La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Internet y la evangelización


por José-Fernando Rey Ballesteros
Espiritualidad Digital

1.- El espíritu apostólico

Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación” (Mc 16, 15).

Estas palabras de Jesús Resucitado señalan directamente al fuego que debe arder en el corazón del apóstol. Quien se ha sentido abrasado por el Amor de Dios no puede, no sabe contener dentro de sí la Hoguera del Espíritu, y necesita prender en sus semejantes la misma llama con que arde su alma. El apóstol no descansa tranquilo mientras quede en el mundo una sola persona que no conozca a Jesucristo.

El apostolado -¡Tantas veces lo he escrito!- no es virtud, sino necesidad. No es el fruto de un esfuerzo de vencimiento por el que uno se sobreponga a la timidez, a la pereza y a los respetos humanos, sino el efecto de una necesidad urgente del espíritu enamorado de Cristo: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor 9, 16).

El apóstol es, por ello, un pirómano: quiere ver a todos los corazones abrasados en el Amor de Dios, quiere que Cristo sea honrado y adorado en todas las almas y en todas las mentes. Y, por lograrlo, está dispuesto a entregar su vida entera con cada uno de sus minutos y cada una de sus respiraciones, hasta el último aliento. Su corazón, como el de Cristo, está abierto: no se conforma con ver a Dios amado en su familia, ni en su barrio, ni en su pueblo, ni en su país. Quiere que el nombre de Cristo sea pronunciado y honrado en el mundo entero, hasta que nadie quede sobre la faz de la Tierra que no ame locamente a Jesús.

2.- Internet y el apostolado cristiano

La irrupción, en el mundo moderno, de la Red de redes, supone, para el apóstol, la gran oportunidad para dar cauce a su celo. Como una casi infinita mecha que, tras recorrer el Planeta entero, ofreciese su cabo a una hoguera, las posibilidades que ofrece Internet al apostolado jamás habían sido soñadas en la Iglesia. La frase del salmo 18: “A toda la Tierra alcanza su pregón” puede ahora hacerse realidad sin necesidad de moverse del despacho…

¿No suena “demasiado” bien? ¿No parece “demasiado” fácil? Teniendo en cuenta que, a lo largo de los siglos, la Palabra de Dios ha sido difundida con sangre, ¿no puede suponer, también, Internet un atajo demasiado burgués, muy al gusto de nuestros tiempos? ¿Vamos a creer, de verdad, que lo que los primeros cristianos hicieron sufriendo mil penalidades y lo que los mártires lograron entregando su vida a los tormentos podemos hacerlo nosotros, simplemente, sentados frente a un ordenador en el despacho de casa, con una taza de café junto al monitor?

Obviamente, no es así. Nunca ha habido atajos en un apostolado que comenzó con la Crucifixión de nuestro Redentor sobre el Monte Calvario. Aunque la difusión de la palabra, hoy día, pueda llevarse a cabo a velocidades vertiginosas, de nada servirá, tampoco hoy, si no va acompañada de la entrega real de la vida. ¿Importa, por tanto, cuando el internauta se sienta frente al monitor y recibe un mensaje, la santidad de vida de quien lo ha escrito desde un lugar remoto y desconocido para quien lee? Desde luego, importa muchísimo, cuando se trata de contagiar el Amor a Jesucristo.

Internet ofrece al apóstol un medio de valor incalculable: la posibilidad de llevar su palabra y de transmitir la Palabra de Dios a los confines de la tierra mediante un coste mínimo. Pero no olvidemos que la sola palabra nada puede cuando nos acercamos al misterio de la conversión personal. Jesús de Nazareth pasó tres años de su vida hablando, hora tras hora, sin obtener más frutos que una inmensa multitud de seguidores capaces de dejarlo solo cuando más los necesitaba, y capaces, también, de gritar “¡Crucifícalo!” días después de gritar “¡Hosanna!”. Su palabra y sus milagros, por sí solos, cautivaron más que convencieron, y el efecto, desde luego, tuvo fecha de caducidad. Leyendo el Evangelio queda claro que sus discursos no fueron comprendidos. Sin embargo, desde la Cruz, entregando su Vida, redimió al Mundo entero y obtuvo el Espíritu Santo que iluminase las mentes para comprender su Palabra y fortaleciese las almas para cumplirla. No piense nadie que va a lograr ser verdadero apóstol por otro camino. No es Internet una autopista de circunvalación de la Cruz, sino una mecha que sólo se prenderá con el fuego que se encienda en esa Cruz, donde el apóstol está llamado a entregar la vida.

