La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 13 de noviembre de 2016, 33º del tiempo ordinario


Lucas 21,5-19

Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”.

Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”.

Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
obispo prelado de Moyobamba

El Evangelio de la liturgia elegida por la Iglesia para este domingo acentúa el panorama del fin del mundo y del Juicio Final, invitándonos a prestar más atención a la justicia, contrapunto indispensable de la bondad y misericordia divinas. El final de los tiempos no es inminente. Pero sí es serio, y nos orienta a una vida comprometida, vida de peregrinos que avanzan hacia una meta y no se quedan distraídos por el camino. Esta mirada hacia el futuro  pretende  ayudarnos a ser sabios. La vida actual hay que vivirla en plenitud, sí, pero responsablemente, siguiendo el camino que nos señala Dios.

En aquel tiempo, algunos hablaban del templo, admirados de la belleza de sus piedras y de las ofrendas que lo adornaban”. Los discípulos manifestaban su admiración por la belleza de aquella construcción inmensa, rica en simbologías que alzaban la mente a Dios, propio a todo edificio religioso. Los corazones de los israelitas del mundo entero se volcaban hacia el Templo. Allí se ofrecían sacrificios, eran recibidas gracias insignes y los devotos entraban en un contacto más intenso con lo sobrenatural. Embellecer el Templo era, pues, realzar todavía más su significado espiritual. Sin embargo, a juzgar por las siguientes palabras de Nuestro Señor, todo indica que ellos contemplaban la Casa de Dios con una mirada meramente humana.

Jesús les dijo: Esto que ustedes contemplan, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Los Apóstoles tenían ante sí a Aquel que valía mucho más que el Templo: el Creador, el Redentor, la Sabiduría. Al contemplar el edificio con ojos mundanos se mostraban ciegos para Dios, porque se detenían en la admiración de la criatura sin remontarse hasta el Creador. Tal es el motivo de la contundente advertencia de Nuestro Señor. Esta dura profecía tardaría menos de cuarenta años en cumplirse del modo más radical. “La Providencia divina permitió que toda la ciudad y el templo fuesen destruidos con el fin de que ninguno de los que aún estaban débiles en la fe —admirado de que aún subsistían los ritos de sus sacrificios— fuera seducido por sus diversas ceremonias”, comenta San Beda.

Ellos le preguntaron: Maestro, ¿cuándo será eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?Los Apóstoles no preguntan por la causa de esa destrucción, sino cuándo tendría lugar. Querían saber con exactitud lo que iba a suceder. La destrucción del edificio sagrado, símbolo de la grandeza del pueblo elegido, les parecía imposible antes del fin de los tiempos. No podían concebir que algún día les faltara aquel lugar santo, único en el mundo. Por esta razón unían en sus preguntas dos hechos totalmente distintos: la ruina de Jerusalén y la parusía. Como observa San Cirilo, los Apóstoles “no habían advertido la fuerza de sus palabras y creían que hablaba de la consumación de los siglos”. Por eso Cristo hablará en dos sentidos: uno, la destrucción del Templo material; otro, el fin del mundo. Era cierto que la desaparición de aquella construcción monumental significaba el final de un mundo: la época del Antiguo Testamento, de la Ley, cedía ante el Nuevo Testamento, la era de la Gracia.

Él contestó: Cuidado con que nadie los engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy” o bien: “El momento está cerca”. No vayan tras ellos. Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. Luego les dijo: Se alzará nación contra nación y reino contra reino, habrá grandes terremotos y, en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también cosas espantosas y gran señales en el cielo”. Jesús responde a los discípulos con lenguaje enigmático, sin intentar deshacer el equívoco en que incurren ni responderles con exactitud. Prefiere dejar los aspectos cronológicos de la pregunta en claroscuro, con miras a la formación moral y espiritual de sus oyentes. La expectativa del fin del mundo los habituaba a contemplar los acontecimientos desde la perspectiva divina, y preparaba las almas de aquellos primeros cristianos para las persecuciones que habían de enfrentar.

