La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

DOMUND 2016 – domingo 23 de octubre


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Papa Francisco:

Mensaje para la Jornada Misionera Mundial
DOMUND 2016

¿Qué es el Domund?

El Domingo Mundial de las Misiones es el día en que la Iglesia universal reza por la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras, y colabora económicamente con ellos en su labor.

¿Por qué el Domund?

Porque el 37% de la Iglesia católica lo constituyen territorios de misión que dependen de la ayuda personal de los misioneros y de la colaboración económica de los fieles para realizar su labor.

¿Para qué el Domund?

Con los donativos se desarrollan proyectos sociales, educativos y sanitarios, además de necesidades como la construcción de iglesias y capillas, formación cristiana, compra de vehículos y un largo etcétera.

¿Cómo se distribuye el dinero del Domund?

En la Asamblea General de Obras Misionales Pontificias, celebrada cada primavera en Roma, los donativos del Fondo Universal de Solidaridad son distribuidos equitativamente entre las necesidades de los 1.103 Territorios de Misión, donde vive el 41,11% de la población mundial.

La Secretaría General de la Obra de la Propagación de la Fe asigna a cada dirección nacional de OMP en el mundo los proyectos que debe financiar el DOMUND con el dinero recaudado por su país. Una vez recibida la ayuda, los responsables de los proyectos envían justificación documental y cartas de agradecimiento.

Presentación del DOMUND 2016

SALIR, romper con la inercia

El hombre es relación: no puede vivir para sí mismo. Dios le ha hecho capaz de darse, y su realidad más profunda solo aflora y se consolida en la medida en que sale hacia el otro. La falsa seguridad que nos proporciona el no movernos de nuestro ámbito, para no afrontar dificultades imprevistas ni perturbar nuestra paz, solo lleva al estancamiento. Al contrario, salir de uno mismo puede implicar riesgos y hasta fracasos y equivocaciones, pero será siempre mejor que el “moho” que crea la instalación en nuestras comodidades. Es lo que, en términos de Iglesia, y frente a la tentación de mirar hacia dentro, ha expresado el papa Francisco:Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Evangelii gaudium, 49).

Es cierto que los motivos para salir físicamente hacia otro lugar pueden ser muy variados. En unos casos, puede tratarse de un viaje gratificante, por motivos de placer, laborales o de estudios. En otros, tristemente, de un desplazamiento forzado y cargado de sufrimientos, como el de tantos inmigrantes y refugiados, expulsados de sus tierras por el hambre, las guerras, las ideologías totalitarias… Pero hay todavía otro “salir”, que, a diferencia del primero, no se centra en las posibles ventajas para quien lo realiza, sino que es un vencimiento del yo; y que, al contrario que el segundo, no viene provocado por imposiciones de otros, sino que es fruto de una radical libertad. Es el “salir” que nos enseñan los misioneros.

El estilo de vida de estos hombres y mujeres es una propuesta a contracorriente para la sociedad actual. En contraste con el individualismo que se pone de espaldas a las necesidades de la humanidad para centrarse en las propias —a veces, creadas—, la generosidad de los misioneros constituye una auténtica contribución social, que ayuda a ver al otro como hermano y no como enemigo, y a hacer posible que entre todos tejamos una red de solidaridad y justicia. Su entrega y disponibilidad para el servicio son el contrapunto del gran pecado de la indiferencia y una muestra evidente —y reconocida hasta por las voces más recalcitrantes— de lo que es la Iglesia que vive las exigencias del Evangelio.

Del aislamiento al encuentro

El lema elegido para este DOMUND, en su 90 “cumpleaños” —la Jornada fue instituida por Pío XI en 1926—, está completamente en sintonía con el Magisterio de Francisco, que con tanta vehemencia nos anima a vencer comodidades y a salir. Las palabras de Dios a Abrahán, “Sal de tu tierra” (Gén 12,1), son también una invitación a nosotros, cristianos llamados a abandonar la inercia y a dejar los recintos cerrados para salir al encuentro del necesitado; es decir, a romper el círculo “de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad” (EG 8), para ser una “Iglesia en salida” (EG 24). Porque —dicho ahora con palabras de san Juan Pablo II, aunque parezcan de Francisco— “una Iglesia cerrada en sí misma, sin apertura misionera, es una Iglesia incompleta o una Iglesia enferma” (Mensaje DOMUND 1981)

