellas del Vaticano II, muestra que con ello no se niega la salvación a los no cristianos, sino que se señala que su fuente última es Cristo, en quien están unidos Dios y el hombre».

Por último, el Santo Padre, refiriéndose a la parte final de la Declaración dedicada a la unicidad y unidad de la Iglesia, recordaba el anhelo ecuménico que la inspira. Anhelo que, en la senda del Concilio, reconoce los elementos de salvación presentes en las verdaderas Iglesias particulares y comunidades eclesiales, al tiempo que afirma la permanencia de la única Iglesia de Cristo en la Iglesia católica.

P. José Rico Pavés

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