3.- Los riesgos de Internet de cara a la evangelización

La falta de garantías: hasta que Internet apareció en nuestras vidas, el modo ordinario de divulgar un mensaje era la publicación escrita. Este tipo de publicación no estaba al alcance de cualquiera, y, en el caso concreto de los contenidos religiosos de carácter católico, estaba sujeta, para contar un cierto refrendo oficial, a la obtención del nihil obstat. El nihil obstat suponía, de alguna manera, el certificado de autenticidad, la denominación de origen, en cuanto a que los contenidos de un libro no traspasaran las fronteras del Magisterio de la Iglesia. Puede que se haya usado mejor o peor, o que se haya otorgado con más o menos liberalidad, pero siempre, para quien buscaba lecturas que tuvieran una cierta garantía de ortodoxia, el nihil obstat ha aportado una dosis de tranquilidad. En otro orden de cosas, nada tiene que ver el nihil obstat con la corrección formal o la calidad literaria del escrito, pero, hasta el surgimiento de Internet, uno, más o menos, podía confiar en que, para acceder a la publicación de un libro, el autor debería estar dotado de un mínimo de elegancia literaria. Todo ello, por supuesto, dentro de unos amplios márgenes, y con numerosas excepciones.

Internet ha supuesto la ruptura de todas las barreras a la divulgación. Prácticamente cualquier persona que tenga ADSL, sepa o no escribir, haya estudiado o no, tenga conocimientos o carezca de ellos, puede difundir su mensaje con un coste mínimo. Esta característica de la Red de redes, aunque es esencialmente positiva y opera a favor de la libertad de expresión, tiene un coste en cuanto a confianza. Es preciso saber elegir bien los contenidos que uno elige visitar en Internet, si de verdad desea ampliar su formación y no exponerse al peligro de la deformación o, simplemente, la pérdida de tiempo. Para fiarse de una página web y tomar en serio sus contenidos, el lector debe primero informarse de quién la escribe, cuál es su cualificación cultural, qué otras cosas ha escrito, o cuál es la opinión de personas cualificadas acerca de esa página. No basta teclear un texto en Google, y beberse entero el primer enlace sin conocer nada acerca de su autor. El internauta debe saber navegar con las precauciones necesarias.

Apliquemos todo esto a los contenidos religiosos de temática católica, y las precauciones deben multiplicarse, tanto al leer como al escribir. Al leer, uno debe asegurarse primero de que una página en concreto no va a dañar su fe. Al escribir, uno debe dejar claro quién es y en nombre de quién escribe. Personalmente, siempre me ha gustado identificarme como sacerdote en las páginas web que administro, y añadir a mis páginas enlaces que ayuden al lector a situarse en mi visión del mundo, de Dios y de la Iglesia.

El poder adictivo de Internet. Cualquiera que se haya situado frente a un ordenador durante un par de horas seguidas se habrá percatado de la velocidad a la que pasa el tiempo frente a un monitor. Es claro que, no sólo Internet, sino la propia tecnología informática, están dotados de un extraño poder abductor, que los convierten, si no se emplean con ciertas precauciones, en un potencial peligro para el equilibrio personal y mental. Son ya muchas las personas que piden tratamiento psicológico a causa de su adicción al ordenador, y muchas más las que -por desgracia- no lo piden, aunque sufran la misma enfermedad.

Podemos encontrarnos, en este sentido, con que una herramienta que sería de gran utilidad para la evangelización se convirtiera, merced a este efecto perverso, en una trampa mortal para el apóstol, que lo aherrojase a un artefacto y lo apartase de sus deberes cotidianos y sobrenaturales como son la familia, la oración, o el trabajo profesional.