Pero, antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre”. Al anunciar a los Apóstoles las persecuciones y sufrimientos que deberían enfrentar, el Señor tenía en vista también instruirnos a los cristianos de todos los tiempos, porque muchas veces a lo largo de la Historia la proclamación del nombre de Cristo nos traerá como consecuencia ser injustamente arrestados, perseguidos o llevados ante los tribunales. Y esto llegará al auge en los últimos tiempos, porque mientras más grande sea la decadencia moral de la humanidad, será mayor el odio contra los justos. Bien lo apunta San Gregorio Magno: “La última tribulación será precedida de otras muchas, porque deben preceder muchos males que puedan anunciar el mal sin fin”.

Así tendrán ocasión de dar testimonio de mí”. Sería un error pensar que durante las persecuciones los buenos deben quedarse encogidos y asustados, incapaces de cualquier acción. Por el contrario, éstas les darán pie para declarar con valentía la buena doctrina frente a quienes se desviaron del camino correcto. En esas horas de tempestad, la Providencia suscita testigos de la Fe que son antorchas de la Luz de Cristo rasgando la oscuridad de la prueba. Muchas veces Dios utiliza instrumentos frágiles, para así dejar más patente su omnipotencia. En cuanto a los acontecimientos del fin del mundo, serán justamente la firmeza de la fe y la fuerza impetratoria de la oración de los fieles, frente al odio de los enemigos de Cristo, lo que atraerá la intervención divina, desencadenando el castigo final.

Hagan el propósito de no preocuparse por su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ninguno de sus adversarios”. Con esta sorprendente afirmación, Nuestro Señor parece invitar a sus discípulos a que no tengan miedo ni se desesperen ante las dificultades angustiosas, porque en los momentos de crisis más agudas podremos contar con la inspiración especial de Dios. En la lucha de todos los días vale el principio de San Ignacio: “Reza como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti”. Pero en este pasaje del Evangelio el Maestro se refiere a los momentos de extrema aflicción en que todo parece perdido. En tales horas, comenta San Gregorio, es “como si el Señor dijera a sus discípulos: ‘No se atemoricen: ustedes van a la pelea, pero yo soy quien peleo. Ustedes son los que pronuncian palabras, pero yo soy el que hablo’”.

Habrá división hasta en el seno de las familias, multiplicando el sufrimiento de los que serán entregados y “traicionados por sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos. Y a algunos de ustedes los matarán, y todos los odiarán por causa mía”. Pues, como enseña San Gregorio, “los tormentos más crueles para nosotros son los que nos causan las personas más queridas, porque además del dolor del cuerpo sentimos el del cariño perdido”.

Pero ni un cabello de su cabeza se perderá”. Dios no sólo actúa en la Historia, sino que es su Actor Principal. Todo está en sus santísimas manos, nada se escapa de su gobierno. El Creador lo tiene todo contado, pesado y medido. Y, al actuar sobre los acontecimientos, siempre tiene en vista, junto con su propia gloria, la salvación de quienes son suyos. Cada uno de nuestros actos, gestos o actitudes serán consignados en el Libro de la Vida. Ningún acto de virtud quedará sin recompensa, como enseña San Beda: “No perecerá un solo cabello de la cabeza de los discípulos del Señor, porque no solamente las grandes acciones y las palabras de los santos, sino el menor de sus pensamientos, será premiado dignamente”.

“Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. Todos nosotros, como los Apóstoles, estamos sujetos a pasar situaciones difíciles por nuestra fidelidad a Cristo. ¿Cómo debemos comportarnos frente a ellas? Ante todo, debemos creer firmemente en la omnipotencia del Señor y tener bien presente su amor por cada uno de nosotros. Cuando al fin comprendamos que estamos de paso en esta tierra, de camino a la eternidad, todos los males que podemos sufrir adquieren otro sentido.  Permaneciendo constantes en la Fe ganaremos la verdadera vida; y sólo la esperanza de la vida eterna nos dará fuerzas para perseverar en la hora de las prueba. Esto no depende tanto de nuestro esfuerzo como de la gracia divina, la cual debemos pedir sin cesar.

Una respuesta a “Evangelio del domingo 13 de noviembre de 2016, 33º del tiempo ordinario

  1. Mayka 13 \13\UTC noviembre \13\UTC 2013 en 3:28 PM

    He leido el evangelio de lucas 21,5-19 y me ha llenado profundamente. Esta mañana lloraba, porque estoy tocando fondo. Estas palabras y el comentario de Mons. Rafael Escudero, me ha ayudado en estos momentos de tribulación. Gracias..

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