La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 23 de octubre de 2016, 30º del Tiempo Ordinario


Lucas 18,9-14

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

“Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

Jesús con la parábola del fariseo y el publicano nos enseña que para que la oración sea eficaz ha de hacerse con una actitud interior de humildad.

“En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola”. Jesús les dice a estos “justos” que a los ojos de Dios están en una situación mucho peor que la de los grandes pecadores. Ante Dios lo único que nos justifica es el reconocimiento sincero de la verdad sobre uno mismo, el reconocimiento de la propia nada, unido a la confianza en la infinita misericordia del Señor.

¿Somos nosotros uno de éstos? A veces sentimos la tentación de creernos mejores que los demás. Ayúdanos, Señor, a no despreciar a nadie, y a no presumir de ser justos.

“Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” El fariseo que se cree justo no sale justificado y será humillado como anuncia Jesús. Es bueno no ser ladrón, ni injusto, ni adúltero; es bueno no cometer pecados mortales como los que pesaban sobre los publicanos.  Es bueno ayunar, dar el diezmo de todas las ganancias. Pero el fariseo que cumplía todas estas cosas no sale justificado, porque estaba cerrado a la misericordia de Dios. Jesús nos enseña que ni siquiera los pecados más graves nos cierran tanto a Dios como permanecer en la hipocresía, en no reconocer la propia miseria, en vanagloriarse de lo que hemos recibido como un don de Dios y en considerarnos mejores que los demás. El fariseo se gloría de sus obras buenas, no las refiere  a la gracia de Dios y además desprecia a los otros y con esto ofende al Padre. Este hombre roba la gloria que sólo le corresponde a Dios para, en el colmo del egoísmo,  gloriarse a sí mismo; le habla a Dios tan sólo de sí mismo, ni siquiera mira a Dios, sino sólo a sí mismo; realmente no necesita a Dios, porque todo lo hace bien por sí mismo. El fariseo no reconoce los pecados que había cometido, los pecados de omisión, de desperdicio y abuso de las gracias de Dios. Se atribuía  a sí mismo todo lo bueno que había en su vida, bajo una apariencia de falsa humildad y de buen cumplimiento de las prácticas religiosas. Fue injusto con Dios y con los demás.

Reconozcamos que a veces somos como este fariseo. No permitamos que nuestras virtudes y cualidades estén envenenadas por el orgullo, que nuestras bellas y  buenas obras se malogren por el desmesurado amor propio. Que el motivo de nuestro obrar sea siempre la gloria de Dios.

“El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador… Os digo que éste bajó a su casa justificado”. El publicano conoce sus pecados, sabe que no puede vanagloriarse ante Dios y, consciente de su culpa, pide gracia, se ve en relación con Dios, ha puesto su mirada en el Señor y desde Él se ve a sí mismo. Se sabe necesitado de la bondad de Dios, de su perdón y de su misericordia, y así aprenderá a ser misericordioso y semejante a Dios y transmitirá toda esta gracia a los demás. No deja de ser sorprendente que Dios justifique tan fácilmente al publicano que personifica la condición pecadora de la humanidad. El publicano sale justificado porque reconoce su nada y confiesa a Dios sus pecados cometidos de pensamiento, palabra, obra y omisión. Hace un acto de contrición y de fe en la misericordia de Dios. Este hombre se considera un pobre y frágil recipiente y no olvida su condición pecadora incluso cuando está en la presencia de Dios, de ahí surge en él la gratitud, porque Él llena con su misma presencia un recipiente tan miserable.

Reconozcámonos también en el publicano, como él también nosotros hemos de creer firmemente que Dios es Dios de los pecadores arrepentidos, que su benevolencia amorosa llega hasta los casos límite, aparentemente sin salida. El Señor da a todos una oportunidad, incluso a los más grandes pecadores.

“Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Cuando nos pongamos en la presencia de Dios, confiemos en su misericordia, reconozcamos con humildad la verdad sobre nosotros mismos: fuimos pecadores, lo somos y lo seremos hasta el final de nuestra vida en la tierra. Entonces el Señor pondrá sus ojos en nuestra miseria y tendrá piedad de nosotros, sus hijos, nos transformará, nos santificará, nos llenará de su gracia.

Si queremos conocer cada vez más la medida de nuestro mal, de nuestro pecado, y al mismo tiempo la medida del amor de Dios, hemos de ponernos ante Cristo crucificado o ante el Santísimo Sacramento, sólo así comprenderemos lo horrible del pecado, reflejado en los sufrimientos de Cristo, y comprenderemos más fácilmente también la excelencia del amor de Dios por cada uno de nosotros. Junto a la cruz del Señor o ante el Sagrario creceremos en la conciencia de nuestro mal que afecta al Corazón del Hijo de Dios y en la confianza hasta la audacia en el amor y la misericordia de nuestro Padre.

3 Respuestas a “Evangelio del domingo 23 de octubre de 2016, 30º del Tiempo Ordinario

  1. gaby 7 \07\UTC noviembre \07\UTC 2010 en 3:06 PM

    jjajajajja wuaaaaooooo que evangelio tan vacano los felicito

  2. junior 4 \04\UTC noviembre \04\UTC 2010 en 9:54 AM

    q buen envangelio

  3. daniela flores 27 \27\UTC octubre \27\UTC 2010 en 6:32 PM

    sige escribiendo me encanta tu historieta

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