El misionero es el mejor ejemplo del cristiano que deja de mirarse a sí mismo, y vence los propios egoísmos y miedos, porque se fía del Señor que le ha prometido darle “otra tierra”: la “tierra sagrada” del otro como hermano; la “tierra sagrada” del que sufre necesidad y en el que Cristo pobre se manifiesta misteriosamente. La salida de los misioneros y misioneras nace de la interiorización y no del impulso, e implica, además de esa confianza absoluta en Dios, un trabajo propio de preparación espiritual y cultural. Y no solo una vez: las que hagan falta, como vemos en tantos misioneros que han tenido que abandonar un territorio, después de mucho esfuerzo por inculturarse y ser uno más entre su pueblo, para ir a otra región donde su presencia se hace más necesaria.

El misionero “sale de su tierra” porque el Evangelio “sale de su corazón”, queriendo llegar a tantos pueblos que no han oído hablar de Cristo. Sin olvidar que, cuando se habla de la labor misionera, no hay contraposición entre evangelización y ayuda en los diversos campos de promoción de la persona, porque, como expresó el beato Pablo VI, “la actividad misionera anuncia el Evangelio y abre el camino al desarrollo humano” (Mensaje DOMUND 1970).

Sin tirar balones fuera

Año tras año, la Jornada Mundial de las Misiones nos pide que tengamos siempre presentes las necesidades del mundo y la impresionante labor callada de esos misioneros que se dejan la piel al servicio de los demás, en los lugares más olvidados o difíciles. Todo el “Octubre Misionero” es un tiempo especial para recordar que la misión es expresión de la universalidad de la Iglesia, que se preocupa también, y de manera especial, de quienes no conocen el Evangelio, en las periferias de cualquier tipo y hasta los confines del orbe. Lo que se nos solicita es que no dejemos de poner nuestro grano de arena y de confiar en Aquel que puede hacer fructificar cada mínimo gesto realizado en favor de esta tarea inmensa.

El DOMUND nos anima a colaborar con nuestra oración y nuestra ayuda económica, perotambién a que cambiemos las actitudes que nos encierran en las preocupaciones particulares, por las que ensanchan la mirada y el corazón a los horizontes de toda la humanidad. No vale tirar balones fuera, convirtiendo esto en un deseo etéreo, porque hablamos de un paso bien concreto y posible: “«salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana”, según dice el papa Francisco en su Mensaje para esta Jornada. Es hacer de la propia vida un don gratuito, un signo de la bondad del Señor.

Permitir que, a través de nuestras obras de misericordia, alcance a los demás esa ternura del amor materno de Dios es el primer “movimiento misionero” que podemos abrigar en nuestro interior. Pero es que realmente el mundo, cada persona, tiene ansia de Dios, y no logrará saciarla si nosotros, individual y comunitariamente, “en Iglesia”, no le ofrecemos la palabra que se lo anuncie. Si esto es así respecto a nuestro entorno inmediato, cómo no iba a serlo cuando se trata de cumplir el mandato misionero del Señor y de hacer efectivo el derecho de todas las personas y culturas de recibir el anuncio de la salvación que transforma la vida.

Por eso, es inevitable escuchar el “Sal de tu tierra” como una invitación a plantearse y, en su caso, acoger la vocación misionera. Es necesario que haya nuevas personas abiertas y dispuestas a “pasar a la otra orilla”, urgidas por todos esos pueblos que aún no han oído hablar de un Dios que es amor, bondad y ternura. Hacen falta más testigos de Jesucristo que salgan “de su patria y de la casa de su padre” para recorrer los caminos del mundo y llegar a todas esas periferias que necesitan la luz del Evangelio, y especialmente a los pobres. También esto forma parte de nuestra responsabilidad misionera: pedir al Señor que nos envíe vocaciones para la misión ad gentes y nos impulse a todos a dejar atrás la inmovilidad, para participar en una renovada “salida” misionera de la Iglesia.

Rreflexión pastoral para la Jornada Mundial de las Misiones 2016

SALIR A LA MISIÓN

“La misión hace a la Iglesia y la mantiene fiel al querer salvífico de Dios”, recordaba el papa Francisco, el pasado 4 de junio, a los directores nacionales de las OMP. Expresaba así el fundamento y la fuerza de la misión evangelizadora de la Iglesia, que apunta a su origen, Dios mismo. Del origen y fin de la misión brota el mandato que Cristo entrega a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos…” (Mt 28,19-20). Este mandato, dice el Papa en su Mensaje para el DOMUND, “no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera” (n. 6).

