La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Asentimiento y obediencia que brotan de la fe


Asentimiento y obediencia que brotan de la fe

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Por Jerónimo

No dejan de sorprenderme la tranquilidad y el desenfado con que muchos católicos, de diferentes estados de vida, critican y arremeten contra las decisiones de los Papas y, peor aún, contra sus enseñanzas.

Ya de pequeños, cuando asistíamos al catecismo inicial, nos enseñaban que el Papa es el Vicario de Cristo y el Sucesor del Apóstol San Pedro. El Papa es la autoridad a la que hay que obedecer porque Dios le encargó apacentar su rebaño y Él lo acompaña de una manera especial en su misión. No lo asiste únicamente con la llamada “infalibilidad” en cuestiones de fe y costumbres. Sería bastante ilógico pensar que el Espíritu Santo sólo asiste al Vicario de Cristo cuando éste debe hablar “ex cathedra” y luego lo abandona a sus solas fuerzas y luces.

Por eso, considero que cuando el Papa enseña o manda algo, lo enseñado o mandado por él, no entra, sin más, en el terreno de lo discutible o de lo que debe ser evaluado y aprobado por cada uno, sino que, simplemente, se asume y se obedece. Y si la cuestión entra en discusión en alguna conversación o en el propio pensamiento, el debate ha de darse a un nivel que excluya por completo la posibilidad de no asumir la enseñanza papal como verdad o de no obedecer. Porque tengo la certeza de que lo enseñado por el Papa es la verdad, a la cual llegaré al final de mi discurso. Y aunque no llegase a alcanzarla, sé, por la fe, que lo que indica el Papa es un camino seguro para andar. Porque es a él y no a mí a quien se le han dado las Llaves, a quien se le encomendó apacentar el rebaño, a quien se le concedió el poder de atar y desatar.

Probablemente, alguien me argumentará echando mano a los “grandes errores” papales que han pasado a la historia como caballitos de batalla de los que atacan la autoridad petrina o la infalibilidad. Pero, como sabemos, los tan mentados errores se circunscriben a ámbitos que la Iglesia misma considera no abarcados en el don de la infalibilidad papal. Y si el que argumenta se refiere a errores en cuestiones litúrgicas o pastorales, le respondería que obedecer al Papa, salvo el gravísimo caso de objeción de conciencia, no le hará ningún daño, pero desobedecerle seguro que sí.

El Papa es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles, dice el Vaticano II . De acuerdo a la Lumen Gentium, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.

Es cierto que el Código de Derecho Canónico dice que tenemos el derecho, y a veces incluso el deber, de manifestar a los Pastores sagrados nuestra opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla también a los demás fieles. Pero en el mismo párrafo dice que ese derecho se da en razón del propio conocimiento, competencia y prestigio, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los Pastores.

Conocimiento, competencia y prestigio. Son tres condiciones a reunir a la hora de opinar sobre asuntos relevantes de la vida de la Iglesia. Pero, en esta cultura nuestra en la que se opina de lo que sea, con fundamento o sin él, en la que lo importante es “participar”, las decisiones y enseñanzas papales terminan también siendo objeto de la opinión pública intraeclesial. Y ni se le pase por la mente a alguien proponer que algunas opiniones puedan ser mejores que otras. No. Al parecer, a todas ha de atribuirse el mismo peso, el mismo valor. Y si no se lo acepta así, le acusan a uno de hacer discriminación. Y si el que discrimina es competente en el asunto tratado, será señalado, además, como soberbio y falto de caridad evangélica. Como si fuera un pecado distinguir entre la opinión de quien tiene conocimiento, competencia y prestigio, de la opinión de quien no los tiene.

Por último, me parece una osadía el pretender someter las enseñanzas y disposiciones del Vicario de Cristo a evaluación con el fin de aprobarlas o no. En cuanto a la autoridad se refiere, por encima del Papa está sólo Dios y a la par del Papa no hay nadie. Y quien le descalifica pretende estar a la par o por encima de él, aunque lo niegue. Y eso no es bueno, ni hace bien a nadie. Con su particular estilo, el P. Castellani escribía:

Dios nos libre de burros y sus coces
Y de los hombres que se sienten dioses.

En fin, la humildad es una virtud a la que todos debemos aspirar. Para poder obedecer, para aceptar las enseñanzas y decisiones que no comprendemos, para no pensar que lo sabemos todo o lo podemos todo, y para que otras virtudes puedan anidar en nosotros.

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