La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

El mito de la homosexualidad incurable


homosexual1(AnálisisDigital/CCSG) Existe un verdadero drama: el de la homosexualidad. Cualquiera que haya conocido un poco de cerca de una persona homosexual, siente una gran compasión, comprende y aprecia de forma muy especial a quienes sufren esa situación. Es necesario hacerse el cargo de la realidad de su sufrimiento y no fijarse tanto en el rabioso comportamiento del lobby gay que ejercen sólo unos cuantos que ignoran que se puede salir de esa situación o no quieren.

La pregunta, por tanto, es: ¿resulta posible salir de la homosexualidad? No digo que sea fácil porque no lo es, pero tampoco es imposible ni se está abocado al fatalismo ni cuando las tendencias homosexuales sean intensas y estén muy arraigadas. La idea de que el homosexual no puede cambiar suele responder más a una reivindicación de grupo que a una realidad orgánica o fisiológica.

La medicina ha avanzando mucho, y hay abundante experiencia clínica que afirma y demuestra que la homosexualidad se puede superar con una terapia adecuada. El psicólogo holandés Gerard van der Aardweg, lo afirma y lo avala con su experiencia clínica de veinte años de estudios sobre la homosexualidad. Subraya que el homosexual tiene también instintos heterosexuales pero que suelen estar bloqueados por su convencimiento homosexual. Por eso, la mayor parte de los pacientes que lo desean verdaderamente y se esfuerzan con perseverancia mejoran en uno o dos años, y poco a poco disminuyen o desaparecen sus obsesiones homosexuales, aumentan su alegría de vivir y su sensación general de bienestar.

Hay que desearlo verdaderamente y así con la ayuda de la medicina y de la voluntad algunos acaban por ser totalmente heterosexuales; otros padecen episódicas atracciones homosexuales, que son cada vez menos frecuentes conforme toma fuerza en ellos una afectividad heterosexual. Por otra parte, el esfuerzo no es tan desproporcionadamente superior al que han de llevar a cabo los heterosexuales por llevar una vida casta, armónica con su dignidad humana y con su estado: soltero, casado, viudo, etc.

Rendirse a esas tendencias, con la con la angustiosa búsqueda de relaciones –que suelen ser inestables y frustrantes por su propia naturaleza–, desemboca a la larga en una espiral de mayor insatisfacción. Dejarse llevar de ellas produce una angustia aún más grande, pues lleva a una vida de profundos desequilibrios afectivos, disfrazados quizá por una satisfacción aparente, pero que acaba conduciendo a una mayor desesperanza y un mayor deterioro psíquico. Por esa razón la Iglesia católica les alienta a asumir la cruz del sufrimiento y de la dificultad que puedan experimentar a causa de su condición.

La actividad homosexual impide la propia realización y felicidad, porque es contraria a la naturaleza y aunque haya casos extremos que impidan la idoneidad matrimonial, todos ellos son aptos para amar –¡de otra manera!– a los demás. De ahí que por su propia felicidad la Iglesia les insista en que vivan la castidad con el mismo esfuerzo que se lo pide a todas las personas heterosexuales que no están casadas.

gengay20071018-00Puede haber quien, una vez más, argumente que no es una enfermedad sino algo genético. Es un error. Ciertamente, por ejemplo, el que bebe mucho puede alcanzar una enfermedad como la cirrosis que le lleve a la tumba pero esa patología hepática no es genética. Beber el licor de la impureza sin luchar por vencer conduce a la búsqueda de nuevas experiencias y en esto como con el alcohol… el que prueba repite. Lo que está claro es que pese a los grandes avances genéticos, llevamos más de un siglo buscando un origen genético a la homosexualidad y no lo hay.

Los últimos descubrimientos en el mapa genético reafirman cada vez más la libertad del ser humano. Craig Venter, fundador de una de las compañías más punteras en investigación genética, concluía recientemente que “la maravillosa diversidad de los seres humanos no está tanto en el código genético grabado en nuestras células cómo en nuestra herencia biológica que se relaciona con el medio en que vivimos. No tenemos genes suficientes para justificar la noción de un determinismo biológico, y es altamente improbable que puedan existir genes específicos sobre el alcoholismo, la homosexualidad o la agresividad. Los hombres no son prisioneros de sus genes, sino que las circunstancias de la vida de cada individuo son cruciales en su personalidad”.

La homosexualidad no es genética, sino sobrevenida. Y las terapias de curación de la homosexualidad tendrán más éxito en unos casos que en otros, pero eso no tiene nada de extraño. Hay muchas enfermedades, como el asma o la artritis reumática, por ejemplo, que por el momento no siempre se pueden curar. Pero ningún médico serio concluiría que no tiene sentido someter a esos pacientes a un tratamiento, o estudiar nuevas posibles terapias. Abandonarse a las tendencias homosexuales no es un estilo de vida alternativo recomendable para nadie.

En las últimas décadas, sin embargo, se ha impuesto una especie de férrea censura social que tacha de intolerante todo lo que contradiga la pretensión de normalidad defendida por determinados grupos homosexuales muy activos. Estos grupos de influencia presentan el estilo de vida homosexual de modo casi idílico. No es ahora el momento de relatar cientos de experiencias escritas por homosexuales que han superado esa tendencia, en ocasiones muy arraigada, quizá en otro momento; pero si concluir con lo que dice Aardweg, uno de los mejores expertos en el tema: “esto no es más que simple propaganda, pues cuando se escucha la historia personal de homosexuales se ve claro que en ese género de vida no se encuentra la felicidad. La otra cara de la moneda, que tantos se empeñan en silenciar, es la ansiedad, los celos, la sensación de soledad o las depresiones neuróticas, por no mencionar las enfermedades venéreas y otras patologías somáticas”.

¿Qué dice la Iglesia al respecto? La acción pastoral de la Iglesia con estas personas –señala el teólogo Georges Cottier– ha de caracterizarse por la comprensión y el respeto. Con frecuencia se les ha hecho sufrir como consecuencia de actitudes que son más bien fruto de prejuicios que de auténticos motivos de inspiración evangélica. Tienen que sentirse miembros de pleno derecho de la parroquia, y para ellos vale la misma llamada a la santidad del resto de los demás hombres y mujeres. Hay que tener siempre presente la maternidad de la Iglesia, que ama a todos los hombres, también a aquellos que tienen grandes problemas.

Pedro Beteta López
Doctor en Teología y Bioquímica

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