Tiene su fuente en la misión del Hijo y en la del Espíritu Santo, y su fin en hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor. Para diseñar el recorrido que une el origen con el fin, nace la Iglesia en su condición de itinerante. Por eso, no es posible entender esta hermosa realidad de la Iglesia si no es desde la perspectiva de la peregrinación. Esta convicción está explícitamente expuesta enAd gentes: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre. Este designio dimana del «amor fontal» o de la caridad de Dios Padre, que, siendo Principio sin principio, engendra al Hijo, y a través del Hijo procede el Espíritu Santo” (AG 2).

La contemplación del Misterio encarnado que nace de Dios para llegar a los hombres es la manifestación más genuina de su amor maternal por nosotros. Dios “sale” de su misterio, desvela su intimidad, en la persona de su Hijo, que se hace presente en el tiempo y en el espacio; la misericordia divina “sale” de su mismidad para ir al encuentro de la creación, y en especial de aquel que puede reconocer el amor que justifica esta peregrinación. “La manifestación más alta y consumada de la misericordia se encuentra en el Verbo encarnado”, afirma Francisco (n. 3).

El Mensaje para este DOMUND solo puede entenderse desde esta perspectiva: el misterio de amor tiene un carácter itinerante, que entraña el compromiso de estar en movimiento, en un continuo recorrido, jalonado por diversas etapas.

Punto de partida

La Jornada Mundial de las Misiones tiene su origen en el corazón de una laica muy sensible al compromiso de la fe. Paulina Jaricot siente la necesidad de “salir” de su pequeño mundo, para ayudar a sus amigos misioneros que, desde la otra orilla, le piden ayuda (cf. Hch 16,9). Lo que inicialmente fue una respuesta solidaria de un pequeño grupo de personas cercanas se convirtió en una corriente de caridad en la que la Iglesia entera se siente implicada. Ella se pone en camino, y con ella, millones de personas, que hacen posible un verdadero movimiento misionero, en el que el Papa ve reflejada la deseada “Iglesia en salida”.

De esto habla en su Mensaje, cuando invita a los cristianos asalir al encuentro del otro para poner a disposición del Evangelio sus propios talentos y capacidades. Este salir supone primariamente un romper las cadenas que aherrojan a la persona en sus egoísmos y condicionamientos internos. “Salir” como discípulos misioneros, enviados por el Espíritu, enviados por la Iglesia: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (n. 6; EG 20).

El Mensaje evoca la experiencia de la madre que da a luz a su hijo. Es el mejor referente para entender del sentido de fe que embarga el trabajo del misionero que recorre los caminos mostrando el rostro de Dios, rico en misericordia. Cuando el misionero sale de su tierra, tiene bien experimentada la “salida” de sí mismo y la certeza de que es su madre, la Iglesia, quien le envía y acompaña: “[…] la Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre” (n. 2).

Destino: la misión ad gentes

Alguien definió el mundo actual diciendo: “Nunca se corrió tan deprisa hacia ninguna parte”. Cuando se pierde el punto de mira y la meta desaparece en el horizonte, todos los vientos son adversos, como para el navegante que no ve el faro. No es así en la misión ni puede serlo en la vida de un cristiano. La meta está clara. El destino es llevar la Buena nueva de la ternura y del amor de Dios a los hombres; un mensaje de misericordia que penetra en el interior de quien lo recibe y provoca la conversión. Destinatarios de esta salida son todas las personas, sin distinciones: “Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos” (n. 6).

La principal característica de la Jornada Mundial de las Misiones es hacer visible la universalidad de la Iglesia. Los destinatarios más inmediatos del DOMUND son los mismos cristianos, que descubren el infinito amor de Dios con la predilección por la oveja perdida y la urgente invitación a las otras noventa y nueve para que salgan del redil en busca de las que todavía no conocen al Buen Pastor y andan perdidas por el mundo. Es el mandato misionero, para hacer partícipes a otros del amor de Dios.

La misión ad gentes tiene comodestinatarios principales a quienes aún no conocen el Evangelio. Así comenzó esta singladura peregrinante, en la que se puede afirmar con certeza que la vitalidad de las comunidades cristianas se puede medir por su vibración misionera. Amplios son aún los espacios geográficos, culturales y sociales que están esperando la luz del Evangelio, y por eso Francisco no duda en afirmar que la misión ad gentes es una “grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material” (n. 1).