El tiempo que se pasa delante de un ordenador debe estar, para el apóstol, siempre medido. Se requiere, aquí, de la ascética cristiana y la mortificación ordinaria que debe sazonar los demás aspectos de la vida: saber levantarse de la silla cuando llega la hora, no interrumpir otras actividades para consultar el correo o las noticias, no perderse en marañas de enlaces desconocidos cuyo destino se ignora por completo… Como todo en la vida, salvo el Amor a Dios, peligroso es practicarlo sin buenas dosis de templanza.

Peligros de la web 2.0: suele denominarse así a los modernos sistemas de navegación, caracterizados por su interactividad. Hace años, en Internet apenas sólo se leía; la información discurría en un único sentido. Ahora, el canal de información es doble: cuando uno lee una noticia, fácilmente encontrará, bajo ella, un campo de texto que le permite comentarla públicamente y exponer sus opiniones, a veces con entera libertad, otras veces bajo la moderación del administrador de la página.

La web 2.0 tiene sus riesgos, y esos riesgos, en el campo de la evangelización, se multiplican asombrosamente. En primer lugar, esta modalidad de navegación sitúa en el mismo plano la palabra de quien ha preparado su escrito con esmero, estudio y dedicación, y lo ha publicado después de haber probado con varios borradores, con la palabra de quien ha leído deprisa la noticia, ha tecleado dos frases sin apenas pensarlas, y ha pulsado “enter” en el teclado de su ordenador sin ni siquiera revisar lo escrito. Ambos textos, el del autor y el del comentarista, aparecen en la misma página, y ambos son leídos por los mismos lectores. Se suscitan discusiones inoportunas, y lo que podría ser enseñanza se convierte en motivo de tertulia. Fácilmente se adquiere la impresión de que todo es opinable, de que todo escrito requiere una posibilidad de refutación y respuesta, y de que cualquiera, haya estudiado o no, puede refutar cualquier cosa en cualquier momento. De cara a la evangelización, esta práctica, que, a primera vista, ofrece una impresión de apertura y tolerancia, puede ser muy perniciosa si no se moderan con mucho cuidado los comentarios. Ello requiere, lógicamente, una enorme cantidad de tiempo si la página es más o menos popular. También puede el apóstol renunciar a la web 2.0 y cerrar los comentarios, pero será visto por muchos como una persona intolerante y amiga de pontificar, lo cual no deja de ser “políticamente incorrecto”. No tengo una solución única para evitar este riesgo; cualquiera de las dos que ofrezco me parecen buenas… Pero, personalmente, cada vez soy más reacio a permitir comentarios en mis páginas, por la sencilla razón de que no encuentro tiempo para moderarlos.

Otro de los riesgos de la moderna web 2.0 es la aparición, entre el “auditorio”, de personas afectadas por sociopatías varias, de acuerdo con lo que exponíamos más arriba. Se trata de personas que, teniendo enormes dificultades para entablar relaciones humanas en la vida real, ven superados sus complejos en el mundo virtual, y traban allí todo el entramado de relaciones de que carecen. Suelen pasar largas horas conectados a Internet, y a veces se los distingue por su prontitud en responder a cualquier escrito; siempre están allí. Este tipo de personas puede colapsar una web 2.0 con sus constantes e inoportunos comentarios, con el agravante de que siempre requieren respuesta y demandan atención. El contemplar sus comentarios en webs de cierta relevancia les hace sentirse importantes, y con ello intentan superar los complejos que les acosan en la vida real. En una web de contenido religioso, la aparición de internautas afectados de estas sociopatías puede surtir el efecto de centrar en ellos la atención que debería centrarse en el mensaje cristiano.

4.- Limitaciones de Internet de cara a la evangelización

Dejemos clara una afirmación: la evangelización “por Internet”, sencillamente, no existe. Internet es una herramienta valiosa de cara a la evangelización, pero no es, ni puede ser, el cauce principal de la misma. Corremos el riesgo de sobrevalorar la palabra humana, y abandonar a su poder la tarea de la conversión de las almas, lo cual sería un despropósito. La palabra humana puede servir para vender productos de mercado, para formar foros de aficionados a cualquier tarea, o incluso para crear modas. Pero la conversión de las almas sólo se obtiene de Dios a través de la Cruz, lo cual conlleva la entrega de la vida y la santidad del apóstol. Es infinitamente más poderosa una Eucaristía vivida intensamente, en la cual uno mismo se ofrece junto con Cristo por la salvación de los hombres, que todas las páginas web que pueblan la Red de redes. Lo mismo puedo decir de una pequeña mortificación ofrecida en gracia de Dios, o de media hora de oración mental. Pero esa Eucaristía, esa mortificación, esa media hora de oración mental y, sobre todo, una vida santa entregada a Dios y al prójimo pueden llenar de Fuego Divino los contenidos de una página web, como cualquier otra faceta del trabajo humano. Las almas no se convertirán por el hecho de que las palabras escritas en una web sean más o menos acertadas (aunque mejor si son acertadas que si son confusas), sino porque quien las escribió las sazonó con oración, sacrificios, y santidad de vida. Ésa es la principal herramienta de la evangelización.

