La Prelatura de Moyobamba

Iglesia católica en la selva amazónica de la Región San Martín (Perú)

Evangelio del domingo 20 de noviembre de 2016, 34º del tiempo ordinario: Jesucristo, Rey del Universo


Lucas 23,35-43

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”.
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”.
Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”.
El le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

COMENTARIO

por Mons. Rafael Escudero López-Brea
Obispo Prelado de Moyobamba

“Cuando Jesús estaba ya crucificado…” La madre Iglesia, en este domingo, nos exhorta a mirar a Jesús, Rey del universo, que reina, coronado de espinas, desde la cruz.

“… El pueblo estaba allí mirando”. Ante ese Rey que muere en la cruz, las reacciones de la gente son diversas: unos le miran desde lejos, otros han escapado por miedo, otros se burlan de él: “Las autoridades le hacían muecas diciendo: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.

Nosotros, hermanos, miremos a Cristo redentor del hombre y del mundo, Él es la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón, Cristo es nuestro remedio radical, el único que nos integra, el único que sana las heridas producidas por el pecado en cada uno de nosotros. Pero necesitamos vivir en intimidad con Él, enamorarnos de Él, llenarnos de amor profundo a Jesucristo, esto hará que en las circunstancias en que nos encontremos, lo único que busquemos sea amar a Jesucristo. Miremos a Cristo Rey en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios. En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros, sus amigos.

Hay burlas que, a pesar de ser crueles, nos dan una gran lección y manifiestan una profunda verdad. En la cruz de Jesús pusieron, a modo de escarnio, un letrero que decía: “Éste es el rey de los judíos”. Jesucristo es el rey de los judíos, es el Rey del universo, es el Rey de todos los hombres.

Los dos malhechores representan a la humanidad. Son el paradigma del hombre ante el dolor y la muerte, el símbolo del destino humano.  Que Dios se ha hecho hombre significa que se ha hecho crucificado, que ha querido vivir nuestra muerte, ha querido mezclar su sangre con la nuestra, su soledad, sus quejas, con las nuestras; ni siquiera a la hora de su muerte ha querido el Señor despegarse de la raza humana. Dice San Agustín: “Hay tres hombres en la cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia. Para los tres la pena es la misma, pero todos mueren por diversa causa”.

La humanidad se rebela contra su Salvador porque no le libera del sufrimiento y de la muerte, porque no le asegura la vida temporal: “Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Es el grito del hombre que vive sin Dios, que pasa a su lado la salvación y no es capaz de descubrirla. Es bandido del alma. La ruina de su cuerpo crucificado ha arruinado también su alma.

Pero hay una persona que cree en Él: el ladrón arrepentido. No sabrá de teologías, pero intuye que ese que muere a su lado es alguien especial, por eso se dirige a su compañero de tormento “le increpaba: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Nosotros la sufrimos justamente porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, él no ha hecho nada malo”. El buen ladrón tenía el alma suficientemente viva y despierta como para descubrir una serie de valores: se olvida de sí mismo, descubre la dignidad de Jesús y el valor objetivo de la justicia, porque no había perdido el sentido de la misma; distinguía el bien del mal, medía el valor de las culpas y tenía el valor de reconocer las propias.

A la orilla de la muerte el buen ladrón ha creído en Jesús como Rey, a pesar de que le está viendo desangrarse en un momento de mínima credibilidad, ajusticiado en la cruz. El buen malhechor se siente atraído por la actitud de ofrenda de Jesús. Ya no teme la muerte, pero teme la condenación, trata de protegerse contra la condenación y mira a Jesús que no profiere blasfemias ni se desespera, sino que sigue en actitud de oración. En medio de los insultos y las burlas Jesús demuestra su santidad intercediendo ante el Padre por sus verdugos y por toda la humanidad pecadora. Y lo hace de verdad, como verdadero Mediador entre Dios y los hombres. La luz de la fe comienza a romper las tinieblas del desconocimiento de Dios en el corazón del buen malhechor. Cuando la gracia entra en el corazón humano, éste se reblandece y se abre a la aceptación de su propio pecado. El malhechor se refugia en el Corazón de Cristo, y le pide con gran familiaridad Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

Lo sorprendente es que el ladrón exprese así su fe, por lo que escucha de labios de Jesús lo que todos quisiéramos escuchar un día: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. La respuesta tiene un sentido de juramento, de promesa solemne. Sin fe nadie se salva, ningún acto humano salva al hombre, pero la fe viva ha de expresarse en obras de caridad. El verdadero premio que promete Jesús al ladrón arrepentido no es tanto el paraíso, sino el estar con Él, porque estar con Cristo es estar ya en el paraíso.

Jesús ama a la humanidad con un latido humano. La espiritualidad del cristiano consiste en vivir la vida desde el Corazón de Cristo, consiste en el encuentro de dos corazones el de Jesús y el del discípulo, que se abren al servicio de la Redención del mundo.

Cristo crucificado  nos manifiesta el amor oblativo que busca exclusivamente el bien del otro. Este es el amor con que Dios nos envuelve. Cristo crucificado es una declaración del amor de Dios hasta el extremo. Dios me ama y me ama hasta el punto que dio a su Hijo por mí. Lo que constituye al cristiano es el amor que Dios le da: hemos sido creados para la intimidad con Dios. La vida del hombre le llega al Corazón, tanto para lo bueno como para lo malo, nuestra vida no le es indiferente, mis pecados le ofenden, mi amor le agrada.

El buen ladrón nos enseña a mirar hacia ese Cristo con ojos profundos, inspirados por el Espíritu de Dios. Con la convicción de que ese Cristo Jesús nos está abriendo el camino del Reino y todos los que nos incorporemos a Él, estamos llamados a su mismo destino de vida y realeza. El primer Adán vio cómo se le cerraban las puertas del paraíso. El nuevo Adán, que está a punto de entrar en su nueva existencia pascual, abre las puertas del Paraíso al ladrón arrepentido.

Cristo entre los malhechores realiza el juicio anticipado de la humanidad. Los que aceptan la salvación como el buen ladrón están a su derecha y se salvan. Los que se desesperan ante las consecuencias de su propio pecado y desprecian, como el mal ladrón, al Único Salvador de los hombres que es Jesús se condenan eternamente.

En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre. Para reconquistar el amor de sus hijos pecadores y alejados de su amor paternal, aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo unigénito. En la cruz se manifiesta el amor loco de Dios por nosotros, la fuerza que impulsó al Hijo de Dios a unirse a nosotros hasta el punto de sufrir las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias, revelándonos así su fidelidad al Padre.

Jesucristo Rey es el Único Mediador entre Dios y los hombres. Pero, porque en su Persona divina encarnada, se ha unido en cierto modo con todo hombre, Él ofrece a todos la posibilidad de que nos asociemos a este misterio de su pasión, muerte y resurrección. Él quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que somos sus beneficiarios.

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