El Papa reitera la predilección que vivió Jesús en la tierra: “los pequeños, los descartados, los oprimidos” (n. 2). Ya expresó la misma inquietud con motivo de la Jornada del pasado año: “¿Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico? […] Los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen cómo pagarte. La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer” (Mensaje DOMUND 2015). Dios Padre “se dirige también con amor a los más frágiles, porque su grandeza y su poder se ponen de manifiesto precisamente en su capacidad de identificarse” con ellos (n. 2).

Equipamiento para la misión

En este 90 aniversario del DOMUND, Francisco hace un claro reconocimiento de la mujer en el ámbito de la misión. Fue una mujer, Paulina Jaricot, quien puso en marcha esta corriente de solidaridad misionera, y se cuentan por millones las mujeres que han salido de su tierra para mostrar el amor materno de Dios a la humanidad. Nadie mejor que una misionera puede vivir el anuncio del Evangelio como el ejercicio de la caridad que nada puede romper, porque para una mujer lo primero son las personas; solo después, las estructuras. Ellas, que viven la fidelidad y la ternura maternal de Dios con todos, son fuente de inspiración para la actividad misionera de la Iglesia.

Aun cuando la respuesta a la vocación de Dios es personal, esta necesita insertarse en el seno de unacomunidad cristiana. Así ocurrió al principio, cuando la llamada de Dios maduraba y se discernía en aquella “pequeña Iglesia” que crecía escuchando la Palabra de Dios, celebrando la fe y compartiendo sus dones. Aparentemente eran grupos pequeños, pero que se iban expandiendo, y de su interior el Espíritu hacía salir a algunos para la misión que les estaba reservada. Del mismo modo sucede hoy, cuando la semilla sembrada por el misionero comienza a enraizarse en el corazón de algunos, insertándose en la comunidad cristiana donde crecen y maduran, para después “salir” a otros lugares y dar gratis lo que gratis han recibido.

El envío, por la Iglesia, de un misionero a la misión hay que situarlo dentro de un período muy largo deformación y discernimiento. Ellos han dedicado tiempo a su preparación. Bien saben que la fuerza les llega de lo más profundo de sí, donde ha arraigado la fe en Jesucristo. De ahí la alusión del papa Francisco a la tarea educativa de los misioneros. El misionero bien formado puede ser considerado como el sembrador que, con paciencia y confianza en la fecundidad del corazón, lanza la semilla del Evangelio en los lugares más insólitos de la Tierra: “Anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor” (n. 5).

La celebración del DOMUND es un don para la Iglesia, porque le ayuda a reconocer su propiaidentidad eclesial; algo esencial para recorrer el camino de la fe y hacer posible la misión en el seno de la humanidad. El misionero, al constatar esa identidad, descubre la raíz de pertenencia en la comunidad cristiana en la que ha sido alumbrado. Su testimonio se trueca en anuncio, muchas veces silencioso, que interpela al otro a interesarse por su forma de ser y de vivir. Estilo y talante misioneros que hoy adquieren unas modalidades especiales, al mostrarse en diálogo respetuoso con todas las culturas y religiones, con la certeza de que Dios abre caminos y precede en el corazón y en la mente del otro.

Llegada y meta final

En el horizonte de este peregrinar misionero aparece con fuerza persuasiva la meta, esa frontera que el atleta, exhausto por el desgaste del recorrido, vislumbra como alcanzable. La misión ad gentestiene como primera meta y finalidad la universalidad del mensaje. La Iglesia “tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio” (n. 1; MV 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño. El misionero es enviado a ellos para que “todos se salven y experimenten el amor del Señor” (n. 1).

Claras y definitorias son las últimas palabras de Francisco, urgiendo a la donación espiritual y material en favor de la misión ad gentes con motivo de la Jornada, para destinar al DOMUND “todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra”. Este es su llamamiento: “No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad” (n. 7).

Hacemos nuestra su petición final: “Que Santa María, modelo misionero para la Iglesia, enseñe a todos, hombres, mujeres y familias, a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos”.

Anastasio Gil García

Director Nacional de OMP España

¿Quieres ayudar a los misioneros con un donativo para el Domund?

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