Por otro lado, Internet tiene el riesgo de ser visto como una forma de elusión del trato personal. La esencia de la web -no lo olvidemos- es la publicidad, y, por tanto, quedan fuera de su ámbito las cuestiones meramente privadas o íntimas. Ni siquiera el correo electrónico puede proporcionar la cercanía necesaria para tratar esas cuestiones. Escribo esto porque, frecuentemente, recibo mensajes de personas que me plantean problemas personales cuyo tratamiento no creo que deba hacerse con la mediación de un ordenador. Siempre aconsejo a esas personas que busquen a un sacerdote cerca de su casa y hablen con él cara a cara, o a través de la rejilla del confesonario. Confundimos letalmente los ámbitos cuando se busca una confesión o una dirección espiritual a través de Internet. Sencillamente, Internet no sirve para eso. El contacto personal, en esos casos, es imprescindible.

5.- Cómo debe usarse Internet de cara a la evangelización

Concluyo con unas pautas muy someras, que espero puedan ayudar a quien ha visto en Internet una valiosa herramienta para proclamar el nombre de Cristo.

– El lenguaje en Internet debe ser directo. Al internauta medio le sobran las generalidades y las citas farragosas. Quiere respuestas concretas a preguntas concretas, y hay que saber adaptarse a ese lenguaje y ofrecérselas.

– Por el mismo motivo, los escritos que se publican en Internet deben ser breves. Sociópatas aparte, el internauta medio es nervioso con el navegador; si tiene que deslizar la barra lateral para seguir leyendo, gran parte de las veces se conformará con una lectura rápida de lo que está a la vista y pasará a otra cosa. Por tanto, hay que procurar que el contenido quepa en un solo pantallazo. Esto, de cara a asuntos tan serios y profundos como son los que afectan a la fe, requiere del apóstol un gran espíritu de síntesis y concreción.

– El lenguaje en Internet debe ser ameno. Enganchar los ojos del internauta al monitor, cuando se trata de textos, requiere captar bien su atención. Hay que emplear el sentido del humor, hay que intercalar palabras rotundas… No puede ofrecerse la impresión de que se está leyendo un libro de texto. En la medida de lo posible, hay que hacer que el lector sonría, que llore, o que se enfade. Pero, en todo caso, hay que mantenerlo ocupado.

– Por último, de cara a la evangelización, el lenguaje en Internet debe ser ardiente. Recordemos que, más que de transmitir conocimientos (aunque también de eso se trata) queremos contagiar amor. Hay que hablar al corazón tanto como a la cabeza, y, para ello, es preciso que quien escribe lo haga también desde el corazón.

Alguien podrá decir que prácticamente ninguno de esos requisitos se cumplen en el presente artículo, especialmente los relacionados con la brevedad o agilidad. A ese alguien le responderé que esta página ha sido creada, especialmente, para eludir todos esos condicionantes. El que “Espiritualidad Digital” se renueve sólo una vez al mes hace que sus artículos puedan leerse con más reposo, e incluso imprimirse para ser leídos más adelante, sin el miedo a que rápidamente surja otro artículo que requiera atención. De algún modo, estamos probando una fórmula ligeramente distinta. Sin embargo, en mi blog personal trato de cumplir escrupulosamente los requisitos a que he aludido.

6.- Conclusión:

Internet apenas acaba de nacer. Nos quedan muchos caminos por explorar, y muchos recursos que aprovechar. Pero no podemos perder de vista esta herramienta que pone a nuestro alcance al mundo entero, siempre y cuando lo veamos como lo que es: una herramienta.

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