La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 6 de noviembre de 2016, 32º del Tiempo Ordinario


Lucas 20, 27-38

Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.

Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección…”.

Jesús, este domingo, nos muestra cual es el camino de la vida futura. Es la resurrección. Es ser como ángeles. El fue el primero de todos en resucitar y después iremos todos los demás. Jesús responde a una insidia de los saduceos que no creían en la resurrección, negaban el dogma de la resurrección de los muertos, admitido por los demás judíos, afirmando que cuerpo y alma morían simultáneamente, y que no había premios ni castigos en la otra vida, tampoco creían ni en la existencia de los ángeles ni en espíritus. Es la “trampa saducea” que nuestro Maestro supo eludir para enseñarnos algo fundamental, una vez más.

“…Y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”.

Es, evidentemente, una burda invención, pues, como dice San Juan Crisóstomo: “el tercero ya no hubiese aceptado la mujer de sus dos hermanos difuntos, por sospechosa, cuanto menos los demás; así lo hacían los judíos, aun contraviniendo a la ley”.

Nada hay más descarado que la presunción de los saduceos, ni más impertinente, ni más audaz. Ella fue la causa de su derrota. Aprendamos que las malas causas se hacen peores con la defensa; y veamos en este suceso el símbolo de la serenidad, sabiduría y mesura de la Iglesia en defender el depósito de las verdades que Jesús le confiara, y la imprudencia y el orgullo de la multitud de defensores de la mentira, que sucumben uno tras otro en el decurso de la historia.

Hoy sigue habiendo personas que no creen en la resurrección, modernos saduceos que se imaginan que después de esta vida no hay nada más. Viven sólo para la tierra y se burlan de los que creemos en la eternidad. ¡Qué contraste entre el grosero materialismo de los saduceos y la altísima espiritualidad de Jesús!

“Los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”.

La otra vida es de verdad otra vida, una vida de calidad diferente. Es  el cumplimiento de todas las esperanzas que el hombre tiene sobre la tierra e infinitamente más, pero en un plano distinto. En respuesta a la pregunta capciosa de los saduceos sobre el destino de la mujer que ha tenido siete maridos en la tierra, Jesús reafirma sobre todo el hecho de la resurrección, corrigiendo la representación materialista que se hacen de ella los saduceos.

La bienaventuranza eterna no es prolongación de las alegrías terrenas, con disfrutes de la carne y de la mesa a placer. Será una vida completamente distinta de la presente; el poder de Dios hará que no tengamos necesidad de comer, ni beber, ni engendrar: no habiendo nacimientos tampoco habrá matrimonio, que para ellos se instituyó. Llevarán vida celestial; glorificados y espiritualizados los cuerpos, ya no sentirán ningún apetito carnal, ni el menor estímulo de la carne; la resurrección es una generación a una vida espiritual; obra exclusiva de Dios.

Según esta visión, el matrimonio no acaba del todo con la muerte, sino que se transfigura, se espiritualiza, se sustrae a todos los límites que marcan la vida en la tierra, igual que no se olvidan los vínculos existentes entre padres e hijos, o entre amigos. En el paso desde el tiempo a la vida eterna del cielo el bien permanece, el mal desaparece. El amor que les unió persiste; no los defectos, las incomprensiones, los sufrimientos que se han causado recíprocamente. Muchísimos cónyuges experimentarán sólo cuando se reúnan con Dios el amor verdadero entre sí y, con él, el gozo y la plenitud de la unión que no disfrutaron en la tierra. En Dios todo se entenderá, todo se excusará, todo se perdonará.

Y sigue Jesús su argumentación contra los saduceos. Ha demostrado el poder de Dios, que da un estado particular a los resucitados, distinto de la condición presente; ahora les demuestra que las Escrituras  enseñan la resurrección. Jesús explica el motivo por el que debe haber vida después de la muerte. “Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Para contestar a los saduceos Jesús cita uno de los libros de la Biblia que ellos aceptaban, el libro de Éxodo 3, 6. Si Dios se define «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» y es un Dios de vivos, no de muertos, entonces quiere decir que Abraham, Isaac y Jacob viven en algún lugar, si bien, en el momento en que Dios habla a Moisés, aquellos están muertos desde hace siglos. El Señor no se contentó con darnos la vida física en este mundo, sino que nos tiene preparada la vida eterna. Dios no es el Dios de los que no existen, ni en este mundo ni el otro, porque no les participa la vida ni los bienes de la vida.

Una respuesta a “Evangelio del domingo 6 de noviembre de 2016, 32º del Tiempo Ordinario

  1. Dani Tuta Ruedas 6 \06\UTC noviembre \06\UTC 2013 en 2:25 PM

    pues amar y querer a todos es genial, pero mejor amar mas a Dios y a maria es lo mejor por que nos dieron la vida gracias amen

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